NI durante la Segunda Guerra Mundial hubo una avalancha tan abultada de informaciones y desinformaciones contradictorias, como en los pocos meses de la actual pandemia que tiene acorralados tanto a los países industrialmente poderosos como a las sociedades atrasadas. No es para menos. La gravedad de la peste que fue subestimada, más las telecomunicaciones digitales de tipo personal, han permitido la proliferación de toda clase de afirmaciones, negaciones, ambigüedades y tonterías sobre la presencia del nuevo virus y las recomendaciones que en la “redes sociales” se contradicen casi todos los días, en lo que concierne a la higienización personal; el rechazo de la automedicación; las posibles vacunas y los descubrimientos parciales de cómo combatir el fenómeno virológico.
Mientras tanto la gente se ha seguido contaminando, y muchas personas de diversas edades han continuado muriendo, principalmente los adultos mayores de los países desarrollados, entre otros motivos por la deficiencia, e insuficiencia, de los sistemas sanitarios “modernos”; por ausencia de un diagnóstico correcto de los pacientes; por desatención médica; y por otra serie de variables que en algún momento saldrán a relucir, como la falta de equipos biomédicos apropiados y la contaminación de un porcentaje de los mismos doctores y enfermeras encargados de hacerle frente a la pandemia en forma directa. La lista multifactorial exhibirá un largo etcétera que se publicará algún día, sin manipulaciones de ninguno de los bandos en pugna, tanto orientales como occidentales.
Dentro del torbellino de informaciones y desinformaciones digitales, se ha negado incluso la posibilidad científica de neutralizar y eliminar el virus de la faz del planeta, con una resignación escalofriante por parte de algunos médicos y de organizaciones de peso mundial. Si esta misma actitud de impotencia cientí
fica y religiosa hubieran exhibido los europeos medievales frente a la asoladora “peste negra”, nadie hubiese sobrevivido. Y de repente la civilización occidental hubiese desaparecido. Pero el colmo de las contrariedades actuales es que algunas voces supuestamente autorizadas niegan la existencia del nuevo “coronavirus”, con insospechados propósitos. Tal vez dentro de un esquema de teorías y contra-teorías conspirativas.
En el caso de Honduras las cosas no son nada bonitas. Aquí se han aplicado casi al pie de la letra las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y de la Organización Panamericana de la Salud. Pero muchos lectores conocen los severos cuestionamientos a la “OMS”, por haberse retrasado demasiado tiempo en informarle a la comunidad internacional acerca de la peligrosidad del nuevo virus. Al parecer las alertas mundiales llegaron excesivamente tarde.
A lo del párrafo anterior se debe sumar la evidente vulnerabilidad anticipada del sistema sanitario hondureño, en cuyo ambiente peligran los pacientes que padecen diversas enfermedades; y peligran los mismos médicos que les atienden o les desatienden. Alguien llega con alguna otra enfermedad conocida a los hospitales, y una vez que el paciente ha sido internado, podría morir de “coronavirus”. Circunstancia terrible a la que habría que sumar la consabida costumbre de manejar impropiamente, por parte de personajes deshonestos, algunos fondos del Estado. Pese a todo, la gente no pierde la esperanza de salir airosa de esta crisis, que además de la peste incluye los factores económicos y financieros. Desde luego que todavía hay individuos que organizan fiestas a media noche en algunos barrios y colonias, poniendo en peligro a los demás vecinos. Por otro lado es propio del ser humano luchar por la sobrevivencia de la especie, y emerger con optimismo incomparable desde cualquier abismo.