Curiosidades de nuestra Comayagüela

Por: Mario Hernán Ramírez

Germania
A principios del pasado siglo, la inmigración extranjera se hizo notar por todos los ámbitos del país, obedeciendo a la presencia de las compañías bananeras en la costa norte, que sirvieron como puente para que ciudadanos de otros países llegaran a Honduras en busca de fortuna.

Fue así como árabes, japoneses, chinos y alemanes se entronizaron en nuestro territorio y se dedicaron a diferentes actividades de orden comercial, industrial, agrícola y de otra naturaleza.

Los alemanes, por ejemplo, sentaron sus reales en la región sur, sobre todo en el puerto de Amapala, que lo convirtieron en un verdadero emporio; pero, también, se establecieron en Tegucigalpa, y fue así, como entre ellos, llegó el doctor Alberto Bernard, padre de la que fuera esposa del príncipe del periodismo hondureño, doña Coca Bernard de Valladares, al sur de Comayagüela, el que convirtieron en el sitio predilecto para sus actividades sociales y al cual llamaron Germania, en cuyo territorio andando los años, el hijo del doctor Paulino Valladares también abogado y periodista, Alejandro, del mismo apellido, fundó una finca la cual denominó Gavilantepe, lugar sobre el cual escribía sus célebres editoriales para el que fuera decano de la prensa nacional, el desaparecido diario El Cronista; sin embargo, a pesar de la Primera y Segunda guerras mundiales, en las que los alemanes fueron derrotados y en su mayoría expulsados de los países aliados, en Comayagüela quedó para siempre el nombre de Germania.

TRES RONCOS CELEBRES
El recordado comentarista radial Arturo (Pituro) Sagastume Samayoa, con alguna frecuencia, en sus escuchados programas matutinos, hacía gala que Comayagüela, su ciudad natal había producido, para enriquecer su historia tres distinguidos personajes que él catalogaba como ilustres, entre quienes figuraban el político y profesor don Inés Navarro, hombre cáustico, incisivo y demoledor en sus escritos periodísticos, pues al igual que su hermano Miguel, ejerció esta profesión con notable éxito. Cuentan que don Inés en cierta oportunidad se encontró en la calle con su paisano “Semitón”, quien le preguntó -por qué su vocecita era tan infantil-, a lo que don Inés respondió, “porque me comí un semitón caliente y después me tomé un vaso con agua helada…”. El célebre sacerdote conocido en Comayagüela como el padre Chilo, ejerció su función ministerial por más de medio siglo en su querida Comayagüela y siempre padeció de un mal gutural, por lo que su voz era sumamente ronca y por supuesto la del propio Pituro Sagastume.

LA VELA Y EL HUACAL
Tomás Antonio González pasa por la historia de Honduras y de los Estados Unidos de América, como uno de los hombres de mayor peso intelectual en el difícil campo de la comunicación, ya que además de haber sido un extraordinario locutor, con once micrófonos de oro a su favor, otorgados por una gran cadena de televisión y radio de Los Ángeles, California, en nuestro país destacó como uno de los mejores hombres de cabina y micrófono.

En su libro “Así éramos”, cuenta la historia que en cierta oportunidad andando de paseo en el desaparecido balneario El Vacilón, a inmediaciones del aeropuerto Toncontín, uno de los acompañantes se ahogó -simplemente porque no sabía nadar-, por lo que, misteriosamente apareció por la escena de la tragedia un señor de origen nicaragüense, quien ordenó le trajeran un huacal de jícaro y una velita, para encontrar el cadáver, orden que fue obedecida. Y vaya usted a creerlo, encendió la vela, la colocó en el guacal y lo lanzó al río, deteniéndose el mismo exactamente en el lugar donde se encontraba el cuerpo del ahogado.

JUNTOS, PERO NO REVUELTOS
Nuestro buen amigo, el distinguido y eternamente simpático Ángel (Pachán) Raudales, en su portentosa obra “Terraplén” informa pormenorizadamente del encuentro del río Chiquito con el río Grande a inmediaciones del puente Mallol, ríos que jamás, cuando estos eran ríos de verdad, juntaron sus aguas, a pesar que nunca estas se revolvieron, pues el Chiquito siempre mantuvo su color rojizo y el Grande su color natural. Hoy día ese fenómeno es historia.

EN LA IGLESIA DE COMAYAGÜELA
Fue a principios de 1930 de la pasada centuria cuando la santa iglesia Inmaculada Concepción de Comayagüela, fue objeto de alguna modernización, habiéndose reunido para lograr ese objetivo, algunas damas pudientes de la ciudad gemela, entre quienes figuraban doña Inés Munguía de Alonso, Clementina Calderón de Zepeda, Adela Estrever de Callejas, Petrona Verde de Sequeiros, Marina Idiáquez de Reina, Clara Díaz de Godoy, Nicolasa (Colachita) Cálix, Dorotea Ramírez viuda de Amador, Cristina Lardizábal de Paredes, Eusebia (Cheba) de Vargas, Inés Leiva de Ruiz, Isabel de Mass, Honorina Valladares de Palma, Dolores Fiallos de Bográn, Chepita Ayestas de Fálope, Antonia Velásquez de Flores, Elisa Alvarado de Vásquez Cao, Teresita Nájera de Sagastume, Cecilia de Alonso, Emelina Carrasco de Zelaya, Rosa Fiallos de Juárez, Adriana de Valerio y otras honorables señoras que se pierden en la infiel memoria, quienes como donantes tuvieron el privilegio que las primeras bancas o asientos de la iglesia estaban destinados para ellas, por lo que sus nombres fueron grabados y de esa manera, los demás parroquianos siempre respetaron ese derecho adquirido por esfuerzo mutuo.

Hoy, también, todo lo anterior es historia.