
En el segundo semestre del año 1991, en pleno invierno sudamericano, viajé a Chile para emprender estudios en la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE, 28 junio-21 diciembre). Desde luego, sobró tiempo para alternar y disfrutar de mi gran pasión por el séptimo arte, del que me permito compartir las últimas dos anécdotas cinematográficas. (1) Curso de cine. Teniendo como marco, las aulas del Centro de Extensión de la Pontificia Universidad Católica, durante los meses de agosto y septiembre, tuve la dicha de asistir como alumno regular del curso “Historia del Cine: de los Pioneros a la Vanguardia”, impartido por la profesora Jacqueline Mouesca.
El programa abordado constaba de seis segmentos: La era de los pioneros. El nacimiento de los géneros en el cine. Tres grandes del cine cómico: Chaplin, Keaton y Harold Lloyd. El Expresionismo Alemán: Una mirada apocalíptica de la realidad. El Cine Soviético de la Revolución: La fiebre renovadora y las teorías revolucionarias. Y El cine de Vanguardia: Los dadaístas, cubistas, surrealistas y futuristas que experimentan con el cine. El horario de actividades comprendía: Clases, los días miércoles de 7 a 9:15 pm.
Y Video, los días lunes de 7 a 9 pm, tiempo en el que se nos exhibía una película que ilustraba en imágenes el tema abordado en la sesión teórica precedente, tales fueron los ejemplos de: “Asalto y robo a un tren” (1902), de Edwin S. Porter; “El nacimiento de una nación” e “Intolerancia”, ambas de David Wark Griffith; “Caballo de Hierro”, de John Ford; “El chico” y “Tiempos modernos”, de Chaplin, “Metrópolis”, de Fritz Lang; “El maquinista de la general”, de Buster Keaton, y “Nickelodeon”, de Peter Bogdanovich.
De la misma manera, fue profundamente provechoso, apreciar una serie de cortos italianos de inicios del siglo XX, con una duración comprendida entre diez y doce minutos, con la peculiaridad de haber sido sus figuras coloreadas a mano, traducido ello, en un alarde de espectacularidad visual para aquel lejano tiempo. Cursos paralelos al nuestro fueron: “El cine: Ver no es mirar” y “Autopsia a Hitchcock”, ambos impartidos por el profesor y crítico de cine, David Vera Meiggs.
Y (2) A punto de culminar el diplomado en política estratégica y desarrollo, mi compañero de curso Hugo Araneda Espinoza, me invitó a conocer su pueblo natal, Quirihue, Provincia de Ñuble, ubicado en el centro del país austral, justo a unas cinco horas en coche desde Santiago. El viaje, que supuso un placentero y muy provechoso fin de semana, estaba motivado por varias razones que lo hacían no sólo interesante, sino además necesario. Para el caso, me tocaba externar mis condolencias a la madre de Hugo, cuyo esposo y padre respectivamente había fallecido, en el tiempo que nosotros navegábamos por los mares del sur chileno a bordo del Aquiles, el buque de la armada para el transporte de carga y pasajeros (tropas).
En segundo lugar, teníamos que presentar el lunes siguiente, dos trabajos de análisis e investigación personal en las asignaturas de Seguridad Nacional y de Ciencia Política. El remanso de paz y tranquilidad que se respira en Quirihue, era excepcional para dicho cometido. Y en tercer lugar, el viaje representaba para mí, una especie de despedida de la tierra y familia del entrañable amigo carabinero, pues un mes más tarde regresaba a Honduras. Mi corta estadía en este pintoresco pueblo chileno camino a la cordillera de la costa, aparte de haber cumplido a satisfacción los objetivos anteriormente descritos, me deparó igualmente, otra satisfacción impensable: Haber conocido y tratado al padre Eloy Parra, hasta ese momento, cura párroco en Antofagasta, y al igual que yo, en tránsito por Quirihue.
El padre Eloy Parra saltó a la luz pública a finales de la década de los 60’s, cuando fungió como guía espiritual de un campesino (Jorge del Carmen Valenzuela Torres) acusado y más tarde sentenciado a muerte por el asesinato de una madre y sus cinco hijos en la comunidad de Nahueltoro, una agreste población allende a la ciudad de Chillán, capital de la provincia de Ñuble y a Quirihue. Tres años pasaron entre aquel abominable crimen y la sentencia por la que se ejecutó al reo, por la vía del fusilamiento. En ese tiempo, el Padre Eloy Parra –en la cárcel de Chillán- evangelizó al delincuente, empezando por la tarea de alfabetización, haciendo más tarde, que tomara conciencia y arrepentimiento por su execrable delito.
Fue tan provechoso la reconversión del chacal (nombre con el que en Chile se le designa a un hombre perverso y malvado) que aquel Chile que antes se volcó pidiendo su cabeza, ahora pedía permutar su pena capital por otro castigo. Para mi sorpresa y enorme alegría, quien oficiaba la misa ese domingo en Quirihue, era Eloy Parra. Al final del acto religioso, me acerqué a él y nos limitamos a evocar aquellos pasados acontecimientos, sin entrar en apreciaciones o críticas de ninguna clase. Y terminamos más bien, siendo yo el interpelado, explicando mí presencia en ese lugar, aparte de tocar el tema de la familia salesiana, muy sólida por cierto en Chile, y de la que me siento sumamente honrado en pertenecer.
Resta destacar que sobre aquel episodio negro, el realizador Miguel Littín, célebre por conciliar en sus películas (“Actas de Marusia”, “Alsino y el Cóndor”) el sentido estético con el compromiso político, rodó en 1970 un filme titulado “El chacal de Nahueltoro”, en el que retrataba los males sociales que convertían aquel hombre en un criminal, en un relato que aparte de enfrentar el problema de la justicia (Formal y de clase), reconstruye el crimen, el proceso y el ajusticiamiento del asesino, revelándose que ese crimen aparentemente absurdo, cometido por un marginado casi subhumano, tiene causas profundas que cuestionan el sistema y la ley.