Por Juan Ramón Martínez
Son un poco más de las 8 de la mañana. Llegamos en el vehículo de Eduardo Goñalon Montaner a dejar a sus hijos y de mi hija mayor Elia Mercedes –Alex, de 9 años y Emma de 6, mis nietos queridos que, me critican porque “dicen que ronco”, cosa que no me consta, como es natural– a la escuela “Betania Patmos”, ubicada en el barrio Pedralbes. Hace algunos años, había conocido el espacio donde ahora se levanta un sobrio, pero bien diseñado edificio que, inmediatamente supe que lo han hecho pedagogos y arquitectos comprometidos en crear un espacio educativo, soleado, lleno de luz, amplio y con fáciles accesos. Los edificios, parecen flotar en la colina, donde el cemento monstruoso, no es invitado principal. El sol es frenado con gigantescas cortinas metálicas que se mueven fácilmente. Solo se le deja ingresar, cuando se le necesita. El bloque de tres edificios, es bello, equilibrado y mantiene cada uno su personalidad, porque no se apiñan, medrosos luchando por el espacio físico, sabiamente aprovechado. Las aulas son enormes y en todas ellas, el acceso está facilitado especialmente para los niños que, por alguna minusvalía tienen que movilizarse en sus interiores. Las bibliotecas, están diferenciadas. Unas para los niños más pequeños y otra para los de primaria. Y en todo el interior, el uso de madera blanca, parecida a la de los pinos hondureños, me permite concluir que allí, en la concepción arquitectónica, en el diseño del curriculum, el espíritu que priva en las aulas y el papel de los alumnos que determinan el tema que quieren aprender, se nota discreta pero precisa, la influencia del modelo educativo finlandés.
La directora de infantil, Ivette García me identifica, especialmente porque voy con Eduardo, que me explica los procesos en el aula, la intervención de los padres de familia y el carácter de la escuela, que aunque privada, recibe cooperación de la Generalidad de Cataluña, dentro de un esquema en que los padres de familia no son “guachimanes” que vigilan si los profesores llegan o no a las clases, como ocurre en Honduras, sino que gestores que orientan los fondos recibidos y los vigilan. Celebra con entusiasmo indisimulable mi visita. He estado un par de veces antes y conversado en una, con ella. No la reconozco; pero la alegría con que me saluda me obliga a la reciprocidad. Emma lleva un trabajo sobre los corales marinos en el mundo. Cuando digo en el coche que me gustaría darles clases, Alex niega mi competencia; pero argumento haciéndole una pregunta: ¿dónde está el segundo mayor coral del mundo? En Honduras responde. Y entonces, siendo hondureño, puedo hablar del tema. La profesora García, ríe cuando le cuento la anécdota. Y agrega, en una generosa explicación, que los alumnos conciertan el día anterior, y por mayoría, cuál será el tema siguiente. Quedo deslumbrado porque aquí, en forma breve, se aprecia la participación de los alumnos y el ejercicio democrático. Y además, el papel del maestro como facilitador, al servicio de los intereses de los alumnos. Porque los retos que ellos enfrentarán serán los suyos. Y no los de sus mentores que, para entonces, estarán jubilados, tomando el aire en los parques de Barcelona, asidos de un bastón, viendo volar a las palomas.
Cuando nos despedimos, con una sonrisa de viejos conocidos, le cuento a “Edu” que en tiempos de Azcona, fui candidato a ministro de Educación y que los militares de entonces, me rechazaron por sospechoso. Pensaba suprimir las tareas del día siguiente, para que jugaran con sus hermanos y compartieran con sus padres, el conocimiento de valores y actitudes que gobernarían sus vidas. Se ríe, no dice nada y se concentra en el cerrado tránsito de la hora, mientras vamos a la clínica de un médico que atenderá mis problemas oculares. Pienso que en Honduras, el problema del sistema educativo no es el dinero, sino que la centralización; que los maestros tienen ideas –que algunos expertos extranjeros obstaculizan– y tampoco la cooperación de municipalidades y padres de familia, que saben que aportan en la única herencia segura: la educación de sus hijos. Para que estos, desde la criticidad aprendida, puedan identificar la realidad y transformarla para ponerla al servicio de su libertad. Sin la madre del cordero, pastando tranquila en Washington.