Por Héctor A. Martínez
(Sociólogo)
La noticia más explosiva en los últimos días y que se ha vuelto un dolor de cabeza para padres de familia y autoridades educativas, es que a los universitarios recién graduados se les dificulta encontrar un empleo debido a la escasa oferta laboral que impera en el país. Además de ello, y para agravar el asunto, los niveles salariales de los pocos puestos disponibles no compensan la inversión de tiempo y esfuerzo que significa un título de estudios superiores.
El desaliento se está apoderando de las familias que soñaban con que sus hijos se convirtiesen en “alguien” de respeto, y que tuviesen otra clase de vida, muy diferente a la de sus padres. “Otra clase de vida” significa, dejar el barrio, colocarse en una oficina, ser respetado, y tener una casa con todas las comodidades y lujos. Los sociólogos de la teoría funcionalista le llaman a eso “movilidad social ascendente”. Lo de ascendente no requiere de mucha explicación.
¿Por qué no hay empleo? ¿Tacañerías de empresarios explotadores, o es, como dicen algunos políticos de este gobierno, que la empresa privada no ofrece las suficientes oportunidades para los “chavos” recién egresados? Ni lo uno ni lo otro.
El pensamiento capitalista de buena parte del siglo XX fue el del amor por el trabajo y la virtud de colocarse en una fábrica para llegar a ser socialmente aceptados, para evitar integrar esa clase social que Marx llamaba, despectivamente, el “lumpenproletariado”. De ahí nace ese pensamiento occidental de insertarnos al mercado laboral que, con la burocracia corporativa del Estado y más tecnificada, la necesidad de especializarse en una rama del gran árbol del conocimiento se volvió una misión de las universidades y de las escuelas politécnicas. Entonces, uno trabajaba hasta los 65 años y podía morir en paz, sabiendo que había cumplido con lo que Dios nos había encomendado. Era algo así como la ética protestante de Max Weber, pero en la versión del trabajo asalariado.
Entonces: ¿cuál es el propósito de estudiar una carrera universitaria si el sistema productivo no tiene oportunidades para todos? Habría que considerar, primero, un gran descenso en la productividad a nivel mundial, y el traslado de las inversiones productivas hacia el sector financiero. Prestar plata y comprar bonos soberanos rinde mayores ganancias que invertir en una fábrica de camisas en el Tercer Mundo. Sin fábricas, como todos sabemos, no hay empleo. Segundo, y quizás el tema que amerita una conversación responsable, es que debemos abandonar, de una buena vez, la idea decimonónica del empleo asalariado como si se tratara de una inapelable obligación que el destino nos impone. El mercado y la sociedad, como bien dicen los liberales de cepa, es un tejido reticular de cruce de información de bienes y servicios, donde cada individuo escoge con libertad lo que necesita consumir y lo que quiere ofrecer para que otros le compren. En otras palabras, los individuos -pienso en los graduados universitarios-, deben comenzar a potenciar sus virtudes individuales, ya no bajo un régimen de salario, sino, poniendo su ingenio y creatividad para desarrollar productos y servicios. Ganar, invertir y generar riqueza, redundará en beneficios para toda la sociedad. Esa deberá ser la meta en los próximos años.
Eso sí: todos los sectores debemos conversar ampliamente sobre ese tema, lo que nos llevará, desde luego, a replantear lo que la educación superior tendrá que ofrecer en el futuro inmediato en consonancia con el mercado libre. Se trata de profundos cambios en la mentalidad y en las estructuras sociales, pero necesarios para ayudar a nuestros hijos y nietos, de cara a los turbulentos años venideros.