LAS DOS METÁFORAS

PROTEGER LO NACIONAL

A muchos les gustó la historia del puente construido por los japoneses sobre el río Choluteca. “Qué bonito el recuerdo de lo que pasó en Choluteca –responde un lector– no sabía que todo eso había sucedido”. Otros –de los que leen someramente el contenido y no solo mandan como acuse de recibo un “emoji”– se percataron que la historia contenía mensaje: “Una gran lección” –comentó una lectora, mientras otra tuvo tiempo de dedicar a la respuesta más palabras– “excelente editorial, espero haga reflexionar a muchos de lo que necesitan hacer, de lo contrario se les dificultará la vida más que nunca”. El puente, para quienes se perdieron la lectura del artículo, es utilizado como figura metafórica por el autor del relato para ilustrar –al fragor de la feroz embestida de la pandemia– lo aconsejable de la adaptación y no ceñirse al comportamiento habitual, ni aferrarse a la normalidad de antes. Que dejó de existir.

La estructura –según narra el escritor– quedó intacta, pero como un puente sobre la nada, ya que la terrible inundación desvió el río de su cauce. La fotografía tomada horas después de aquel colosal diluvio, retrata un puente sin río abajo, ya que las aguas se corrieron al costado. Muestra de lo que nos puede ocurrir cuando la naturaleza lo cambia todo. “El desafío –advierte el autor del artículo– es que nos concentremos en crear la mejor solución para un problema”. “Se nos olvida que el problema en sí mismo pudo haber cambiado”. A la luz de la calamidad presente, la moraleja consiste en asimilar la necesidad de la “adaptación al cambio”. Hay, como ya dijimos, la vida AC, antes del coronavirus, y DC, después del coronavirus. Lo anterior y la foto del puente sobre el vacío con las aguas del río corriendo fuera de cauce, a cualquiera servirían como impactante imagen que induzca a una profunda meditación. Sobre todo. Para reparar sobre lo que todavía sea posible hacer y a partir de aquí, que sea lo aconsejable de ahora en adelante. Sin embargo, ¿hasta dónde el liderazgo nacional –e igual la sociedad– entiende plenamente lo sucedido, o tenga mediana noción de la ruta a seguir para enfrentar lo que viene? ¿O capacidad de adaptación, tanto a la naturaleza del descontento popular, como al desencanto hacia la clase política, que si ya se arrastraba antes de la pandemia, se agrava con la peste infernal? Esta podría ser la última oportunidad que tengan los partidos políticos –cuando la mayoría indignada a todos los ve como más de lo mismo– antes que las realidades cambiantes acaben de darles cristiana sepultura.

¿Entenderán esos grupos necios que persisten en lo viejo, de prácticas obsoletas rechazadas por la nueva realidad, adeptos a los mismos resabios, adictos a sus anquilosados movimientos pretendiendo repetir, que el pueblo quiere otra cosa? Algo distinto sobre lo que pueda construir su esperanza. Hoy las cosas, no son ni la sombra de lo que antes fueron, ni la gente está del mismo humor que estuvo en el pasado. Sin embargo, no queda mucho, pero todavía hay tiempo. Al cuento le agregamos otra metáfora. Lo que sucedió después, cuando la dignidad del país y de los japoneses, se le atravesaron a la calamidad de lo sucedido. Una enorme inversión para extender los tendidos del puente, construir las aproximaciones, y para evitar que las aguas del invierno inundaran las ciudades con un río fuera de cauce, reencauzar el río. Sí, otra titánica empresa. Pero la vida, así como exige de adaptación, permite que lo desviado pueda reencauzarse. Todavía, con voluntad, imaginación y creatividad, se pueden tirar los tendidos del puente hacia el mañana que los hondureños esperan. Restaurar las aproximaciones y los caminos. Y, por supuesto, todo ello conlleva el obligado compromiso de reencauzar el río.