Por: Héctor A. Martínez
(Sociólogo)
Las protestas de la – hasta hace una semana desconocida- cantante chilena Mon Laferte, pone al descubierto la propensión de los artistas por sobresalir en medio de las crisis sociales, cuando apoyan o desafían al sistema imperante, lo que nos demuestra, una vez más, de que no basta con alcanzar el éxito si este no se acompaña de la polémica viralizada que se expande a través de las redes sociales.
No hay mejor manera de ganar posiciones en un “ranking” que lucir repentinamente díscolo en el mundo del espectáculo. Sin embargo, entre lo que se dice y lo que se hace, encontramos contradicciones típicas de unos tiempos donde las artes, la política, y hasta la academia han comenzado a exhibir síntomas de una decadencia que nadie sabe cómo habrá de superarse.
Colocarse a la vanguardia y retar al poder, no es nada nuevo: lo hicieron los llamados “Poetas Malditos” en el siglo XIX, a través del escándalo de su obra destructiva -y su inmoralidad- pero, en tiempos más recientes, Bob Dylan, Joan Báez y un sinnúmero de rockeros latinoamericanos, encontraron en la crítica social, a través de la lírica, la mejor manera no solo de ganar adeptos, sino también de posicionarse como número uno en el “enjambre digital” como llama el filósofo sudcoreano Byung Chul Han, a esa masa que se alimenta de la polémica y el escándalo en los escenarios virtuales.
¿Qué mejor manera de sobresalir que cantarles a los pobres y a los miserables que el capitalismo desecha y no incluye en sus planes? Mon Laferte, apegada a su origen social, pero divorciada de la realidad actual, escribe en su piel, dejando al descubierto sus senos, “En Chile torturan, violan y matan”, mientras en su cuello, el pañuelo verde denota su inclinación por el polémico tema del aborto. Desde luego, los empresarios del espectáculo que le otorgan el Latin Grammy a Laferte -resentida por la pobreza en la que vivió en Santiago, en una casa otorgada por el “despreciable” Estado liberal-, esperan que el capital invertido en la campaña se reditúe en descomunales ganancias que se reinvertirán, seguramente, en nuevos proyectos.
Así funciona ese sistema capitalista y liberal del que la chilena se mofa, como lo hicieron en su tiempo, con no poca notoriedad, Janis Joplin, y el mismo Jim Morrison de la banda “The Doors”. No podemos dejar de lado a toda la gama “underground” rapera cuyo lenguaje de poca monta, barato, pero muy “de calle” exhibe el sinsentido millenial del reto al sistema, a través del sensualismo, la indomabilidad y la insurrección, peculiaridades del hastío social de una juventud que se escinde, de a poco, de los valores transmitidos por sus padres. A lo mejor Arnold Toynbee y los chicos de la Teoría Cíclica tenían razón: la decadencia de nuestros tiempos, como parte de un ciclo, muestra su declive más profundo a través de la discordante simbología que Alain Touraine llamaría con mucha razón, “el rompimiento de la correspondencia entre las instituciones y los actores socializados por la familia y la escuela”.
El “trending topic” de Mon Laferte no es más que un reto con el que pretende poner un toque de rebeldía intelectual a sus producciones; un jaspeado de erudición, mientras aboga por una falsa igualdad que, aunque imposible de concretar, se redituará, como ya sucede, en mejores ventas y en una inmejorable posición en el “billboard” capitalista del espectáculo. No hay nada que produzca mejores réditos, que protestar desde la comodidad que otorgan los escenarios del éxito musical. Y Laferte recién lo ha descubierto.