Por: Marcio Enrique Sierra Mejía
Entre medias verdades y mentiras, entre eufemismos y disimulos, entre chismografía y suposiciones; existe una realidad oculta: un camino político que conduce hacia un pozo juco. No se puede negar la degradación de la política en Honduras, al grado que, la gran mayoría ciudadana sospechan de los políticos. Ellos rehúyen, adoptan el silencio cuando se tiene que hablar y vociferan cuando hay que razonar. Muy difícil ver un debate en buena lid. Las discrepancias radicales y los prejuicios pervierten cualquier diálogo. Fingen ante las cámaras adoptando actitudes hipócritas para demostrar nobleza de carácter. Nos acostumbran a ver siempre lo mismo. El ruido estentóreo que no contribuye a generar entendimiento, el arrebato sin serenidad, las ofertas políticas sin sinceridad, acomodo ante la impunidad, la injusticia y la corrupción.
El populismo mentiroso domina en nuestra sociedad política en todas sus expresiones ideológicas. Busca endulzar a la ciudadanía para ganar el voto. El político populista vende vaho, pero la gente le cree y se manifiestan en su favor; sin importarles, que estas rebasen los límites de la veracidad y de la probabilidad para su cumplimiento futuro. La simple mentira se ha convertido en dogma de fe. Atonta con peculiares ideas con las que busca atraer políticamente; el descrédito, no importa y lo usan a mansalva. Los epítetos marcan por doquier, unos son neoliberales ladrones, otros reaccionarios autoritarios o fascistas, otros anarquistas irreverentes, otros políticos haraganes u otras ocurrencias parecidas. Cuando no, enemigo de las causas populares. El desprestigio hacia los políticos pesa mucho al grado tal que, el repudio, es la reacción dominante en la mayoría de la ciudadanía.
¿Qué ocurre en la sociedad política hondureña para que los ciudadanos no crean en ella? ¿En qué momento los políticos se convirtieron en ilegítimos para el pueblo?
La actual pandemia del COVID-19 nos ataca viviendo en un contexto político de democracia media en la que el sufrimiento del pueblo se hace evidente, en las grandes ciudades urbanas. La pobrería es enorme y sobrevive entre la mendicidad, las regalías públicas o privadas y la hambruna; y advierten a los políticos, la posibilidad de levantamientos populares en contra de la situación política actual para cambiarla, al no tomar acciones consensuadas en serio para evitarlas. Son varios los analistas que atribuyen el enviciamiento del poder a la ineptitud de muchos políticos al momento de cumplir con su labor.
El desafío de los políticos hondureños es lograr un consenso político para proponer una política orientada a limpiar el deterioro de su imagen. Tienen que ser capaces de transformar las relaciones de la gestión política con la sociedad. O sea, hacer posible el dialogo-interacción entre los partidos políticos, la administración pública, el mercado y la sociedad civil.
Necesitamos la regeneración política. La reinvención de la imagen de la dirección política que incluya la reciprocidad en el trinomio político-gobierno-ciudadano. Es decir, transformar la mentalidad del gobernado frente a la participación ciudadana en el sector político.
Estoy de acuerdo con los politólogos Gabriel Almond y Sidney Verba, en que se debe generar una «cultura cívica» que promueva un equilibrio entre la actividad política y el desempeño cívico. Es decir: que los ciudadanos sean más políticos y que los políticos sean más ciudadanos. Que el político recuerde que no está tratando con simples ciudadanos, sino con sus conciudadanos.
La restauración política implica un trabajo sobrehumano que no pretenda la conversión del ciudadano convencional en el «animal político» aristotélico, sino generar conciencia en el pueblo de que es parte fundamental del Estado y, como tal, una pieza clave en la actuación política. El problema de la política contemporánea es meramente un conflicto de imagen, es decir, de percepción. La forma en la que se contempla al político, desde lejos, ha cambiado conforme ha progresado y madurado la visión de un pueblo cada vez más exigente. Si la política fuera una persona, estoy seguro de que difícilmente un asesor en imagen pública y, tal vez, ningún mercadólogo experimentado, lograría cambiar la mala percepción que los otros tienen de este personaje tan vilipendiado.
Solo la política puede cambiar a la política. Dicho de otra forma, la política se cambia con acciones y no con discursos demagógicos que solo generan decepción y repudio.
La corrupción pública es un asunto político que, aunque se construyan gigantescas construcciones, si un funcionario cae, el hecho será recordado a perpetuidad por los estragos del derrumbamiento y no por los que sigan en pie. El político debe ser minucioso, reflexivo. Debe actuar con cautela y determinación para cuidar su imagen. Pero también debe ser eficaz y eficiente a la hora de realizar su labor para transmitir confianza traducida en gratitud popular, evitando a toda costa que un pequeño error marque su trayectoria de por vida.