Cuelgamuros

Por J. E. Mejía Uclés

“Todos somos hijos del mismo sol y
tributarios del mismo arroyo”.

Por destinos de la vida, me tocó vivir la dictadura de Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España por la gracia de Dios y de los 600,000 muertos que propició la guerra civil española, por haber dado un golpe de Estado a la Segunda República Española, democráticamente constituida el 14 de abril de 1931, que duró hasta el 1 de abril de 1939. Todos los días su primer actividad como jefe de Estado era la de firmar las sentencias de muerte. Cuando en 1936 le preguntaron: ¿Eso significa que tendrá usted que fusilar a media España?, su respuesta fue: “Repito, cueste lo que cueste”. Con el nacional catolicismo, convirtió una carnicería, cuyo objetivo era el sacrificio de aquellos que pensaban diferente. Los paredones y las cunetas, ciegos testigos. “El coste en sangre de salvar el alma de la nación poco importaba a los vencedores”. La metamorfosis. Tal es en la actualidad el nacionalismo, racismo, el populismo, y el antisemitismo, como plagas que actualmente vivimos.

En contraposición, a la política de paz mantenida por Azaña, cuando el presidente enfrentaba la guerra, no sin antes saludar jubilosos a todas las auroras que quieren desplegar los párpados sobre el suelo español, concluyendo: “Vendrá la paz y espero que la alegría os colme a todos vosotros. A mí no”. El tejer y destejer. La advertencia sobre la dimensión internacional de la guerra de España y la calamidad que amenazaba a las potencias democráticas si consentían que la República Española fuera derrotada por Alemania e Italia, siempre invocando la paz. Va construyendo una imagen de que los austrias son una distorsión de la historia, al triunfar, aliados a la nobleza, sobre los burgueses y el pueblo de las comunidades, lo que le permite ver en la rebelión de los Comuneros de Castilla la primera revolución moderna y, en su derrota, el triunfo de la monarquía de los austrias católica e imperial, origen de la inexorable y larga decadencia española, y por ende de la guerra civil, que tanto daño le hizo y sigue haciendo al pueblo español.

Con sabia lucidez de la que nadie más que él estuvo dotado, Azaña vio desde el primer momento, de que italianos y alemanes acudieron solícitos en ayuda de Franco, ante la pasividad de las potencias democráticas, que la República española perdía la guerra, Francia y Gran Bretaña perderían la primera batalla de una nueva guerra mundial. Que la lucha nacional había sido una cruzada religiosa para purgar a España de las hordas ateas de la izquierda. Siempre, a pesar de las reticencias que pudo levantar en los gobiernos de la República y de la comprobada inutilidad de sus llamados, invocó la paz. El tiempo, como en tantas otras cosas, acabaría por darle la razón. Atreviéndose a afirmar que ninguna política puede basarse en el designio de exterminar al adversario, más cuando son sus mismos conciudadanos. La política implica buscar en los valores universales de la libertad y la democracia, y no en la reconstrucción de las ruinas del pasado, los caminos del futuro.

Las dos Españas, la libertaria y la que siguen anhelando los conservadores, los que fueron a hacerse presente en la inhumación de Franco, los nostálgicos de aquel régimen, en el cual todas las potencias de la época tuvieron su cargo de responsabilidad, desde los nazis hasta el Duce, desde Stalin, hasta la indiferencia de los norteamericanos. El gran relato de la cruzada de una España verdadera contra otra España que no lo era, sino anti-España.

Franco y su enjundia en construir el Valle de los Caídos, una obra monumental que encerrara sus pretensiones de pasar a la historia como el campeón de las libertades y no como el asesino que fue de masones, liberales y republicanos, intelectuales de primer orden, la migración de españoles a México es un claro ejemplo, el Colegio de México (Casa de España), es una muestra.

Los que violan la Constitución son unos traidores, como diría Jorge Lanata, malditos dictadores, sin excepción.

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