LA SEGUNDA VUELTA

COMO decíamos ayer. No es tarde para retomar un tema que no está agotado. La segunda vuelta. No como banderita para agitar del diente al labio. Sino como aspiración –ahora que hay tantos partidos– que la nación salga fortalecida de la consulta comicial, dando sentido real a las alianzas, con un gobierno fuerte, respaldado por una mayoría contundente de los hondureños y con mayor solvencia para conjuntarlo. Esto sí daría una vuelta de calcetín al proceso. Por ello este debate no debe ser postergado. Nada cuesta probar –a sabiendas que toda causa es tarea cuesta arriba por la agreste empinada– dejando sentadas ciertas premisas. Nadie ha dicho que la fórmula usada por otras naciones latinoamericanas, vaya a ser garantía de inmunidad a una eventual crisis. Ahora con este coronavirus, ni las vacunas que salgan aseguran inmunización permanente. Pero el experimento de instituir una segunda vuelta, podría despertar nuevas dosis de esperanza al desgastado sistema político. Como al auditorio desencantado, incrédulo y hasta indignado.

Ya dijimos que no hay garantías. Parecido a lo que le sucedió a los constituyentes. Deseando evitar el continuismo –causante del atraso histórico que sufrió el país–introdujeron los pétreos. Creyeron así desestimular las tentaciones y con ello evitar crisis futuras de naturaleza política. Vaya sorpresa la que se llevaron con el pasar de los años, cuando precisamente la ansiedad por desmontar la prohibición constitucional, fue el meollo de una crisis. Ya hemos dicho que las democracias de estos pintorescos paisajes acabados son tan frágiles –mucho más inestables ahora con tanta calamidad en el lomo– que con cualquier cosa revientan. En varios lugares la segunda vuelta ha funcionado bien. En otras partes quién sabe. Porque al final del día –no son las modalidades o las herramientas– son las personas que empujan a los pueblos a las crisis. En Bolivia, por ejemplo, tuvieron su aclamado gobernante indígena cambiando constituciones para quedarse. Al inicio con bastantes votos. Hasta que en la última elección no obtuvo el 10% de ventaja sobre su más cercano contendiente para evitar el repechaje. La gente ya no aguantó. Las maniobras fueron tan obvias que el ejército lo obligó a renunciar. El interinato no ha logrado convocatoria a elecciones. Están en un estira y encoge, a grado tal que si no hay acuerdo de ir en bloque, el partido del depuesto amenaza con regresar. Podemos ir recorriendo el camino paso a paso. En Venezuela no hay segunda vuelta. Pero allá, poco importa. El heredero del finado es eterno. Siempre queda, con o sin elecciones. Ni los halcones de POTUS lo han podido correr.

En Nicaragua hay segunda vuelta. Pero el comandante sandinista mantiene tan bifurcada la oposición que ninguno de los numerosos contendientes se le aproximan. Hasta que estalló la crisis política. Pero a los rebeldes opositores, el comandante les aplicó la estrategia del paciente aguante y del desgaste al enemigo, hasta agotarlos. En Argentina, cualquiera de los candidatos que obtenga más del 45% de los votos en la primera ronda no va a balotaje. El kirchnerista –asistido por la calamidad económica que padecían sus compatriotas– con el 48% de los sufragios ganó la elección. En Costa Rica, como ninguno obtuvo el 40% de los votos en el primer intento, quien quedó en segundo lugar ganó el balotaje. Guatemala exige el 50% más un voto para ganar en el primer envión. La doña que aventajó en la primera tanda, perdió la elección cuando los perdedores le echaron la vaca apoyando al que quedó de segundo. Aunque fue la abstención que ganó. En Uruguay, en segunda vuelta, los dos partidos conservadores tradicionales unidos en el balotaje, como oposición, lograron desbancar a sus contrincantes frentistas que llevaban ya varios períodos consecutivos de gobernar. En Chile el actual mandatario ganó en balotaje. Pero igual, el modelo económico chileno ofrecido como ejemplo de bienestar, sufre un estallido social sin remedio. Que a todos –pero más aún a los políticos chilenos que no supieron cómo contenerlo o apaciguarlo– deja con la boca abierta. En República Dominicana ocupan la mitad de los electores más uno para ganar en la primera corrida. Solo en una ocasión han ido a segunda vuelta. Esta vez la oposición, sin necesidad de balotaje, derrotó a un oficialismo dividido que llevaba gobernando varios períodos consecutivos. El debate –decíamos al inicio– debe darse. De momento no queremos pecar por falta de creatividad en tiempos difíciles. La percepción de muchos bien puede ser que ya todo está perdido. Nosotros disentimos. Y para devolver la fe en el sistema –que no sea el espantajo de la Constituyente que más rápido lo embrocaría al despeñadero– parte del avance logrado con entes electorales solventes, distintos al cuestionado pasado, no hay que descartar esta otra novedad. (Pero no vamos a engañarnos –más es para que conste– porque aquí nadie hace caso).