Fábula gourmet

Por José María Leiva Leiva

Un formidable attach recibido en mi buzón de correo ponderando las variopintas características que contempla la familia, destaca: “La familia es un plato difícil de preparar. Son muchos ingredientes. Reunir a todos es un problema… No es para cualquiera. Los trucos, los secretos, el imprevisible… A veces, da ganas de desistir… La familia es un plato que emociona. Y la gente llora de alegría, de rabia o de tristeza. Lo peor es que todavía hay gente que cree en la receta de la familia perfecta”.

“¡Tonterías! ¡Todo eso es ilusión! La familia es afinidad, es a la moda de la casa. Y cada casa le gusta preparar a la familia a su manera. Hay familias dulces. Otras, medio amargas. Otras apimientadísimas. Hay también las que no tienen gusto de nada, sería así un tipo de familia dieta, que soporta solo para mantener la línea.En cualquier caso, la familia es plato que debe ser servido siempre caliente, cálido. Una familia fría es insoportable, imposible de tragar”.

“En fin, la receta de familia no se copia, se inventa. La gente va aprendiendo poco a poco, improvisando y transmitiendo lo que sabe en el día a día. Mucho se pierde en el recuerdo. ¡Disfrute al máximo! La familia es un plato que, cuando se acaba, ¡nunca más se repite!Feliz quien la tiene y sabe disfrutarla, aprovecharla y valorarla… ¡La familia es proyecto de la naturaleza! Así que… ¡Perdónense, acéptense, tolérense y vivan como si hoy fuera el último día que van a estar junto a su familia!”.

Mientras tanto, un segundo correo contemplaba dos preguntas. La primera: “¿Cómo hacían los padres de antes para mantener a tantos hijos?”. La respuesta encierra una profunda reflexión que marca un parte aguas entre la cultura familiar de antaño y la que suele tenerse hoy en día. Juzgue usted: “Hagamos un repaso, fuera de que la capacidad adquisitiva era igual o menor en esos tiempos. Los padres de antes tenían un secreto y además creo conocerlo. El principal secreto de los padres fue, el no gastar en cosas superfluas con nosotros, y el tener una administración ejemplar. A nosotros nunca nos faltó nada, porque se nos compraba lo necesario”.

“Teníamos la ropa necesaria, no la de moda, quizás también es cierto que teníamos que heredar de nuestros hermanos mayores, pero lo hacíamos con gusto y siempre con una gran alegría, “ya me siento mayor, tengo la ropa de mis hermanos mayores”. Los juguetes eran esperados en Navidad y cumpleaños, no cuando los pidiéramos ni por portarnos bien, o pasar de curso, al fin y al cabo era nuestra obligación, esa era nuestra responsabilidad. Y además un “intercambio” justo. Ellos nos daban comida y sustento, y nosotros no éramos un dolor de cabeza y nos preparábamos para cuando a ellos les hiciéramos falta. Al paso que van, los niños van a querer un sueldo por cumplir con sus labores. Ahora a los niños se les da toda clase de premios y reconocimientos. ¿Medallas de participación? O sea premios por existir”.

“Por eso tú que eres padre de familia te vuelves casi un esclavo de tus hijos, unos hijos que casi no ves por trabajar para ellos. Y en tu afán de darles todo, lo único que has conseguido es tener a un pequeño jefe bien vestido, mal educado, con mal carácter, que cree que merece todo, pero inseguro y con baja autoestima. Niños con el armario lleno, y el interior vacío. Tu hijo no necesita todos los juguetes. Tu hijo no necesita las zapatillas más caras, ni tanta ropa de marca. Tu hijo te necesita a ti, dale tu tiempo”.

“La segunda pregunta del tema que más se hacen es “¿De dónde sacaban los padres de antes la paciencia para aguantar tanto?”. Aquí el segundo secreto. ¿Recuerdan que les dije que nosotros no éramos un dolor de cabeza? Los papás de antes no tenían paciencia. No había tolerancia, nos portábamos bien sí o sí, había disciplina en su forma más simple que es la coordinación de actitudes con las cuales se instruye para desarrollar habilidades, o para seguir un determinado código de conducta u “orden”. Por educación no te tiras al suelo, por educación no gritas en el centro comercial, por educación no contestabas, por educación respetabas las cosas ajenas, y un interminable etcétera”.

“Entiendo que quieran ser amigos de sus hijos, pero primero sean sus padres, edúquenlos… Yo no sería amigo de alguien que llora por nada, no me respeta o me hace pasar un mal rato, que me avergüenza ¿Y usted? Los padres ya no son como antes. Escucho a muchos padres decir que los jóvenes ya no son como antes y es cierto, a la vez que es verdad que los padres tampoco. Antes papá y mamá estaban más preocupados de la familia. Antes los padres educaban en las casas, amén de los colegios. Ahora la crianza ha sido encargada a profesores, a YouTube, a Netflix. Queremos que los niños estén entretenidos, que no molesten mucho”.

“Antes había necesidad y aprendíamos a vivir con lo que había. Cuando decíamos que estábamos aburridos, nos mandaban a leer un buen libro; cuando no queríamos la comida, nos dejaban sin comer hasta que nos diera hambre; porque nuestros padres eran guías, no payasos y las casas eran hogares, no restaurantes. Porque la disciplina con amor, es la clave del éxito en la buena crianza. Ahora en nombre de “para que tú no pases lo que yo pasé” les compramos lo que quieren sin darnos cuenta que lo que necesitan son padres activamente involucrados en su crecimiento. Que las cosas cambien es inevitable, el desafío es adaptarnos y acompañarnos”.