Tiene un no sé qué…

Por: Carolina Alduvín

En todo tiempo ha sido importante tener un sistema inmunológico fuerte y en óptima condición, con el fin de prevenir y combatir infecciones de todo tipo. La Inmunología es a mi modo de ver, la más compleja de las ciencias biológicas, incluso más que la Genética, ya que estudia no solo la forma en que hacemos frente a las enfermedades, sino también lo que determina la individualidad de cada persona y hasta el tipo de cónyuge que nos atrae y al que atraemos. En sociedades con discriminación en base a raza, clase social, religión, nivel educativo, de ingresos y otros factores; en las que abierta o veladamente, todavía se arreglan matrimonios, o se espera que el sacramento también garantice la unión o permanencia de fortunas, o movilidad social, no siempre se garantizan las mejores combinaciones genéticas que aseguren a la progenie, un óptimo sistema inmunológico.

De tal suerte que, algunos individuos vienen al mundo mucho mejor equipados que otros para hacer frente a los patógenos de forma natural. Aun así, con alguna frecuencia, la atracción se da en base a las mejores razones para producir sistemas inmunológicos casi a prueba de balas. Hay parejas, que con toda propiedad se consideran disparejas, cuando los cónyuges no están interesados en las mismas cosas, no vienen de los mismos círculos y nadie se explica ni cómo congeniaron, ni cómo es que están tan bien avenidos, ni siquiera los involucrados. Cuando se les pregunta, no tienen respuesta definida inmediata, deben reflexionar sobre qué fue lo que les atrajo en primer lugar y, terminan expresando algo similar al título de este escrito.

La respuesta está en el Complejo Mayor de Histocompatibilidad, o HMC, compuesto por un conjunto de genes localizados en el cromosoma 6 de las células humanas, estos genes producen los antígenos leucocitarios humanos, o HLA, proteínas que confieren identidad tanto al suero y células sanguíneas, como al resto de nuestros tejidos, haciendo posible la distinción entre lo propio y lo ajeno. Nos protege de elementos extraños como los patógenos, pero a la vez complica la existencia a los cirujanos de trasplantes, debido al natural rechazo de órganos y tejidos no siempre compatibles, por muy cuidadosa que haya sido la selección del donante, ni la extrema cercanía genética de un hermano, padre o hijo.

Sucede que, mientras más disímiles sean los genes de compatibilidad entre potenciales cónyuges, más fuerte resulta la atracción inexplicada entre hombres y mujeres, sin reparar en color de piel y ojos, rostros o cuerpos visualmente atractivos, conversación interesante, sentido del humor, coincidencias intelectuales u ocupacionales, posición económica, o cualquier otro factor más evidente. En otras palabras, la finalidad de los genes del HMC no es complicar los trasplantes de órganos, sino optimizar las combinaciones de HLA para que los descendientes de la pareja tengan la mejor inmunidad natural. La pregunta entonces es: ¿cómo detectamos algo que no se ve, no se refleja en el lenguaje y en general, ni siquiera sabemos de su existencia?

Experimentos clásicos, dirigidos por el zoólogo suizo Klaus Widekind, de la Universidad de Berna, demuestran que la clave es el olfato, un grupo de estudiantes voluntarios, cuyos genes de compatibilidad fueron caracterizados, se separaron por sexo; los hombres usaron durante dos días seguidos, camisetas de algodón, durante este tiempo no se les permitió bañarse, usar lociones, fumar, beber alcohol, ingerir condimentos fuertes, ni exponerse a ambientes con olores penetrantes. Las mujeres, por su parte, debían oler estas camisetas y clasificarlas de mayor a menor, de acuerdo a cuán sexualmente atractivo les pareciera el aroma de cada una.

Al procesar los datos, encontró una gran correlación positiva entre la disimilitud en genes de compatibilidad y el atractivo sexual; en otras palabras, entre menos parecidos los HLA, mayor probabilidad de elegir al usuario de la camiseta como pareja. Así que, cuando surge esa incómoda pregunta de: ¿qué le viste?, la respuesta seguramente es nada, y hay que buscarla entonces en otro sentido: el olfato. Mucho más difícil de describir, caracterizar o estudiar, pero que, sin lugar a dudas, tiene la clave de la base genética de un naturalmente eficiente sistema inmune. Para quienes poseen combinaciones menos eficientes, una buena nutrición, sueño, ejercicio y tolerancia al estrés, siempre ayudan a hacer más eficiente nuestra inmunidad natural.