Por: Juan Ramón Martínez
El acta de independencia, se parece mucho con el acta de nacimiento de las personas. Con la diferencia que esta última, solo incluye, nombre, fecha lugar de nacimiento y filiación. Es decir, aclara los parentescos principales. En el acta de independencia, hay una declaración de voluntad, adhesión a algunos principios mínimos y un plan básico de acción. Esto último es notorio en el acta del 15 de septiembre de 1821 y mucho más en la de julio de 1823. En la del 15 de septiembre, se determina el origen de la soberanía, que radica en los pueblos que, deberán ser consultados, para determinar la calidad, naturaleza y condiciones de la independencia. Aunque han pasado muchos años, no se conoce de manera organizada y ordenada, las reacciones de las municipalidades, que representaban a los pueblos en el esquema administrativo de entonces que, son importantes para valorar la fuerza de la voluntad popular, los ángulos compartidos y los objetivos insinuados para la nueva nación que estaba naciendo. Hay por lo menos, un historiador coleccionando las actas, las que una vez sistematizadas, nos permitirán conocer cuál era el espíritu inicial sobre el cual se crearon las bases del edificio de la nueva Patria que se estaba construyendo.
Igual que si se tratara de una persona, conviene hacer un recuento sintético, en estilo periodístico y para que los compartan todos los lectores -porque la Patria no es solo de los historiadores o de los políticos, sino que todos los que viven en ella y que sienten parte de ella, tanto por nacimiento, como por decisión adulta de echar suerte con su futuro- de los principales acontecimientos ocurridos en los casi 200 años de convivencia común. Primero como Estado parte de la Federación (1821–1838) y después, como Estado independiente y al final como república disgregada (1838–2019). Para después, diferenciar lo que fue bien hecho y, arrojar luz sobre los errores cometidos que sin duda, son mucho más, porque la situación que vivimos es más propia de una nación fracasada que un Estado exitoso. Y para rectificar, como corresponde.
Para facilitar la lectura y comprensión del tema, haremos una distinción entre lo más relevante ocurrido en el siglo XIX y en los siglos XX y XXI.
Lo más relevante en el siglo XIX
No queda duda alguna que, en primer lugar estamos obligados a reconocer que la firma del acta de independencia el 15 de septiembre de 1821 y la separación de México en 1823, son los dos acontecimientos originarios más importantes ocurridos en el siglo XIX. Le siguen por su orden, la organización del Estado de Honduras, la integración de las cámaras y el nombramiento provisional del jefe del Estado Dionisio de Herrera. Así como la firma y jura de la Constitución del Estado ocurrida en 1826. La aprobación del primer presupuesto del Estado de Honduras, -en donde se olvida incluir la suma con la que Honduras contribuirá obligatoriamente con el sostenimiento del Gobierno Federal, un error infantil, de elemental irrespeto de las normas del derecho, que tendrá fatales consecuencia- las desavenencias entre el obispo José Nicolás Irías y Dionisio de Herrera, que crearán el primer gran desacuerdo en el interior de la recién nacida clase política nacional que, pese a su reducido número, muestra desde el principio una tendencia a la pelea cuerpo a cuerpo y una disposición hacia el desacuerdo orgulloso, insustancial e intrascendente. Dudo que hayan sido liberales, en el concepto clásico del término. Era, Herrera y sus amigos, hombres de la ilustración. Como efecto, la invasión del ejército de la Federación y la condición de prisionero del jefe de Estado provisional Herrera por tropas federales y el levantamiento de los hondureños, acaudillados por Morazán y respaldado por los salvadoreños, en contra del gobierno federal radicado en Guatemala. La guerra civil encabezada por Morazán en contra del presidente Arce, al que en abril de 1829, despoja del poder. Morazán es además elegido Jefe del Estado de Honduras y posteriormente sustituido por Juan Antonio Márquez. Muere muy joven. La guerra continúa y la pobreza, adormecen las potencialidades hondureñas e impiden que se inicie la integración del Estado. Las diferencias entre Comayagua y Tegucigalpa, hacen que las dos ciudades casi lleguen a las armas. Afortunadamente, la Iglesia Católica, que preserva su liderazgo, logra una cierta fórmula de avenimiento que aceptan las dos partes. En lo educativo, la Iglesia Católica, mantiene el Instituto Tridentino, para la formación de sus miembros