Por Juan Ramón Martínez
Era muy niño, pero sufrí los efectos de la huelga de 1954. Soldados de la “Básica” me despertaron, buscando armas bajo el catre, en el campo bananero de La Jigua. En 1963, viví los tiroteos y los miedos de los exguardias civiles, perseguidos por los militares, durante el golpe contra Villeda Morales. En 1969, residiendo en Choluteca, participé en las ansiedades, miedos y angustias de la invasión de El Salvador. Y estuve en septiembre en Ocotepeque, viviendo en una ciudad vacía, donde el miedo dormía a nuestro lado. En 1975, como gerente de Caritas, enfrenté con un grupo de amigos –Arístides Padilla, Carlos Bueso, Roberto Tinoco, Antonio López– las inundaciones de la costa norte que provocara el huracán Fifí. En 1998, el huracán Mitch, provocó la mayor destrucción de la infraestructura del país y convirtió a Tegucigalpa en el epicentro de la furia de las aguas desbocadas. Y el 2009, fui participante del penúltimo movimiento continuista de un gobernante que quería eternizarse en el poder. Sin lograrlo. Y en el 2017, fui observador de la crisis provocada por la reelección de Juan Orlando Hernández que, animada y consentida por los líderes opositores, produjo el impacto negativo más grave en la economía, que se tenga memoria. Con efectos destructivos desde las zonas urbanas a la periferia rural.
Pero nunca había vivido una crisis como la del “coronavirus”. Los escenarios indicados eran locales, con el resto del mundo ayudándonos. Esta es la primera crisis global, un ejercicio de lo que será, la tercera guerra mundial que, posiblemente, mezclará terrorismo estatal y uso de agentes biológicos, para inhabilitar a la población mundial. Guerra total.
Ahora, estamos solos, siguiendo los protocolos de la OMS –sin experiencia y preparación suficiente para aplicarlos– y compartiendo, como lo hace la muerte igualitaria, situación similar los países desarrollados y las sociedades dominadas por la pobreza, como las del Triángulo Norte. De forma que, por primera vez estamos solos, confiados a nuestras propias fuerzas, atrapados en nuestros propios miedos.
Desde el domingo pasado, estoy en casa. Apenas, yendo al Canal 10 para cumplir las tareas en los programas asignados, leyendo mucho y escribiendo las columnas habituales en LA TRIBUNA, La Prensa, Hablemos Claro y Abriendo Brecha Digital. Evitando que la ansiedad me domine, aceptando, hasta ahora, que el gobierno ejerza el control de nuestras vidas y notando, con dolor, la falta de unidad que exhibiéramos durante la invasión salvadoreña, en que todos –sin distinción política– nos unimos para repeler al invasor. Ahora no. Distanciados de los otros, nos enseñan frenéticamente cómo lavarnos las manos, alejándonos de los demás y evitando que nos toquen, rogando no formar parte de las estadísticas de los caídos, ante un enemigo invisible, frente al cual, lo único que queda es no perder el control de las emociones.
Tegucigalpa, está vacía, incomunicada. Nadie entra y nadie sale. Con la gente a punto de perder la paciencia y con los servicios básicos –supermercados, farmacias, bancos y hospitales; cerrados o congestionados– severamente limitados. Y con el agravante que el toque de queda, obliga a las personas mantenerse en el interior de sus hogares, sin trabajar y con muchos compatriotas sin ingresos mensuales que, los obtienen en el día a día, defendiéndose, desesperados por no tener con qué alimentarse ellos y sus familiares.
Son graves tres cosas: el gobierno enfrenta solo, sin respaldo de los líderes políticos, una tarea que le llevará, –si se prolonga el encierro de la población–, a un enfrentamiento que puede dejar sus secuelas. Falta la unidad de 1969, en que como un solo hombre, nos pusimos detrás de un gobernante (López Arellano) que, aunque no nos simpatizaba, era nuestro “líder”. El enemigo es invisible, furtivo, y nos convierte a todos, en contaminados y contaminantes. En víctimas y victimarios. La paralización económica que, si se prolonga la crisis, afectará ingresos y escasearán los alimentos. Y si en mayo no llueve, –sin agua para enfrentar las urgencias básicas sanitarias–, la proliferación del mal aumentará. Obligados a mantener los nervios en su lugar, evitemos que los ansiosos que sufren de TOC, nos “contaminen” emocionalmente. Aceptando estoicamente que, podemos ser la próxima víctima. Por edad. O por estar aquí, encerrados, o no. Mientras, –en otras ciudades–, mueren solos nuestros amigos. Aquí, esperamos, sin novedad.