QUÉ ganas de trastear la Constitución. Como si no hubiese escarmiento alguno de lo que pasó –con todo el terrible daño propinado al país– la última vez que se pusieron a hurgarla. Suficiente que los sospechosos habituales ventilen el fantasmagórico espectro de la constituyente para azorar incautos boca abiertas. Pero lo que excede la incomprensión es que voces oficiales salgan con insinuaciones de manosear artículos pétreos de la Constitución. La forma de gobierno, republicana, democrática y representativa, que se ejerce por los tres poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial, complementarios e independientes y sin relación de subordinación. ¿Qué traman? ¿Es que la proximidad al agotamiento del período constitucional tienta el apetito de travesear cristales quebradizos proclives a romperse? ¿Quedaría inoculado el país del contagio de otra crisis como la sufrida en el reciente pasado?
La sola propuesta de un cambio al sistema de gobierno es atentatoria a la norma constitucional. El artículo 374 es diáfano: “No pueden reformarse, en ningún caso, los artículos constitucionales que se refieren a la forma de gobierno…”. ¿No olfatean lo delicado del alborotado ánimo y del clima de sospecha que inquieta al amable auditorio? No hay forma de cambiar el sistema de gobierno a uno parlamentario que no sea dando al traste con la Constitución vigente. ¿Y eso cómo sería? ¿Cómo lo harían? ¿Haciendo creer, con disparates, que la Constitución no sirve dizque cuando la redactaron, hace 37 años, “había tres millones de personas y las exigencias eran diferentes a las que demandan ahora los nueve millones de hondureños”? Un contraste para delatar lo absurdo del argumento. En 1787 –hace 229 años– que fue adoptada la Constitución de Estados Unidos, la población era de 3.9 millones de habitantes y ahora es de 327.2 millones. ¿Sacaron la cuenta de cuántas veces debieron los norteamericanos cambiar lo que hicieron al inicio por algo nuevo para irlo adaptando al incremento poblacional? “Se precisa de un sistema más democrático –dicen– donde estén representados todos los sectores dentro del gobierno”. ¿Y por qué no comienzan ahora a integrar, a repartir a los demás, si eso es posible en el sistema que tenemos? “Que los sistemas parlamentarios –arguyen– son menos corruptos”. Pregunten por qué fue que botaron al gobierno del Partido Popular con una moción de censura en España. Ah, y de paso, si de estabilidad del gobierno se trata, en 4 años llevan 4 elecciones y todavía no consiguen la investidura. O los gobiernos en Italia que solo duran un promedio de 13 meses. 65 gobiernos distintos desde la Segunda Guerra Mundial. (Y qué no hablar de los casos de corrupción de los italianos). En el Reino Unido, días antes de la Navidad, van a otra elección. No hallan cómo salirse de la Unión Europea, porque no hay Brexit que les acomode al primer ministro y al Parlamento. Aparte que esa ruptura –con los estragos que puede ocasionar a la economía, ni hablar de la inestabilidad en la administración pública– le ha costado la cabeza a dos primer ministros, con amenaza de guillotinar la tercera. Así que suficientes ejemplos.
Si en naciones más civilizadas –con su sistema parlamentario– les cuesta a los políticos negociar lo que garantice estabilidad política y social, ¿cómo piensan que, con los políticos que tenemos, nos iría a nosotros? No es el sistema de gobierno ni la Constitución lo que no sirve. ¿No será más bien las actitudes pandas, las conducciones erráticas, los individuos que colocan a dirigir instituciones, lo que hace que no funcionen las cosas? Si la Constitución es una bella recopilación de enunciados, de aspiraciones, de garantías, de derechos, de obligaciones, de sueños plasmados vislumbrando la prosperidad del país y el bienestar nacional. Lo que hay que cambiar son las chuecas conductas colectivas –algunos dirían que, de paso, a los dirigentes– que impiden la prosperidad. Son las personas que estancan el avance, no la Constitución ni el sistema. Cambiar el sistema de gobierno no soluciona ninguna crisis. Todo lo contrario. Meterle una Constituyente al país en medio de esta crisis –con una sociedad dividida, polarizada, enojada– la Constitución será lo que exija la calle. El molote de cada día en la calle es lo que va a dictar los artículos constitucionales. Si un partido con pitos, plantones y vuvuzelas pone en jaque las sesiones del pleno, ¿cómo van a sesionar cuando ese despelote se manifieste afuera? En reclamos y demandas de cada sector interesado, levantado en armas, queriendo que le metan lo suyo en los artículos constitucionales. Menos mal que el presidente del Congreso advirtió que mientras esté allí, no va a permitir amagos de cambio al sistema de gobierno. Sin embargo –al repique de los tambores– lo mejor es estar ojo al Cristo.