EL astrónomo, astrofísico, cosmólogo y astrobiólogo, Carl Sagan, en su libro “El Mundo y sus Demonios” –La Ciencia Como Luz en la Oscuridad– en el año 1995, inspirado en sus observaciones del espacio, vio adelante, hacia el futuro, con asombrosa clarividencia: “No explicar la ciencia me parece perverso”. “Cuando uno se enamora, quiere contarlo al mundo”. “Pero hay otra razón: la ciencia es más que un cuerpo de conocimiento, es una manera de pensar”. “Preveo como será la América de la época de mis hijos o nietos: Estados Unidos será una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras claves se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad”.
“Nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad”. “La caída en la estupidez de Norteamérica se hace evidente principalmente en la lenta decadencia del contenido de los medios de comunicación, de enorme influencia, las cun?as de sonido de treinta segundos (ahora reducidas a diez o menos), la programación del más bajo común denominador, las crédulas presentaciones de pseudo-ciencia y superstición, pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia”. “En estos momentos, la película en video que más se alquila en Estados Unidos es “Dumb and Dumber”. “Beavis y Butthead” siguen siendo populares, e influyentes, entre los jóvenes espectadores de televisión”. “La moraleja más clara es que el estudio y conocimiento –no solo de la ciencia, sino de cualquier cosa– son prescindibles, e incluso indeseables”. (Hasta aquí las citas del libro). Pero que acierto tuvo en anticipar lo que ocurriría. “La caída en la estupidez –predice Sagan– en Estados Unidos”. Y si eso sucede en la primera potencia del mundo, qué podríamos esperar de las sociedades en estos pintorescos paisajes acabados. ¿Y todavía –con tantas señales obvias a la vista– el amable público no se aviva para comprender el porqué de esta decadencia? ¿La razón por la que estamos como estamos?
Para aquellos días, 1995, –el enchufe al Internet era con una lenta conexión vía telefónica– los vertiginosos avances en la ciencia de la comunicación que sacudieron el final de siglo no alcanzaban plena velocidad. No se tenía idea precisa de como las novedades tecnológicas accesorias, las computadoras, los aparatos móviles y las pantallas digitales se encargarían de cambiar el mundo, la forma de interactuar, de corresponder y hasta de convivir. En cambio, el astrofísico pudo, con claridad meridiana, anticipar esa “celebración de la ignorancia” de la era presente. Lo que explica los lamentables vacíos –los agujeros negros, para no desentonar con la ciencia de Sagan– que se dan en todo aspecto de la sociedad líquida de hoy. En la política, e igual en el amplio espectro de los demás componentes del sistema. Un tema recurrente que hemos abordado sinnúmero de veces en esta columna de opinión. Deplorando que si a todo este tesoro de herramientas y de recursos disponibles los usuarios dieran la utilidad debida, otra sería la historia. Contrapuesto a la superficialidad, a la falta de esencia y profundidad en los debates nacionales. A la frivolidad a que nos hemos referido tantas veces. De las “chatarras de los chats” mandando y recibiendo vacuos mensajes, de vida o muerte, sin verse las caras; de los adictos de las redes, en sus burbujas de soledad, implorando el cariño y la compañía de otras almas desconsoladas, sin realmente conocerse; y de los zombis de los móviles clamando atención y figuración de sus otros socios del club, igual, sin verse, sin tocarse y sin sentirse. Nada de esa actividad insípida y superficial o de ese gélido, distante y desprendido contacto, reemplaza la buena lectura para cultivarse, educarse e informarse o el trato próximo de personas que se palpan, se ven, se escuchan, se entienden, en cuerpo y alma, teniéndose frente a frente.