y de los primeros abogados que participarán activamente en la forja de la inicial burocracia inteligente del Estado. Los deseos de fundar una universidad para formar los profesionales que necesita el país para su desarrollo, se verán postergados hasta 1847. Los jesuitas a los que se les pide que consideren la posibilidad de crear una centro de educación superior, responden que no tienen interés en el asunto. Creemos que la razón fue la pobreza del Estado de Honduras, la escasa población y la ausencia de una élite, agresiva y dispuesta a contribuir con el esfuerzo. Será hasta 26 años después de la independencia (1847) que Juan Lindo y padre José Trinidad Reyes, fundarán la Universidad Central en Tegucigalpa. Morazán, muchos años antes, ya había comisionado, al colombiano coronel Narciso Benítez para que organizara la primera escuela militar. Para que se vea que, desde el principio, tuvimos un problema de prioridades. Que se nota especialmente en la falta de continuidad de las acciones colectivas hondureñas. El primer libro se publica en Honduras, hasta en la quinta década del siglo. Sobre aritmética. Escrito por el Padre Reyes. No hay periódicos privados. El único que circula es La Gaceta del Gobierno, en una imprenta traída por Morazán desde Guatemala. Hasta en tiempos de Soto, se publicará La Paz, periódico semioficial, dirigido por el padre Vallejo. La escuela primaria está reducida a las dos o tres ciudades principales del país. El resto de la población es analfabeta. La economía está basada en la agricultura para la precaria subsistencia de la reducida población establecida en pueblos y la indígena dispersa en cerros y montañas aisladas; en la minería en Yuscarán, Danlí, Santa Lucía, Valle de Ángeles y San Juancito en la zona central y Goascorán, Langue y Coray, en el sur especialmente. Y la ganadería, establecida en Olancho, Danlí, Choluteca y Valle, es posiblemente la más fuerte actividad después de la extracción minera y en la que los hondureños, complementan a esta y permiten una actividad siempre deficitaria y empobrecedora. El Estado exporta carne salada a El Salvador y ganado en pie a Guatemala. No existe en los primeros cincuenta años, una carretera. Solo hay caminos reales y los bienes de servicio y de capital se trasladan en bestias o en la espalda de indígenas y negros. Es Honduras, desde entonces, el Estado más pobre de la Federación. Pero no solo en lo material. También, empieza crecer un sentimiento sectario en la clase política nacional. El genio y brillo de Morazán, alimenta el odio y la pasión de Francisco Ferrera, lo que nos llevará a ser el primer Estado que en 1838, rompe con el Tratado Federal, poniendo en evidencia que más que romper con la República Federal, lo que buscaba Francisco Ferrera era romper con Morazán. Un poco después, en 1839, por iniciativa de Francisco Ferrera Honduras abandona el parlamentarismo federalista e inaugura el presidencialismo conservador que le quedará a la medida al caudillismo rural que, siempre estuvo buscando sus oportunidades. En 1839, “dos exploradores intrépidos -el ingles Frederick Catherwood y el estadounidense John Lloyd Stephens- subieron los escalones de las ruinas de las pirámides en la ciudad maya de Copán, Estas habían sido cubiertas por la selva y sus orígenes olvidados por los habitantes de la región”. ( Las ciudades perdidas de los Mayas, Fabio Bourbon). En lo político, se iniciará un lento, casi invisible, proceso de desmonte de las competencias del Congreso Nacional en favor del Ejecutivo. Una vez consolidado, creció como mala hierba, el odio y la venganza entre los políticos vengativos, poco ilustrados y muy insensibles ante los juicios históricos que alguna vez se poryectarían sobre sus acciones gubernativas y políticas. El 15 de septiembre de 1842, Morazán es fusilado por los costarricenses. Impúdicamente, el gobierno de Francisco Ferrera, celebró el asesinato e invitó a las municipalidades a que efectuaran cabildos abiertos para hacer de conocimiento de todos el hecho que según el gobierno, -y que sin duda él lo creía en forma total y cerrada- anunciaba la paz de Honduras. Dos años después (1844), los pobladores de Texiguat, -pueblo de indios-, se rebelaron en contra del gobierno. Este comisiona a José Santos Guardiola que los reprime en forma ingrata y exagerada. Incluso le mete fuego a la iglesia en donde una virgen antigua todavía testifica en uno de sus ojos afectados por el fuego, las características de la irracionalidad de un hombre al que al alcohol lo había convertido en