Rafael Delgado
Algunos, desde el partido gobernante, dicen que les da vergüenza toda la corrupción y la negligencia de su partido. Otros aliados, que los han acampañado en el camino hacia el poder y en el poder, no son tan explícitos en sus cálculos, pero sutilmente abandonan el estrado. Se alejan silencionsamente y ya no cubren los titulares de los medios de comunicación con sus posiciones de apoyo a la cúpula gobernante. ¡Qué raro! Por años han estado allí adentro del círculo de poder, conociendo de cerca sobre los asuntos más importantes del país y la torcida administración de las cosas. Han escuchado el clamor de la gente y de las organizaciones de la sociedad civil que con suficientes elementos en mano han venido denunciando el mal manejo de los asuntos públicos. Pero han callado y tolerado todo. Desde sus posiciones claves en los diferentes poderes del estado, desde las instituciones más poderosas del país, por años han sido leales hasta la repugnancia, poniendo ante todo los intereses de sus aliados, frente a un país que en diferentes ocasiones y de manera clara se ha pronunciado indignado frente a tanto abuso. Por eso suena muy sospechoso que ahora con los escándalos que exponen plenamente la naturaleza corrupta y negligente de la estructura gobernante, cuando los niveles de aceptación del actual gobernante y allegados tocan tierra, es precisamente cuando estos dicen sentirse avergonzados o simplemente se alejan.
Hay que dejar claro que las evidencias con que ahora contamos todos los hondureños de los desmanes de la cúpula gobernante no han sido el resultado de la investigación de los organismos judiciales, ni producto de las revelaciones de las mismas instituciones, ni de los allegados al poder. En particular el Poder Judicial desde sus máximas autoridades tercamente no ha movido un dedo y sigue dispuesto a jugar el peor papel en toda esta fatal historia de la corrupción. En una mezcla de incompetencia enorme y lealtad, sus actuaciones en medio de la corrupción han sido nulas. Todo se ha filtrado y ha llegado a conocerse por los esfuerzos de la gente, de la vigilancia de las instituciones de la sociedad civil que ya muchos antes de la pandemia advirtieron insistentemente sobre los torcidos negocios y operaciones que desde diferentes instituciones públicas se venían desarrollando con los recursos de la gente.
Debido a lo anterior, uno tras otro, los escándalos han ido desarrollándose y exponiendo ante la ciudadanía hechos irrefutables de mal manejo de recursos, de abusos de autoridad, de involucramiento con el narcotráfico y de gastos innecesarios. Pese a la férrea defensa por parte de los leales servidores; pese al control que todavía ejercen sobre la conciencia de muchos poderosos, a la cúpula gobernante le fue imposible esconder tantas cosas. No pudieron esconder el asalto al IHSS; fue imposible esconder los vínculos con el narcotráfico y el financiamiento a las campañas. Ahora en plena pandemia callaron acerca del atraco de los hospitales móviles, de los respiradores y de otros insumos médicos; respecto a malos manejos en lo relacionado con las pruebas para detectar el COVID-19.
Aunque imposible de contestar siempre saltan las preguntas, ¿sentirían vergüenza, aunque las evidencias siguieran siendo secretas sin trascender ante la opinión pública? ¿Qué opinarían de todos estos chanchullos si no estuvieran las elecciones ya próximas? En efecto, todo huele a un burdo cálculo de minimizar daños, de tratar de recuperar algo irrecuperable: el respeto y el prestigio perdido desde hace mucho tiempo. Pero para muchos hondureños ya es muy tarde y toda acción dirigida a contener el descontento es inútil. Las malas acciones de todos los que han compartido el poder han tocado al ciudadano que además de sentirse asaltado, percibe todo esto como un insulto a su dignidad. Jamás antes habíamos tenido un rechazo hacia la cúpula gobernante tan profundo y tan compartido por todos.