
El período de mi infancia en Santa Bárbara que más recuerdo es el comprendido entre 1966 y 1971, es decir, entre los 7 y 12 años de edad, tiempo en el cual hice mis estudios de educación primaria en dos escuelas: La Gabriela Mistral (que era mixta), los primeros 4 años, y los últimos 2 en la “Marcos García”, que era solo de varones. Curiosamente, tuve un solo profesor en todos esos 6 años: Julio César Peña. Siendo los profesores Berta Reyes y Miguel Mejía Ortega (ambos ya fallecidos) sus respectivos directores. Pocas casas tenían aparatos de televisión, encima en blanco y negro y con una imagen de resolución de mala calidad.
Mi padre tenía un radio tamaño grande en onda corta, que me deleitaba en horas de la madrugada escuchando entre otras las radioemisoras Radio Hilversum de Holanda, Radio Nacional de España, y la Voz de los Estados Unidos de América. Eran estas mis primeras aproximaciones al mundo exterior más allá del terruño en que vivía. El periódico que leíamos era diario “La Prensa” de San Pedro Sula. Y fuera del aula de clases, tareas y estudios, mis pasatiempos favoritos pasaban por la aventura de nadar en las pozas emblemáticas de “Las Trancas”, “La Sirena”, “El Canal”, “La Esquina”, “El paso del negro”, “La Peña” y “Río Hondo”.
Lo otro era la práctica del futbol y lo que se convirtió en mi gran pasión: El mundo del celuloide, que a través de sus imágenes en movimiento me transportaban a lejanos escenarios. O bien, hacían volar mi imaginación convirtiéndome en protagonista de excepción de las historias narradas en cada filme. Siendo mi papá el médico de la familia Hasbun, Miguel y Zulema, propietarios del cine y de la radioemisora “La Voz del Junco” (una de las pioneras en la zona noroccidental del país), no me cobraban la entrada a este. Ante tan considerable deferencia, me fui volviendo un cinéfilo empedernido, tanto así que no me bastaba acudir solo a los matinés dominicales, sino además a las funciones nocturnas de días de semana, cuando me escapaba de casa para dejarme envolver con la magia y el encanto que transmitía cada película.
De esta manera, por mi retina pasaron y se quedaron grabadas en mi corazón las películas de “Tarzán, el hombre-mono”, interpretadas por Johnny Weissmuller; el “Django” de Franco Nero; “Ringo” de Giuliano Gemma; “Santo, el enmascarado de plata”; “Cantinflas”; Sean Connery dando vida a James Bond; los spaguetti western de Sergio Leone: “Por un puñado de dólares”, “Por unos dólares más” y “El malo, el bueno y el feo”, con Clint Eastwood, Lee Van Cliff y Eli Wallach. “Los siete magníficos”; los dramas bélicos “Dónde las águilas se atreven”, “Los cañones de Navarone”; el drama amoroso “Historia de amor”; el dúo cómico mexicano Viruta y Capulina. Los musicales de Rafael de España, “El golfo” y “Digan lo que digan”; las conmovedoras historias de las hermanas españolas “Pili y Mili”, o cintas de los niños prodigios Joselito y Marisol, entre muchísimos otros títulos que hoy vienen a mi memoria.
En 1988, cuando Giuseppe Tornatore dirigió “Cinema Paradiso”, (con justicia considerada por la crítica como un retrato de la Italia de posguerra y una declaración de amor al cine), inmediatamente me hizo recordar mi mundo cinematográfico allá en Santa Bárbara, sintiéndome plenamente identificado con la historia de Salvatore Di Vita, un niño de Giancaldo, un pueblecito italiano de Sicilia, cuyo único pasatiempo es ir al cine.
¿Y qué decir de la emblemática radioemisora “La Voz del Junco”? Como parte de su programación: Música, noticias, quiero destacar dos radionovelas que causaron gran impacto en los radioescuchas y fans que al filo del mediodía no había forma de perdernos dichas transmisiones, incluso, en más de una ocasión, nos apostábamos en el quiosco del parque central para escuchar en los parlantes que ahí estaban colocados, los episodios diarios de estas fantásticas historias de misterio y aventuras colosales. Se trata de “Sandokán, el tigre de la Malasia” y de “Kalimán, el hombre increíble”.
En el primer caso me refiero al personaje creado por el italiano Emilio Salgari, Sandokán, “joven príncipe malayo que, tras ser asesinada su familia por los ingleses, se consagró a la piratería acompañado de unos pocos fieles valientes. Desde su base en la isla de Mompracen, atacó a los británicos causándoles enormes pérdidas y trastornos”. http://resenyasliterarias.blogspot.com/ Las novelas de Sandokán han conocido numerosas adaptaciones al cine, al cómic y a varias editoriales. Destacan sobre todo el largometraje italofrancohispanoamericano «Sandokán, el magnífico”, con Steve Reeves como protagonista y dirección de Umberto Lenzi (1963). Y la serie de televisión italiana de 1976, “Sandokán”, de doce episodios de treinta minutos, dirigida por Sergio Sollima y protagonizada por el actor indio Kabir Bedi.
Respecto a “Kalimán, el hombre increíble”, a inicios de los años setenta, tras la hora del almuerzo, mi madre, María Teresa, mi hermano José Erick y yo, aguardábamos con impaciencia y entusiasmo a que “La Voz del Junco”, emitiera las palabras “mágicas” que anunciaban el inicio de nuestro programa favorito: “Caballero con los hombres. Galante con las mujeres. Tierno con los niños. Implacable con los malvados. Así es…KALIMAN, el hombre increíble”. La piel se nos erizaba, esperando que una nueva aventura nos llevara junto a Kalimán a recorrer culturas exóticas y a combatir férreos enemigos.
Enseguida escuchábamos la voz de Luis Manuel Pelayo (voz de Kalimán) que sentenciaba: “Serenidad y paciencia, mucha paciencia mi querido Solín” y sentíamos que el héroe nos hablaba a nosotros. “Una sinfonía de voces, sonidos, efectos especiales y diálogos sucintos hacían que el programa transportara a los oyentes por diferentes matices emocionales que hicieron de Kalimán una leyenda radial. Leyenda que fue una experiencia compartida por miles de niños y adultos latinoamericanos que sufrían y peleaban con el varonil superhéroe… eran tiempos de héroes nacidos de la radio, que acompañarían a una época y que después desaparecerían. Así como los años pasan”.