Por Óscar Armando Valladares
Los jóvenes que aprestan las alas de sus primerizas inquietudes, querrán saber qué ciudadano hondureño calzaba el nombre del magno rey macedonio, de qué prosapia venía y, más aún, en qué aguas alumbradas trascendió y cómo pudo alcanzar un sitio en la simbólica galería de hombres y mujeres de bien, sitio en que -a decirlo con el juego consabido de palabras-, no son todos los que están ni están todos los que son. Relato lo que leí y lo que adquirí provechosamente de este ser, de esta vida cultivada, cronista él y la empresa de la que -por un buen tiempo- cogió el recio timón, el “gobernalle”, como estilaba decir con vocablo catalán.
Alejandro Valladares Bernhard, tegucigalpense, accedió a esta porción del planeta el 27 de febrero de 1910, en el seno familiar de Carlota Bernhard y Paulino Valladares: persona de carácter, ella; él, político y afamado periodista, emparentado -se rumoraba- en las tierras güinopenses con el padre José Antonio Márquez, y quien, además de activar en gobiernos afines al partido de Manuel Bonilla y Carías Andino, tuvo un andar pronunciado en el diarismo centroamericano; en la capital hondureña, dio cima a la dirección de El Cronista, uno de los más prolongados e influyentes medios de difusión impresa en décadas agitadas del siglo anterior.
Como ha ocurrido en tantos casos, el vástago de don Paulino partió a cursar Derecho, en su respecto a la capital matritense, centro -igual que París- de escritores y artistas de juerga y bohemia en que el joven compatriota no tardó en sentirse como pez buceando en aguas azules. Hermanado con las letras, verticalmente españolas, se dedicó a su lectura y a contertuliar en peñas de interés cultural, haciendo buenas migas con Francisco Villaespesa, al que la crítica había saludado como “poeta de los nuevos tiempos” por su obra que alineó en los libros: La musa enferma, Tristitiae rerum, El jardín de las quimeras, Los remansos del crepúsculo, Ajimeces de ensueño, A la sombra de los cipreses, La gruta azul, Tierra de encanto y maravillas, Los conquistadores, etc. Con prólogo de este autor -que en años menores esparció sobre España los cantos de Darío- -el grande nicaragüense-, Alejandro dio a conocer -por su parte- los “Cantos de la fragua”, en 1933. De sencilla y pensada construcción, he aquí tres cuartetos de muestra. “¿Hay en mis correrías alguna culpa grave? ¡Quizá… tal vez un día me acuse ante el destino/ de haber colgado en lo alto del mástil de mi nave/ a cuanto Judas pude coger en el camino”! “La autora de pronto fugaz se desliza;/ en fuga las sombras enredan sus rastros,/ y en las blandas ondas se ve que agoniza/ la coquetería de todos los astros”. “De súbito dejaste de hundir el acicate/ en tu tronco de potros y arrojaste las galas:/ para vencer enanos, mejor no ir al combate, para subir un codo mejor no abrir las alas”.
De nuevo en el país (1935), desposó a la joven Margarita Alvarado, de cuya unión advinieron Antonio José, Salvador y Paulino. Bajo la tutela austera de su progenitora, asumió otro compromiso: la dirección de El Cronista, otorgando brillo y brío al editorial, de fausta recordación por las campañas y batallas que en ocasiones libró a brazo partido.
Con bastante asiduidad partíamos de la Escuela de Leyes a la redacción del periódico, afianzando ascendentemente amistad con Alejandro -entonces de 50 años de edad, yo de 20-, con su hijo Salvador -el recordado Salvalla- y con el maestro, de incisiva pluma, Ventura Ramos, quien cubría las ausencias vinolentas del eminente editorialista. De uno y otro aprendí -leyendo con subrayado interés- los abordajes de ambos: del primero, su estilo literario-periodístico; del profesor Ramos, su pulcritud expositiva.
Guardo de ese nexo fraterno fotografías de Alejandro y algunas confidencias suyas, sus luchas, “sus locos excesos”, sus gustos y apreciaciones literarias -cual por ejemplo su desapego con la obra del escritor disidente ruso Alexander Solzhenitsin, autor del Archipiélago de Gulag-, lo mismo que el recuerdo de cómplices emprendimientos, como la de producir y pasar un periódico clandestino en días ensombrecidos por la acción armada del 3 de octubre de 1963. Su muerte acaeció en 1976.
Al maestro y amigo, el homenaje elemental de quien supo en aquel tiempo aprovechar los frutos de su talento y de su rebelde honradez, contestes con su poético criterio de que el arte y el arrojo fundidos siempre están.