EN Uruguay en segunda vuelta acaba de ganar la presidencia el candidato del partido conservador. Apenas con 28,666 votos de diferencia. Los dos partidos más antiguos, el Partido Nacional y el Colorado, se unieron en una coalición para ganarle al izquierdista Frente Amplio que llevaba tres períodos seguidos en el poder. Esta vez no pudo ganar el partido, ni aún cuando el popular expresidente Mujica hizo giras por el país endosando al candidato oficial de su partido. A ellos se sumó un nuevo partido, Cabildo Abierto, de un general retirado para formar una coalición conservadora multicolor. Después de varios años, los uruguayos experimentan la alternabilidad, donde los partidos opositores ahora pasan a gobernar. El ganador, dado su poca diferencia, ha sido cauteloso anunciando que va a mantener intactas las políticas sociales de su antecesor, en un intento por unir el país detrás de su mandato. Pero lo asombroso ha sido la calma con que los uruguayos tomaron la alternancia y una vez depositados los votos, la vida volvió a la normalidad.
Pese a la diferencia de infarto, los políticos dieron ejemplo de madurez. De confianza en el sistema electoral que no oficializó los resultados hasta varios días después de practicadas las votaciones. No hubo incidentes, ni denuncias de fraude, ni quejosos tomándose las calles disputando el apretado resultado. El candidato del Frente Amplio, una vez conocido el veredicto oficial de la autoridad electoral, fue a visitar al ganador, para felicitarlo y desearle buena suerte. El gobierno que asume será de integración. No solo con participación en la administración pública de las formaciones políticas que integraron la coalición, sino que probablemente con figuras del oficialismo. ¿Qué no dieran en otros países por disfrutar de la civilidad demostrada por los políticos y los electores uruguayos? Sin embargo, si bien los uruguayos están tranquilos, no lo está la vecindad. En Bolivia no acaba de pacificarse el clima, pese a que el gobierno interino ha convocado a elecciones. Evo desde su exilio en México mueve sus piezas, que no son pocas. La presidenta interina ha denunciado que los grupos leales a Evo “han intentado cercar las ciudades para que no ingresen alimentos, ni combustibles, han incendiado casas, golpeado a los ciudadanos y amedrentado a quienes pensamos diferente a los socialistas”. La crisis política y social que sacude a Chile desde el pasado octubre, no merma. Las consecuencias económicas ya son visibles. Después de ser una de las economías de mayor crecimiento en América Latina, la contracción de estos meses ha sido del 3.4% en comparación a períodos de años anteriores.
El frenazo es más notorio en el sector privado. Unos 80 mil trabajadores han sido despedidos durante los 43 días que van de manifestaciones. Pero ese no es todo el daño, son las enormes pérdidas que dejan los saqueos y la violencia en las calles. Piñera está dando hasta lo que no tiene intentando salir del arrinconamiento. A los políticos les dio un plebiscito y hasta cambio de Constitución a la que está desde que Pinochet perdió la consulta. Ahora anunció un plan de estímulo de $5,500 millones de incentivo a la economía. Comprende bonos y ayuda familiar, medidas de protección de empleo, ayudas a las pequeñas empresas y negocios descuartizados por los robos y los saqueos, y proyectos millonarios de inversión pública. A propósito. Trump ha vuelto a imponer tarifas a las importaciones de acero y de aluminio procedentes de Argentina y de Brasil, alegando políticas cambiarias injustas por la desvalorización de la moneda de ambos países. Sostiene que Brasil y Argentina han devaluado las monedas para aprovecharse de los Estados Unidos. Menos mal que aquí –pese a la crisis– ya viene la Navidad.