Poder moral y cambio

Por: Marcio Enrique Sierra Mejía

“Y como el siervo por agua fresca, su alma brama por dinero, la única riqueza”.

En la actualidad, el más claro antecedente de la degeneración moral en que nuestra nación se encuentra, está reflejada, en la inexistencia de un poder moral y la existencia de una ciudadanía bastante descomedida; e influenciada por una ambición libidinal inadecuada por el dinero que se produce, bajo condiciones de una formación capitalista, realmente inapropiada para lograr el desarrollo inclusivo y una ciudadanía virtuosa.

La pandemia nos llama a emprender una política moderna de la virtud, encarnada en el poder moral: nos da la oportunidad de ver el corazón de los hombres, el espíritu público, las buenas costumbres y la moral republicana.

El verdadero reto de los ciudadanos hondureños y los políticos en el siglo XXI es renovar esa actitud de ver los dineros del Estado como botines de caza, de acuerdo a una actitud acelerada que; los ve, como necesarios para lograr un más alto posicionamiento social.

No se trata de hacer un cambio de partido o ideología política, atacando las premisas liberales de la democracia, tampoco de establecer una tiranía comunista o populista, republicana o conservadora, lo que queremos, es un cambio que no ponga en riesgo la endeble democracia que tenemos, debido al aumento de los efectos psicológicos que causa, el manejo libidinal inadecuado del erario público o de otros fondos de inversiones privadas.

El republicanismo catracho tiene un acento liberal que ha sido aprovechado por la tradición conservadora desde el siglo XIX, nutrido por la ideología populista del liberalismo democrático y por el nacionalismo social cristiano; y que, en la actualidad, necesita regirse por un poder moral, no necesariamente siguiendo el modelo del chavismo, pero sí considerando la imperiosa demanda que se tiene de instaurar una especie de “Mecanismo Moral Republicano”. Evitando imitar el modelo de Venezuela que creó “el Consejo Moral Ciudadano” para instrumentalizarlo como estructura paralela a fin de instaurar el continuismo de Chávez por medio de mecanismos plebiscitarios.

La idea original de un poder moral la dio Simón Bolívar, pero la desvirtuó el chavismo al crear en Venezuela, un Consejo Moral Ciudadano integrado por el defensor o defensora del pueblo, el fiscal o la fiscal general de la República y el contralor o contralora de la República. Un mecanismo distinto al que Bolívar tuvo en mente. El cuarto poder o poder moral de Bolívar, consistía en un organismo supervisor de la educación y la moral, que el chavismo con su doctrina de poder ciudadano lo convirtió en realidad, como una estructura paralela al Poder Judicial, subordinada al gobierno. Los socialistas de la escuela chavista y madurista imponen un concepto de poder moral acomodado a sus intereses dictatoriales y para justificar la represión contra los opositores imponiendo una Asamblea Constituyente perpetua, que no fue sometida a consulta popular.

Fue en el siglo XIX que Bolívar propuso el concepto de poder moral, pero pensando en una institución destinada a la formación ciudadana y a cuidar que el acceso a los cargos públicos y su ejercicio estuvieran negados para aquellos hombres y mujeres que carecieran de principios éticos. La idea del cuarto poder, en la tradición republicana, no es mala, siempre y cuando se desprendan de los elementos conservadores o autoritarios. Nadie, en Honduras, puede decir que el pueblo no está preparado para la democracia, pero es tan defectuosa y corrupta que el pueblo no la merece. Los socialistas llegan por esa vía al mismo autoritarismo conservador, ya que las instituciones acaban sujetas al control de un gobierno cada vez más personalizado.

El factor de riesgo más agudo que tiene nuestra democracia, es cuando el dinero es fusionado con el poder porque, es arriesgadamente útil para imponer el autoritarismo político. Y dado que tenemos un capitalismo oligárquico tremendamente excluyente que, contribuye a la configuración psicosocial del mismo hondureño, en el que se irrespetan los principios morales y de ética aplicada, una concepción propia de poder moral ajustada a la realidad política hondureña podría ser una opción inteligente para combatir la corrupción y cambiar a Honduras.

No cabe duda de que la democracia de Honduras está en crisis. Una crisis que proviene, en buena medida, de los presupuestos liberales clásicos en que se sustenta nuestro régimen político. El verdadero reto de los ciudadanos y los políticos hondureños en este siglo XXI es renovar esos presupuestos, de acuerdo con el ritmo acelerado del cambio social, y no desecharlos. Desechar las premisas liberales de la democracia, por la vía comunista o populista, republicana o conservadora, es poner en riesgo la democracia misma.