YA entramos en la era de la ignorancia. Así lo anticipó, con asombrosa clarividencia, el astrofísico Carl Sagan en su libro “El Mundo y los Demonios: La ciencia como una luz a la oscuridad”. Allí preveía, ofreciendo un sinnúmero de avisos perceptibles: “la caída en la estupidez de los Estados Unidos se hace evidente”. En el año 1995 –cuando editó su libro– las claras señales anunciaban la decadencia. “Sobre todo –precisa Sagan– en una especie de celebración de la ignorancia”. Y eso que, para aquellos días, todavía la sociedad líquida de hoy no estaba prendida del todo, con hipnótica adicción a las pantallas digitales. Ni los zombis de las redes sociales intercambiaban su basura de frívolas superficialidades, sin interés de recibir información veraz o tiempo que dedicar a la lectura productiva. No hay ninguna otra cosa que dé cuenta exacta, a manera de identificar la raíz del sonambulismo soporoso en que se encuentran las sociedades en la actualidad.
Si la primera potencia mundial se halla inmersa en ese su “agujero negro” –usando términos habilitantes que no nos hagan desentonar con el estudioso del universo–, ni hablar de la deplorable atmósfera oscurantista –pegando al viento ensordecedores alaridos de mediocridad–que envuelve los espacios de estos pintorescos paisajes acabados. Lo triste es que aquí en lo doméstico, los boca abiertas encontrarán consuelo que se trata de una desgracia compartida. Si ello está sucediendo allá con los norteamericanos, y en todos lados, motivo de alivio para nosotros. Podemos permanecer impávidos, sin que nadie se mosquee, en somnolienta resignación. Sin que el sistema educativo nacional haga algo por cambiar esa sombría realidad. Las autoridades educativas, los rectores, decanos de las universidades públicas o privadas, los directores de escuelas, colegios e institutos, la clase política o el gremio magisterial, poca cosa hacen que no sea nadar imperturbables a donde los arrastre la corriente. Sin siquiera intentar incidir en aquello que dan como hecho consumado de la actualidad. En su artículo “Estupidez viral: las redes que atontan”, el doctor en filosofía de la comunicación Antonio Fernández Vicente sostiene: “Sin embargo, aunque ya Dickens nos enseñaba en su Historia de Dos Ciudades que no hay épocas mejores ni peores, sí es cierto que para el observador atento de la estupidez hay fenómenos regulares de estulticia que se propagan con rapidez en nuestros días”.
“La estupidez se vuelve viral y se contagia de forma instantánea”. “Más rápido que nunca y eso es un logro de nuestra querida civilización digital”. En ocasiones, la incapacidad para comprender y la vana presunción de sabiduría cuando lo lógico sería admitir con humildad la “docta ignorantia” se convierten, por utilizar uno de esos lenguajes que embrutecen, en “trending topic”. “Hay que ser estúpido para pasar la mayor parte de la vida pendiente de una pantallita que como el espejo mágico, nos halaga y encandila”. “El “Smartphone” –teléfonos inteligentes– es lo contrario de lo que dice: es una privación sensorial, un instrumento de debilitamiento de nuestro campo de pensamiento; un agente de desimaginación porque todo lo imagina por nosotros”. (Otro día continuaremos arando en el mar).