Adviento

Por: Carolina Alduvín

En la liturgia cristiana es el tiempo que antecede a la Navidad y cuyo inicio lo marca el cuarto domingo previo a la celebración, este año, el 1 de diciembre. Es época de cierres, de finales, de hacer recuentos de lo ocurrido durante el año que finaliza, de tomar las lecciones que nos dejaron los acontecimientos desagradables y agradecer por la buenaventura de los logros alcanzados y las bendiciones que llegaron; tiempo de formular nuevos propósitos, trazar metas y fijar objetivos para el nuevo ciclo, de perdonar y hasta olvidar rencillas y desencuentros, de volver a comenzar con renovada energía y mejores intenciones, de comprometernos con nosotros mismos, con nuestro crecimiento como personas y con ir tras nuestras aspiraciones, tanto materiales como espirituales. Tiempo de dar y recibir, de recordar y de planear, de nostalgia y de esperanza.

Se entiende que a muchos no les entusiasme mucho, ni de manera especial, algunos alegan que el ajetreo de la temporada les produce demasiada tensión, otros que la festividad opaca su propio cumpleaños, otros no encuentran sentido a los rituales y tradiciones de la época; hay a quienes les pesa el costo monetario de adornos, fiestas, regalos y comilonas, no falta quien se vea abrumado por el pesar que les provocan las sillas vacías de quienes han partido, a veces hasta sin reparar en los nuevos integrantes de la familia y la alegría que han traído, algunos más sienten que no hay nada que celebrar en medio de una crisis, el desempleo o una enfermedad terminal.

Pero el barullo sigue en calles, plazas y comercios, la publicidad por todos los medios induce y fomenta el consumismo; oficinas, escuelas, empresas, iglesias y asociaciones de diversa índole planifican sus reuniones de fin de año, donde no pueden faltar comida, bebida e intercambios de regalos, se corre para pasar de un compromiso a otro, hay que atender invitados y otras visitas, hacer compras, planear reuniones, adornar la casa y lidiar con los que al excederse terminan enfermos o causando más que molestias. Sin mencionar la angustia que genera la necesidad de aprobación, rendirse al desfile de las vanidades y todo lo que ocasiona desviarse del original sentido de las celebraciones. No falta quien publique una serie de consejos para evitar la tensión de las fechas y el afán de quedar bien hasta con quienes no importan; en fin, una temporada de sentimientos encontrados, cada uno los enfrenta con la fortaleza moral que ha construido, o no.

También es temporada para compartir y ser solidario, para ver por los que menos tienen, ya sea en lo material o en lo afectivo, visitar a los enfermos, a los que están solos, a los olvidados, llevar un poco de alegría y un plato de comida caliente a los que rara vez lo tienen; no podemos resolver todos los problemas, ni erradicar las causas, pero podemos hacer la diferencia un día a una persona en necesidad, no cuesta mucho y puede significar todo para alguien más. Después de todo, se supone que estamos celebrando un año más de la venida al mundo de un ser divino que por amor se humanizó y en el tiempo caminó sobre esta tierra, predicó con palabra y acciones, diferentes formas de servir a nuestros semejantes, impartió enseñanzas morales y ofrendó su vida para que todos fuéramos salvos, según los escritos de sus seguidores.

El cristianismo, una de las grandes religiones monoteístas del mundo actual, heredero de tradiciones y simbolismo de formas religiosas más antiguas y de puntos geográficos distintos al de su origen bíblico, nos presenta a un Salvador del mundo, heredero de una deidad todopoderosa que por obra y gracia de un espíritu santo, encarna en un vientre femenino humano, para poder vivir entre los sujetos de la salvación. En lo que respecta al nacimiento de una virgen y otras circunstancias de su venida y paso por este planeta, los estudiosos del tema, no pueden declararse indiferentes a las coincidencias con otras divinidades como: Horus en el antiguo Egipto, Buddha y Krishna en la India milenaria, Mitra y Zoroastro en Persia, Attis en la actual Turquía, Dionisio en Grecia, Odín en Escandinavia, Mikado en Japón, Fohi en China, Quetzalcoatl en México y Quirino en Roma, por mencionar solo a unos cuantos.

Todos nacidos un 25 de diciembre, cuando se produce el solsticio de invierno en el hemisferio norte, o el de verano en el sur; la Navidad es entonces un culto solar después de todo, la antigua fiesta del Sol Invicto que celebraran los romanos, marcando la parte del ciclo cuando los días dejan de acortarse para volver a ser más prolongados, algo que hace renacer nuestra esperanza.