uno de sus acólitos más fieles. Joaquín Rivera, exjefe del Estado, corre igual suerte que Morazán, a manos de sus compatriotas. Fue fusilado, de rodillas, en 1845 en Comayagua. En 1857, Honduras participa en la Guerra Centroamericana, con tropas bajo la dirección de Florencio Xatrux, un descendiente de mallorquines establecidos una generación antes en Honduras. Luchan en contra de la presencia en la región del estadounidense William Walker que ha sido llamado por los conservadores nicaragüenses, para derrotar a sus adversarios conservadores. Logra imponer su voluntad acompañado de algunos mercenarios y aventureros estadounidenses embriagados por el concepto que ellos eran los enviados para civilizar al sur, de la misma manera que su nación se había expandido -derrotando a los indios- hacia el oeste. Derrotado Walker por las tropas centroamericanas, regresa a la región en 1860. Los ingleses interceptan su embarcación, lo que le obliga a internarse en Honduras donde es capturado por los ingleses que lo entregan al gobierno hondureño. Este le somete a un juicio -jurídicamente con muchas irregularidades y en un idioma que no conocía el acusado y sin la defensa real correspondiente- y le fusila en Trujillo en septiembre de 1860. Esta enterrado en el cementerio de aquella norteña ciudad hondureña. Durante la guerra centroamericana, se volvió expresión popular, la exclamación: ¡hay vienen los xatruches!, que dice algunos filólogos, es el origen del gentilicio “catrachos”, con el que, desde entonces, somos conocidos los hondureños. En 1848, se había iniciado un periodo de inestabilidad, posiblemente el más largo y continuo de la historia nacional, -con breves momentos de precaria estabilidad- que solo terminará, momentáneamente hasta 1876, en que cambiaron las constituciones y en algunos momentos, tuvimos más de un presidente que dominaba una parte del territorio, en tanto que por la otra, un caudillo como Florencio Xatruch, se declaraba gobernante del país. El mismo José Trinidad Cabañas, es despojado del poder del Estado hondureño, por una invasión que desde Guatemala y apoyada por Carrera, invadió el territorio nacional. José Santos Guardiola, estabilizará temporalmente la situación, pero morirá asesinado por un miembro de su guardia de honor, en enero de 1962. Tiene el honor de ser el primer presidente electo en forma normal, en la historia del país. Por supuesto, sin competidor al frente, como se acostumbraba entonces. Era un régimen en que no existían partidos políticos. Antes de su muerte, Honduras había recobrado -por la influencia que había empezado a tener Estados Unidos en la región- la soberanía sobre las Islas de la Bahía ocupadas ilegalmente por los ingleses. Gran Bretaña era el gran imperio que cobraba la parte alícuota de la deuda federal. Y que, por la vía diplomacia y la amenaza de su flota, había interrumpido el comercio entre Guatemala y España durante la colonia y convertida en una nación que conspiró en contra de la unidad de Centroamérica y especialmente en contra de Francisco Morazán, Presidente Federal. Ante la amenaza del cónsul inglés Federico Chatfield, Juan Lindo – posiblemente el político más hábil, inteligente, arriesgado y calculador del siglo XIX- entregó a los Estados Unidos, la soberanía de la isla de El Tigre, durante un año. Quedaba pendiente la ocupación de La Mosquitia, en donde “reinaba” un ridículo reino mosco apoyado por Gran Bretaña y en algunos momentos, consentido y protegido por el gobierno de Honduras que durante Francisco Ferrera incluso Honduras se comprometió en facilitarle su educación. El tratado firmado con Gran Bretaña, que garantizaba la libertad de cultos para los residentes en las islas, -como era natural porque la mayoría eran ingleses miembros de la iglesia metodista- sería provechado por el vicario de la iglesia, Miguel del Cid para protestar y levantarse en armas contra Guardiola en la ridícula “guerra de los curas”. Previamente a las hostilidades armadas, en Gracias y San Marcos de Colón, especialmente, el presidente Guardiola fue excomulgado por Del Cid. Cosa que le provocó inmenso dolor porque era un católico de misa diaria. Muerto Guardiola, en la forma predicha, varias figuras le suceden. Desde Castellanos que estaba en El Salvador cuando ocurre el incidente mortal, tarda en regresar, por lo que varios senadores ocupan el cargo brevemente hasta que recae la responsabilidad en su sucesor real y efectivo, José María Medina, que impondrá una paz armada, ajusticiara a los responsables de la muerte de Guardiola