¡Yo robo… pero hago!

Consideraciones estratégicas sobre una campaña política perdida

Por: Otto Martin

El político peruano Luis Castañeda, utilizó ese tema de su campaña por la alcaldía de Lima y sorprendentemente ganó las elecciones en 2014.

No es el único, en realidad quien inventó esa frase fue Adhemar Pereira de Barros, padre del mercadeo político de Brasil, quien ganó la alcaldía de San Pablo entre 1930 y 1960 usando ese lema y esa lógica.

Es importante preguntarse cómo el pueblo pudo elegir a una persona que, públicamente y sin reparos, dice que roba?

Será que poco a poco (a veces en golpes de 40 millones) la gente se ha ido acostumbrando a que los políticos roben y esos golpes, a fuerza de repetirse con apellidos como «Gate» (Bananagate) o «Azo» («Arrozazo», «Lapizazo»), son ya parte de nuestras tradiciones y de lo que sumisamente estamos dispuestos a aceptar?

Hemos llegado al punto de decir: «De cualquier manera todos roban, así que mejor ladrón conocido que ladrón por conocer»?

O aún más: «mejor delincuente de mi partido que de otro partido».

Tan bajo ha caído nuestra esperanza de calidad?

Es en eso en lo que valoramos nuestro voto?

Cuidado con su respuesta, piense que lleva implícito el valor que le damos a Honduras.

Es tan poco lo que esperamos del país que dejaremos a nuestros hijos?

Será que estamos tan acostumbrados a políticos deshonestos que preferimos delincuentes convictos para nombrarlos aspirantes en lugar de esperar a que lleguen al poder para que empiecen a cometer delitos?

La lista de posibles candidatos de esa clase es grande; podemos nombrarlos entre los de la “carretilla”, los que saquearon al Seguro Social y, por qué no, hasta los que en medio de la peor crisis de salud que hemos enfrentado en nuestra historia -cuando la gente está muriendo por falta de atención e insumos- son capaces de vender mascarillas protectoras a diez veces más de su costo o los que compraron hospitales en una oscura e irregular negociación que ha requerido que el gobierno nombre una comisión interventora para tratar de aclarar qué fue lo que realmente sucedió y dónde fue a parar el dinero?

Y para el extremo de la ironía, también en los USA tenemos buena cantidad de compatriotas -delincuentes y narcotraficantes en las cárceles- que cuando cumplan sus condenas y con el dinero que seguramente dejaron a salvo, pueden regresar a Honduras a tratar de lavar su nombre con dólares e influencia y luego intentar llegar al poder.

Quizá no podemos culparlos por eso, los verdaderos responsables somos los que, a pesar de todo, los elegimos para que nos gobiernen.

«Robo pero hago», qué triste!

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