Imprudencias en familia irradian contagios

Coronel ® José Antonio Pereira Ortega

Sin duda alguna, es evidente que desde la fugaz y vertiginosa aparición del letal virus COVID-19, este encontró en el contacto entre personas su velocidad de propagación, un ambiente propicio en esa sorpresiva y artera escalada en todo el mundo, de lo cual hemos sido y seguimos siendo testigos de sus efectos catastróficos sin miramientos de ninguna clase, golpeando tanto países del primer mundo como los países en vías de desarrollo, causando luto y dolor en todo el mundo, acentuados los variados efectos en los países con débiles y casi inexistentes sistemas de salud y seguridad social como en el caso de Honduras.

Es incuestionable la sorpresa desmedida de esta pandemia, por lo inoportuno en el tiempo en que explotó el brote de COVID-19, ya que en ese momento dos eventos internacionales mantenían centrada la atención del mundo, la Navidad que en la mayoría de los países del mundo occidental es una época de celebración y convivencia en familia, y la tensión generada entre los Estados Unidos de América e Irán por el ataque a una base iraquí en el cual fallece el general Qasem Soleimani, el máximo símbolo militar de Irán.

En cualquier caso, y evitando caer en la teoría de la conspiración, pareciera que la pandemia escogió este tiempo, de tal forma que las celebraciones en las urbes mundiales, en la calle, en los hogares y en familia se desarrollaran, prestando poca o ninguna atención a la amenaza en iniciaciones, constituyéndose las movilizaciones masivas de personas en las calles, en la mayor fuente de propagación del virus, pues los contactos personales y la aglomeración de personas en espacios públicos y cerrados favorecieron el desarrollo del contagio.

Las respuestas al efecto de esta pandemia en todo el mundo fueron atípicas y rayando en una sencillez inimaginable e increíble, despertando una natural desconfianza al hacer creer que ese mortal virus, se elimina con un sencillo protocolo que magnifica como punta de lanza la higiene personal, priorizando el lavado de manos con agua y jabón de cualquier tipo, el uso de gel con alcohol, no menos sorprendente, lo fue la medida de usar una mascarilla o tapaboca, adicionando dos medidas que por su naturaleza restrictiva a la libertad de manera impositiva han sido las más polémicas, nos referimos al distanciamiento social o distanciamiento físico y el no salir a la calle, el famoso “quédate en casa”.

En concreto y sin especular con suposiciones de la aparición del COVID-19, es prudente reconocer sus efectos devastadores que se han sentido en todos los sectores sociales, con perceptibles consecuencias individuales y colectivas en lo emocional, social y económico, con un marcado desajuste sentimental en el seno de muchos hogares, producto de la desaparición física de miembros del núcleo familiar, lo cual justifica que las medidas de la cuarentena y el distanciamiento social fueron oportunas y efectivas en el inicio, hasta que no se dio la primera apertura inteligente, y aunque fueron muy criticadas y rechazadas se constituyeron en vitales para contener ese contagio masivo inicial.

Sin embargo, en relación a la cuarentena en el hogar, se presentaron algunos inconvenientes que según testimonios de los contagiados se fue de las manos en la mayoría de los hogares, y dentro de ese ambiente doméstico el contagio creció, en parte debido al hacinamiento, dado que la mayoría de los miembros de familia conviven en lugares estrechos, con muchas carencias y con estructuras inadecuadas para que habiten familias grandes (8 a 10 en promedio), además que muchos adolescentes y jóvenes cayeron en la autoconfianza y no creen en la letalidad del virus, generando con ello imprudencias en familia ya que no solo se relajan ellos, sino que no cumplen con el uso de la mascarilla y el distanciamiento dentro de la casa, donde conviven incluso abuelos y nietos, poniéndose ellos y a los demás en riesgo con esa actitud negativa.

Encuestas y entrevistas personalizadas reflejan que esa cuarentena en ese ambiente se constituye en un problema, dado que la convivencia familiar es de naturaleza relacional, solo es posible entenderla ligada al resto de los vínculos humanos, se ha dado cabida al individualismo descontrolado, minimizando la importancia de las relaciones de afecto con obediencia y reconocimiento a la autoridad parental.

El individualismo se ha asentado profundamente en nuestra interrelación familiar y nos cuesta ver la importancia de las relaciones, generando un fenómeno social de familia, conocido como analfabetismo afectivo muy marcado en las nuevas generaciones, que debe ser resuelto con la disposición y compromiso de los miembros de cada familia, donde los y las jefes de familia deben resolver ese problema, retomar la autoridad y poner orden, es preferible un regaño a tiempo que experimentar el viacrucis de la hospitalización, muchas veces incierta en su resultado, deben sobreponerse a la emotividad y retomar el orden y la disciplina familiar para enfrentar esa descuidada cuarentena interna.