Las estrellas

Por Carlos Eduardo Reina Flores

Génesis nos revela que Yahweh creó las estrellas para alumbrar los caminos en la oscuridad. Astros iluminando la noche que guiaron a tantos navegantes a puerto seguro. Que dieron el conocimiento de la ciencia a nuestros mayas ancestrales y que a nosotros, sin grandes conquistas que realizar, nos sirven para contemplarlos absortos, en reposada tranquilidad. Porque el sueño no es otra cosa que la proximidad de nuestra alma con lo divino.

Durante mi última visita a los empinados Andes, leí un artículo del diario El Tiempo titulado: “La importancia de proteger la oscuridad del cielo”. El escrito advierte de cómo la oscuridad nocturna ha sido impactada por los nocivos efectos de la polución. La contaminación perturba la oscuridad. Y su efecto es la causa de distintos problemas de la salud. Nuestro ritmo circadiano, mejor conocido como el reloj biológico, es sumamente afectado. El cuerpo se siente engañado, sin saber cuando reposar, haciendo que actuemos como zombis. El cambio del ritmo biológico ha causado distorsiones cardiovasculares y neurológicas. Que incitan una variedad de cánceres, como el de próstata o el de mama. Por supuesto que a cualquiera inquietan los quebrantos de salud. Pero, igual preocupación me provoca no poder ver las estrellas. Esta limitación, a primera vista, no parecería importante. Hasta que caemos en cuenta que ver el cosmos es síntesis de muchas de las experiencias apoteósicas que ha vivido la humanidad.

Por ejemplo: “¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el Oriente, y venimos a adorarle”. (San Mateo 2:2) Así respondieron Melchor, Gaspar y Baltasar al ver la Estrella de Belén en la oscuridad de la noche. Ellos, guiados por el resplandor divino del astro, se echaron a la búsqueda hasta encontrar el pesebre, con la humilde cuna de Jesús. Esta sola evidencia, que desde entonces inspira la fe de tantos seres humanos de este mundo, hasta la época presente, motiva a preguntar: ¿Si no hubiesen podido ver las estrellas, cómo se habrían dirigido los Reyes Magos al nacimiento? ¿No creen que esta sea inquietud de primerísimo orden, ahora que se acerca la Navidad?

Sin la inspiración de los poetas, en un cielo oscuro repleto de astros ¿qué sería de la poesía? Si la Margarita de Darío fue por “su afán de querer alcanzar una estrella, para hacerla decorar su prendedor”, que se encontró “con el gran Jesús”. Y fue esa mística divina lo que produjo en su padre el deseo de “hacer desfilar 400 elefantes a la orilla del mar”. Sin un cielo oscuro como telón de fondo al resplandor de las estrellas, no habría ni majestuosidad, ni verso; y sin las estrofas de esos versos ¿qué sentido tendría el resto de la poesía?

Leyendo el artículo pensé en la importancia teológica de lo estelar. Recordé el cuento bíblico de Babel. Donde los humanos, queriendo alcanzar el cielo y tratando de asemejarse a Dios construyeron una torre monumental. Pero la estructura, por grande que la pudieron hacer, colapsó, ya que la grandeza del Señor es inigualable. Ahora, aplicando ese mismo concepto a la era moderna. No hay remordimiento en contaminar -se piensa- si el hombre es capaz de generar su propia luz. Con luces artificiales que alumbren en la noche, se pretende competir con la luz del cielo. Cegar la luz natural con la luz del hombre. Ignorando que la luz de arriba es lo que da vida a lo de abajo.