Por Juan Ramón Martínez
Ante las crisis que enfrentan los gobiernos de occidente, muchos nos preguntamos sobre las razones para que las protestas, se incuban, originan y se mantengan. No faltan los que hablan de conspiraciones, en el caso de América Latina y de Irán que, acusa a los Estados Unidos, igual que China en forma discreta lo señala como responsable de la protesta juvenil; en tanto que otros hablan de quiebres internos que se originan por las peleas entre las élites. Nosotros, hemos querido entender el fenómeno como una ruptura de las relaciones emocionales entre los electores votantes y los líderes políticos. Pasando por alto, sin embargo la alta participación de esas masas “disgustadas” en las elecciones. Y, al final, algunos señalan el hecho que los gobiernos lucen incompetentes para asegurarles a las nuevas generaciones, un nivel de vida superior al que han vivido junto a sus padres. Es decir, provocan desconfianza. Esta explicación, resuelve la contradicción entre confianza perdida y voto electoral: la alta concurrencia de los electores en los procesos electorales, caso de América Latina, y específicamente en el de Honduras. Donde una vez elegido un nuevo gobierno, –cosa que no se dio entre nosotros, porque JOH continuó con el mismo equipo, el mismo discurso y las mismas propuestas– los electores creen, por algún tiempo, que se han ganado la lotería y que todos los problemas, serán resueltos. Especialmente el que angustia a los jóvenes; el empleo. El caso de Nicaragua es el más evidente: la juventud salió a la calle a protestar porque modificaron la tasa de contribución al seguro social que, afectaría a los jóvenes cuando, muchos años después, les tocara el momento de jubilarse. En Chile, el gobierno ha llegado al límite de sus competencias de forma que, ya no puede hacer más. Este caso es el más paradigmático. No solo por su crecimiento económico, sino porque sus procesos electorales han sido transparentes y tranquilos. Lo que obligará a replantearse el sistema democrático de elección, achicar el gobierno, haciéndolo más eficiente, menos lento y cercano de las necesidades de los jóvenes que, en todas las revueltas, son los protagonistas. En este análisis, no se descarta como levadura, el concepto que los gobernantes se muestren irrespetuosos de la voluntad popular y la ley. Ello explica la resistencia a la reelección que para la mayoría es inconstitucional. Y antesala de la dictadura.
De allí que crea que, el factor disruptivo sea la pérdida de la confianza en la competencia, honorabilidad, interés en servir y habilidad para construir el futuro de los gobiernos. En el caso de Honduras, la resistencia, la rebelión larvaria es contra el gobierno, cualquiera que sea su titular, específicamente porque no tiene ideólogos reformistas, sino que arrogantes “capataces” que están orgullosos de frenar el cumplimiento de sus deberes. Tan solo por el hecho que se consideran superiores a quienes ponen el dinero para pagar sus salarios, canonjías y comodidades. Y cuando les cae del cielo la MACCIH, justifican su indiferencia, lentitud y la complejidad adicional que le han agregado a los procesos, el miedo a ser enjuiciados por estos “fiscales” extranjeros. El gobierno hondureño es monstruoso y sin control. Nadie sabe cuántos empleados tiene. Y tampoco hay alguien que evalúe, al final del año, los resultados alcanzados y los logros obtenidos. En la última discusión del presupuesto, se ha empezado a hablar de estos temas, entre las élites. El pueblo, en cambio, ha perdido la esperanza. Y no creen que haya solución. Si no sacándolos a pedradas, dicen. Los esfuerzos que se hacen, para quitarles tareas a los incompetentes de la SAG, son rechazados por los empresarios, por la AGACH y por otros líderes. No quieren soluciones. Solo, “salida de estos, para entrar nosotros”.
Daniel Innerarity dice, “se ha sobrepasado un umbral de desconfianza por debajo del cual las democracias pueden funcionar aceptablemente”.
Eso creo. No es cosa de cambiar, fuera de la ley, a los presidentes. Si no modificamos al gobierno, vía una reforma profunda, que descentralice y disminuya competencias, operen las municipalidades y que los protagonistas sean los cuerpos intermedios — como propusimos los socialcristianos, el objeto de la discordia será la burocracia que además de ineficiente es obstáculo para el desarrollo–, sin el cual, no hay empleo para los jóvenes desconfiados. Nada cambiará.