Por: Segisfredo Infante
El arte de interpretar y adivinar sueños se remonta a los más lejanos tiempos de las culturas y civilizaciones, en tanto que podemos suponer con alto grado de certidumbre que las mujeres y los hombres prehistóricos también soñaban. Y que incluso, para diferenciarse del resto de los animales, soñaban despiertos, en un nivel bastante sofisticado cuando dibujaban y pintaban en las cuevas paleolíticas, lo que ahora se ha dado en llamar “arte rupestre”, que pareciera contener algo de magia. Así que la acción pictórica del “Homo Sapiens”, es anterior a la invención racional de los primeros números y de la escritura.
Un claro relato de interpretación antiquísima de los sueños, se encuentra en la Torá o Pentateuco, en donde “José el Soñador” posee la virtud de interpretar sus propios sueños y de los demás. Aunque a veces, algunos sueños, más parecen pesadillas. Por eso Jorge Luis Borges expresaba, con una gramática correcta, que “Los sueños son el género; la pesadilla la especie”. Tal vez habría que releer el “Organón” de Aristóteles para comprender esta clasificación lógico-conceptual, aun cuando a Borges le disgustasen un poco las proposiciones lineales de la lógica tradicional.
En los comienzos del siglo veinte de la era cristiana, destacó la figura de Sigmund Freud, en la investigación y terapia de patologías aparentemente desconocidas. Más que todo, aquellas que tenían que ver con las terribles interioridades del subconsciente, tales como la “histeria”. Freud dedicó varias páginas a interpretar sus propios sueños o pesadillas. De repente las interpretaciones del gran inventor del psicoanálisis eran un tanto forzadas, a fin de encasillarlas dentro de su peculiar esquema “científico”. Ello a pesar que desde mi orillero punto de vista ciertas derivaciones freudianas eran más literarias que científicas, en cuyas ubres se amamantó el surrealismo. No por eso las deducciones freudianas eran menos importantes; o trascendentes. El mismo Sigmund Freud relata en una de sus cartas (no recuerdo la fecha ni tampoco el destinatario) que estaba aprendiendo castellano con el propósito central de leer el “Quijote de la Mancha” en su propia lengua, lo cual es un gran piropo no sólo para la obra cumbre de Miguel de Cervantes, sino además para nuestro idioma materno. Un idioma que a mi juicio ha alcanzado su necesaria y plena madurez, tanto para la filosofía como para las ciencias duras.
Para Borges los sueños y las pesadillas son una subespecie de obras literarias. Por eso, más allá de los tratados de psicología, afirma que el acto de soñar es “asombroso”, y que “los sueños son la actividad estética más antigua”. De tal suerte que al discurrir sobre los sueños el escritor argentino prefiere citar a poetas, dramaturgos y narradores como Virgilio, Dante Alighieri, Calderón de la Barca, Shakespeare, Luis de Góngora y Argote, Wordsworth, Coleridge, Víctor Hugo, Groussac y De Quincey. E incluso cita a un pensador romano llamado Boecio. También Borges gusta citar a ciertos autores muy poco conocidos. No conviene olvidar, en este punto, que Caderón de la Barca afirmaba, con versos octosílabos, que “toda la vida es sueño,// y los sueños, sueños son”.
En coherencia con el párrafo anterior “la pesadilla es, ante todo, la sensación de horror”. Esto sugerido en diversos idiomas. Pero el caso especial es que, desde mi ángulo de reflexión, cada persona posee su propio “obituario” de pesadillas. De tal suerte que las pesadillas de Borges difieren, por norma general, de las pesadillas de otros individuos menos intelectualizados. Las de Borges se hallan inundadas de espejos y de extraños laberintos. Al extremo que un psicólogo o psiquiatra propuso que había descubierto el más íntimo secreto de Borges, al imaginarlo como un minotauro ciego, perdido dentro de un laberinto cretense.
Los sueños agradables y las más horrendas pesadillas (he aquí mis aportes) poseen trampas ocultas de diverso tipo. Y provienen de los archivos del subconsciente lejano y cercano, según sea cada caso. Otras trampas son activadas por causas orgánicas relacionadas con los precarios estados de salud. Por experiencia propia, y por los relatos de otras personas, las pesadillas se han vuelto más frecuentes en estos tiempos aciagos. Hay pesadillas provocadas por intensos dolores de cabeza originados por una alta presión arterial; o por una sinusitis crónica; o por deseos de orinar. La característica principal de esta pesadilla psicosomática, es la repetición de escenarios semi-dantescos que parecieran infinitos. Afortunadamente la persona despierta y logra recobrar un poco su cordura.
Creo que los sueños libidinosos, por norma general involuntarios, se mueven entre el sueño y la pesadilla. Tales sueños son como estratigrafías volcánicas, calcáreas y sedimentarias, mezcladas entre sí. Aquí la pregunta pareciera obligada en relación con los sueños de los “santos” canonizados, sin mencionar ningún nombre. Y se tornan necesarios, además, aquellos versos del escritor hondureño cinéfilo que preguntaba: “¿Qué soñaban los hombres// de allá del Neandertal?”.