Por Carolina Alduvín
Entre la propaganda gubernamental que más suena, está la noticia de la entrada en vigencia de la Ley de Alivio de Deuda, cuyo texto –aunque aburrido– resulta fácil de entender a los que no somos expertos en finanzas y, hasta donde alcanzo a ver, tiene puntos importantes: reducción de las tasas de interés, mecanismos de consolidación de deudas dispersas, en una sola cuenta y posibilidad de adquirir vivienda por primera vez. No parece mucho, pero para miles, puede dar luz de esperanza. Después de todo, el nombre no indica condonación, ni rebajas; como sí lo sugiere el tono de voz que se percibe en los anuncios radiales. Suena a que el Presidente ha previsto una válvula de escape a la presión generada por las irregularidades de su mandato.
Aunque, dadas las señales y ataques entre los líderes de la “oposición”, se pudiera creer que ninguna convocatoria a la población para que se manifieste en las calles, tendrá éxito, el gobernante prefiere reforzar esa certeza con esta medida preventiva. Se estima que la medida aliviará –nada má– a casi un millón de asalariados. Cifra nada despreciable a la hora de intentar aglutinar descontentos, muchos tendrán una poderosa razón menos para exponerse a una gaseada, de esas que “Mel” garantiza a sus seguidores. Por supuesto, los que se han endeudado para emprender, o no les deducen por planilla, igual han presentado otras garantías y de alguna forma podrían hacerlas valer para aplicar a los mecanismos detallados en el reglamento, lo que neutraliza a muchos más.
Se dice que, a muchos deudores, luego de las deducciones por planilla, sus cheques mensuales salen en cero, lo que implica que, para sobrevivir, se deba recurrir a nuevos créditos, lo que hace un círculo vicioso con efecto de bola de nieve, llamado a producir mucha tensión, desesperación y nublar la vista hacia una salida aceptable. De ahí que sea muy considerable el efecto, tanto psicológico como financiero, pese a todo lo que molesta al público de la gestión gubernamental, en especial para todos aquellos que están convencidos de que ha habido fraude electoral en los comicios más recientes, aunque nadie lo haya logrado demostrar.
Además, brindará a muchos, la oportunidad de hacerse de nuevas deudas, ya sea para cubrir asuntos vitales, emprender, o dar rienda suelta a los vicios consumistas que los esclavizan; no me parece casualidad que tanto la ley como su reglamento estén a punto justo cuando comienzan las promociones del sector comercial y la temporada. De seguro, ese fue uno de los elementos de negociación con los bancos, para que accedieran a rebajar algunos puntos a sus leoninas tasas; ellos nunca pierden y todos deberíamos entenderlo. Por lo que, no me extrañaría que, en menos de un año, los niveles de endeudamiento vuelvan a estar tan altos o más que los actuales. Para entonces, los 3 chiflados habrán terminado de despedazarse mutuamente.
Sin embargo, como para “tapar el ojo al macho”, en alguna parte del documento, se contempla algo de educación financiera para los usuarios de los créditos, a cargo de las propias instituciones del sistema financiero nacional, para promover cultura de sana administración de finanzas entre los trabajadores que aspiren a acceder a los productos financieros. Un ornamento que ya existe y, los mercadólogos de los bancos saben que da buena imagen, al tiempo que los consejos entran por el oído izquierdo y salen por el derecho, o viceversa. Las personas, con pocas excepciones, tienden a pensar que un pedazo de plástico les da poder adquisitivo ilimitado; la prueba está en el actual estado de deuda de la población, sea por vanidad, verdadera necesidad o situaciones de infortunio.
Dado que el endeudamiento es estructural, resultado de una economía crónicamente rezagada, con tantos obstáculos a las iniciativas de los particulares, con un sistema tributario tendiente a la confiscación; inherente a una cultura de ínfimo nivel educativo y que además retrocede, con alta valoración a las apariencias y muchos vicios que financiar para escapar de la realidad, la nueva ley, no será más que un alivio como lo dice el nombre, temporal, aunque no lo diga. Una forma de administrar la crisis, es aconsejable diseñar planes serios y efectivos para salir de ella, para que tanto asalariados, como emprendedores y desempleados tengan una oportunidad y menos razones para el descontento y latente estallido social, como en el vecindario.