LA pandemia no tiene por qué confinar el fervor cívico. Años atrás, siendo diputado al Congreso Nacional, quisimos inducir en nuestros jóvenes la práctica de dedicar unos minutos de pensamiento a la patria antes de iniciar su jornada escolar. Recitar una oración a la bandera –fue la ocurrencia– que no tomara más de un minuto de su tiempo. La patria, debe ser pensamiento de todos, permanente, constante y recurrente, no algo reservado a las pocas efemérides que marca el calendario cívico. Presentamos la iniciativa, pero no fue recibida con entusiasmo por la junta directiva. Turnada a la comisión de dictamen estuvo engavetada, sin mayor interés de emitir opinión. Después de bastante necear, fue sometida a discusión. ¿Para qué una oración? –Renegaron algunos– “va a quedar como las estrofas del himno al general Carías que obligadamente memorizaban los cipotes”.
Defendimos la propuesta, resaltando el interés superior de elevar los valores ciudadanos no a la eventualidad esporádica sino como hábito de costumbre. Varios compañeros la favorecieron con argumentos de apoyo. Quizás –indujeron– ningún daño hace y no tiene costo presupuestario. Finalmente pasó. El texto siguiente hoy se conoce como la Oración a la Bandera: “Juro fidelidad a la Bandera Nacional, símbolo de la unidad, justicia, libertad y paz. Invocando la protección de Dios y el ejemplo de nuestros próceres. Prometo honrar a la Patria. Servirla y defenderla bajo un solo propósito, para beneficio de todos”. Fue promulgada la ley, pero como sucede con tantas otras cosas, nadie en el Ejecutivo se interesó en su cumplimiento. Quizás sintieron –así es la óptica mezquina que no alcanza elevarse sobre los empinados horizontes– que de nada sirve el lirismo de los rezos, las súplicas, o las plegarias. Pasaron varios años hasta que el destino dispuso honrarnos con un cargo de decisión. Se redactó el acuerdo ejecutivo para que la Secretaría de Educación oficialmente instruyese su evocación –unos segundos antes de iniciar clases– como obligación de maestros y alumnos de todas las escuelas. No sabríamos decir si esta instrucción sigue vigente todavía en los centros de enseñanza públicos y privados. Podría ser que ya no; que eso haya caído en desuso, como tantas otras cosas condenadas al olvido. Que un gesto de esos –dedicar unos segundos al día al civismo– ahora luzca impertinente. Igual sucede con los buenos hábitos de la lectura. Son herrumbradas reliquias del pasado, que la era tecnológica de la comunicación superficial, ve con vilipendio.
Sin embargo, acabamos de experimentar el más hondo sentimiento de gratificación. Nos mostraron un video colgado en el portal digital de LA TRIBUNA. La pieza escogida por maestros de la prebásica Caridad Ardón, en la aldea de Linaca, Tatumbla, para encender las fiestas cívicas, el primer día del mes de septiembre. La delicada tarea fue encomendada a la niña de cinco años, Adriana Sofía Trujillo. Con admirable dicción, soltura de verbo, gestos elocuentes y ademanes propios a su gracia natural, declamó la Oración a la Bandera. En boca de esa niña ninguna otra alocución más tierna. Para hacer rodar lágrimas de emoción a hondureños amantes de su tierra. Orgullosos de sus símbolos sagrados, de la preclara herencia de sus venerados ancestros, y de su auténtico sentido de identidad nacional.