y nos llevará una guerra contra El Salvador en 1871, en que los ejércitos hondureños depondrán a Dueñas e impondrán como gobernante a Gonzales, comprometiendo a Honduras en arreglos poco estudiados que, terminarán con la intervención de Guatemala y El Salvador que por medio del general Barrios de Guatemala y el mariscal Gonzales de El Salvador, en el convenio del Chingo, nos impondrán como gobernante a Marco Aurelio Soto que, toma posesión del cargo en agosto de 1876. Con él empieza la la era liberal. A Medina le corresponde el honor de haber iniciado la construcción del Ferrocarril Nacional y firmado las primeras contratas para atraer a inmigrantes estadounidenses, preferentemente sureños que habían perdido la guerra civil estadounidense. El barrio Medina, en San Pedro Sula, es un recuerdo de estos inmigrantes que se establecieron en la costa norte del país. En SPS y en Tela, especialmente. Desafortunadamente el ferrocarril no pasa de la aldea de Santiago, unos pocos kilómetros después de Potrerillos, en el departamento de Cortés. Pero Medina carga la responsabilidad por las matanzas en Olancho. Los vecinos de este departamento, insubordinados, tanto por la brusquedad de las autoridades locales como por la propaganda de los ingleses que comercian ilegalmente por el río Patuca, son sometidos violentamente al imperio del Estado de Honduras. “Medinita”, enviado a “pacificar” Olancho. Calculamos que colgó a por lo menos 500 personas. E hizo huir a muchos que dejaron abandonados sus hogares y labranzas, para establecerse en otros lugares, dentro de Olancho o en los departamentos vecinos, Olanchito recibió una fuerte cantidad de emigrantes olanchanos.
Marco Aurelio Soto Martínez, -que había sido Ministro en Guatemala con el presidente Barrios-, acompañado por su primo Ramón Rosa, continúa y profundiza las reformas iniciadas por Medina, que en su periodo de mando, declara que Honduras es una república y la dota de una bandera. Azul turquesa que, no tiene que ver con el azul profundo al que nos han acostumbrado los maestros y los políticos desde hace muchos años. Durante el régimen de Soto, por primera vez, el gobierno hondureño quiere distanciarse de los modelos organizativos coloniales. Separa a la Iglesia del Estado, seculariza los cementerios, asume el control de los hospitales y toma para sí, el manejo del registro civil. Reorienta la Universidad Central y propone el positivismo de Comte como instrumento para entender la realidad. El discurso de Ramón Rosa, el Secretario General del Gobierno, en la apertura de cursos de la Universidad Central, es el primero documento con ideas y propuestas globales que se conoce de los políticos hondureños. Funda una universidad en el occidente del país, en Santa Rosa de Copán. Emite en 1880 una nueva Constitución. Y Soto es elegido, sin contendiente alguno, Presidente de la República, que el presidente Medina ha declarado oficialmente como república y a la cual, ha dotado de una bandera. Temeroso que Medina vuelva a levantarse en su contra, Soto Martínez le somete a proceso, fusilándolo en Santa Rosa de Copán junto al general Marín. Un acto de difícil justificación política y moral. Soto Martínez, determinará en decreto legislativo que el idioma oficial del país es el castellano, por lo que la RAE, lo nombra socio correspondiente, el único de los presidentes hondureños que ha logrado tal honor. Soto sigue con la política de la inmigración iniciada por Medina. Emite una Ley de Agricultura, la primera de la historia nacional; atrae la inversión extranjera y se hace socio de algunos de sus accionistas, en negocios mineros en San Juancito especialmente. Emite la primer ley de policía que ha contado el país. Cambia la sede del Poder Ejecutivo desde Comayagua a Tegucigalpa. Para entonces la ciudad minera tiene apenas 12 mil habitantes. La llegada de exiliados cubanos -Maceo, Gómez, Estrada Palma, Flores, y otros- produce un florecimiento cultural que Ramón Rosa encargará de encabezar. Antes de terminar su periodo de cuatro años, Soto renuncia de la Presidencia, como efecto directo de la pérdida de la simpatía del gobierno de Guatemala, presidido por Justo Rufino Barrios. Primero solicita un permiso para viajar a San Francisco en donde le ha invitado la Cámara de Comercio de aquella ciudad para que pronuncie un discurso y promueva las oportunidades que Honduras ofrece a los inversionistas estadounidenses. Posteriormente, desde allí envía su renuncia al cargo. Sus enemigos políticos, amparándose en una carta en donde Justo Rufino