Por Carlos Medrano
Periodista
El debate sobre la permanencia o no de la Misión de Apoyo Contra la Corrupción y la Impunidad en Honduras, MACCIH, me parece una discusión estéril, estúpida, que corresponde a un país subdesarrollado y avasallado por la ignorancia y la corrupción.
Sino miremos a Australia, a Suecia, Finlandia, Noruega, Estados Unidos, Canadá y los demás países del primer mundo, ¿será que estos países necesitan que una pila de extranjeros vengan a poner orden en un país dizque soberano e independiente? ¿Pudiese imaginar que una misión extranjera le diga a un tribunal norteamericano que haga lo que ellos le piden?
Me parece indigno y que nos retrata de cuerpo entero en qué clase de país nos encontramos y qué clase de gobernantes hemos y tenemos en Honduras.
Indignados por los lamentables acontecimientos ocurridos en el Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS), del que todavía no conocemos los autores intelectuales, miles de hondureños desesperadamente pedimos que viniera a Honduras una CICIG, similar a la que existía en el país vecino de Guatemala.
Hábilmente, se trajo una MACCIH, organismo desmuelado que durante todo este período ha presentado casos de “poca monta”, pese a la descomunal corrupción que desgarra millones y millones de lempiras del erario público.
Los políticos hondureños han creado instituciones rencas, famélicas y cancerosas, para que no hagan casi nada en contra de tanto ladrón en este país, ya que dicha institucionalidad lo que ha generado es impunidad, favoreciendo a cientos de personajes que llegaron con una mano adelante y otra atrás y hoy son verdaderos potentados a vista y paciencia de todo el pueblo.
A Honduras le urge un hombre honesto, un dictador, algo así como el presidente de Singapur Lee Kuan Yew, que encontró a un país sumido en la podredumbre y pobreza y los convirtió en un país limpio, ordenado, de reglas claras y administración eficiente, que sirve como ejemplo para las naciones que apenas están en sus procesos de desarrollo.
Singapur se independizó de los británicos y de Malasia, era una sociedad con vicios y problemas en la que el caos era el principal autor, pero ya estaban cansados de esa situación y aprobaron en 1960 la Ley de Prevención de la Corrupción y le otorgó funciones a la Oficina de Investigación de Prácticas Corruptas para perseguirla e investigarla. Comenzaron a crear los delitos y aumentar las penas de forma significativa para que nadie se atreviera a cometer delitos.
La política de “cero tolerancia” creció, hasta sugerir la pena de muerte para quienes incurran en esa práctica, promovieron la rotación de personal en el sector público, para que los funcionarios no se comprometan con contratistas.
A todos los empleados que incurran en prácticas corruptas, sin importar su rango les aplican penas, los cancelan de sus cargos, su seguridad social y pensión estatal.
La Oficina de Investigación de Prácticas Corruptas fue ampliada y ahora tiene posibilidades de hacer intervenciones, revisar viviendas, recintos privados y hasta las cuentas bancarias de los ciudadanos.
Dentro de los castigos se contemplan azotes o golpes como un mecanismo que se llama “la vara”, sentencias de hasta siete años de prisión o incluso la pena de muerte en los casos más graves, como narcotráfico, violación o secuestro.
En Singapur se puso tanto orden que hasta masticar chicle y tirarlo a la calle es penado, nada que ver en Honduras cuando estamos haciendo todo lo contrario a Singapur, rebajando penas a los corruptos, la institucionalidad no funciona, el Poder Judicial es una vergüenza, el Tribunal Superior de Cuenta avala y legaliza la corrupción, en fin, un país que da lástima.