DE ADMIRABLE A LO APOCADO

EL CONTAGIO Y LAS ALARMAS

PARA muchos la zozobra ya terminó. Pese a la intensidad de la ola de contagios. Lo favorable es que los triajes han descongestionado los hospitales evitando que colapsen. Muchos negocios abrieron. De lo contrario no habría trabajo, ni producción, ni habría ingresos. En la medida que reinician las actividades públicas y privadas, el hormiguero llenó las calles. Unos con mascarillas tomando recomendada distancia, atentos a las medidas de bioseguridad, para no contagiarse y no infectar. Otros, indolentes, con la cara destapada y la jeta abierta. Menos mal que los centros educativos dispusieron proteger a los muchachos y aunque lo virtual no sea equivalente a lo presencial, peor hubiese sido colocar en peligro la vida de niños, jóvenes y adolescentes. Persiste el problema de la conectividad en áreas apartadas. El suplicio sin la educación y la asistencia de sus maestros de los niños menos favorecidos. Indagando ¿si CONATEL, a cambio de la billetera electrónica que como canonjía le dieron a una transnacional, extralimitando los fines de la concesión, siquiera le sacaron el internet gratis?

Como decíamos ayer. Las empresas que van abriendo deben ser las primeras interesadas de defender lo alcanzado a modo que un rebrote no vaya a obligar a un reculón. Solo la insistencia cala. Es preciso repetir todos los días las recomendaciones sanitarias. Redoblar las campañas informativas dirigidas a crear consciencia entre los ciudadanos. Para que todos –sin excepción– practiquen las medidas de bioseguridad. Pero además campañas de aliento para que la sociedad no se forme la impresión que todo está perdido o que el país está derrotado. Ya dijimos. En la primera línea de la trinchera hay héroes –como los médicos, las enfermeras, los socorristas, los brigadistas, los soldados, los policías, los laboratoristas– partiéndose el pecho, asistiendo a sus compatriotas. Hay valientes que enfrentan la calamidad con hidalguía, sin arrugar la cara frente al problema. Empresarios que no se amainan. Trabajadores luchadores. Muchísimos pasando por ingratos momentos. Resignados a recibir lo mínimo sin perder confianza que habrá luz adelante. Otros, como el avestruz, metieron la cabeza en la tierra. Acobardados por la amenaza que confrontan. Amparados en el mar de las lamentaciones. Quejándose de lo mal que están sus negocios. Pero a ningún lado se va con mentalidad derrotista. Y menos sin actitud solidaria. Tampoco han tenido voluntad de contribuir.

Ni un centavo invierten. Ni una gota de solidaridad comparten. Arriesgan perder la imagen institucional que, si tuvieran alguna fe que hay futuro después de la crisis –como siempre la hay–, su imagen, la de sus empresas o instituciones, debiesen ser los más interesados de cuidar. No dejar que se caiga. Cuando se salga de esta el público hará un inventario de los que se portaron con valentía y dignidad y de los que se apocaron. Es obvio que a todos golpea la crisis, más a unos, menos a otros. Nadie sale ileso. El ejemplo admirable es de los que no se acobardan y enfrentan los reveses con alma y corazón. “Al mal tiempo buena cara”, aconseja la sabiduría popular. Redoblar esfuerzos por levantarse. Es una lucha por la adaptación. Muchos tendrán que reinventarse. Triunfan los gigantes y fracasan los enanos. Hoy se ocupan recursos financieros más que nunca. Lastimosa respuesta, lenta, mezquina, ineficaz, de las multilaterales. Mayor razón todavía para no permitir lesiones irreversibles al sistema financiero nacional. La tarea es grande pero no imposible. Con la fe puesta en que Honduras salga airosa gracias a las buenas actitudes de los más por encima de lo aborrecible de los menos.