Barrios, presidente de Guatemala que sentía que Soto no le obedecía, lo acusa de ladrón. El Congreso Nacional integra una comisión para que investigue su gestión administrativa. Los comisionados, nunca se pudieron de acuerdo, de forma que al final, no rindieron un informe sobre la gestión investigada. Es sucedido por su ministro de Gobernación general Luis Bográn que lo concluye y en elecciones, sin contendiente, como ocurre en todo el siglo XIX, termina su mandato de cuatro años. Bográn sigue con las políticas de Soto e incluso levanta tropas para apoyar el esfuerzo militar de Justo Rufino Barrios -que termina en Chalchuapa con su muerte- en un intento de restablecer por la fuerza de las armas, la unidad centroamericana. Al final del periodo, Bográn es sucedido por su primo Ponciano Leiva, que pierde el poder, en uno de los repetidos levantamientos de los caudillos contrariados y amigos del poder. Le suceden Rosendo Agüero y Domingo Vásquez. En 1884, Policarpo Bonilla, apoyado por los liberales que encabezaba su gobernante José Santos Zelaya, depone el gobierno de su primo Domingo Vásquez. Su lugarteniente principal es Manuel Bonilla, quien junto a él, es elegido, sin contendiente alguno, presidente y vicepresidente, respectivamente. Su gobierno tiene más importancia política que económica. Sus mayores preocupaciones son la emisión de una nueva Constitución -que introduce muchas novedades- pero carece de una visión de conjunto, en términos de asegurar el progreso del país. Su liberalismo, poco estudiado, es casi escolar. De oídas. Hace las primeras visitas que se tiene conocimiento escrito por diferentes ciudades del país y favorece las primeras expresiones de libertad de prensa. Cuando el Presidente Zelaya tiene dificultades políticas, el Presidente Bonilla organiza tropas las que pone bajo el mando de Manuel Bonilla para que vaya a Nicaragua en su auxilio. Las tropas no combaten y se regresan de Chinandega, porque las dificultades del gobierno han sido superadas por sus propias fuerzas. En 1898, es sucedido por Terencio Sierra, provocando el distanciamiento con el que se consideraba su sucesor natural, Manuel Bonilla. Para disimularlo, reúne una junta de notables para que escoja a la persona adecuada para sucederle. Como es natural, casi la totalidad de los integrantes de la Junta son sus amigos y conocen su pensamiento. Y además, están dispuestos a cumplir su voluntad. El único que se burla de la estratagema presidencial es Miguel Navarro. Y Manuel Bonilla, entiende la jugada. Sierra tiene el mérito de haber iniciado e impulsado la construcción de la primera carretera que tendría hasta entonces el país, la del sur. En la última década del siglo, se inicia el cultivo del banano por empresarios estadounidenses y empieza la inmigración de palestinos a Honduras a los que se les conoce popularmente como turcos. Estos junto a otros inmigrantes, guatemaltecos, salvadoreños, estadounidenses, ingleses, italianos, españoles y franceses, iniciarán -algunos grupos de ellos- un discreto proceso de industrialización. La mayoría de los extranjeros, son guatemaltecos, seguido de los salvadoreños. En el censo publicado en 1889, aparece el primer chino residente en el país. Se apellida Dip y era residente en Santa Bárbara. La burguesía hondureña sigue siendo rentista y negociadora de contratos y favores para los empresarios extranjeros por parte del gobierno central. La población no pasa de 400 mil habitantes al final de siglo. Y las ciudades, crecen lentamente, aisladas mutuamente por la falta de carreteras y caminos confiables. La Ceiba, Tela y San Pedro Sula empiezan a crecer, bajo el impulso de las compañías fruteras que además, crean otras empresas necesarias para el desarrollo de sus operaciones; pero la escasa población en la Costa Norte y en todo el país, será una limitación lo que obligará a las empresas a traer trabajadores de otros países. Y por primera vez, de Cuba y Jamaica. Los primeros para altos oficiales y los otros para el manejo de maquinaria y reparación de puentes y vías férreas. Sin que posiblemente lo sepa. Sierra está sembrando las bases sobre las cuales, las próximas dos décadas convertirán a Honduras en el principal exportador de banano en el mundo. Políticamente solo tiene dos ilusiones: detener a Manuel Bonilla en su camino a la Presidencia y volver al poder, en la primera oportunidad. Estas dos tentaciones, recurrentes en la vida nacional, provocarán una revolución que Sierra ni nadie se imagina que está a la vuelta de la esquina. (Continuará)