EL COMERCIO ORIGINAL

LAS relaciones comerciales, más o menos sostenidas, han existido entre los pueblos desde el surgimiento de las primeras civilizaciones. Inclusive desde antes, por la necesidad de intercambiar productos indispensables que eran difíciles de conseguir en el interior de cada comunidad nómada o seminómada. Ni siquiera existían los “modos de producción económica” antigua cuando ya se escenificaban los trueques básicos y los intercambios de larga distancia. El cobre y el estaño fueron, quizás, de los primeros renglones que se buscaron afanosamente más allá de los mares y de las desembocaduras de los ríos europeos, a fin de conseguirlos, comprarlos, revenderlos y procesarlos.

El cobre y el estaño servían, en un primer momento, para fabricar los primeros espejos necesarios para autocomplacerse con la belleza física de ambos sexos y sus arreglos cosmetológicos. Luego vinieron las primeras aleaciones de metales que condujeron hacia la fabricación del bronce, un metal más o menos pesado que sentó las bases de las primeras guerras ofensivas y defensivas en las civilizaciones primigenias, con armas arrojadizas de mayor agresividad, espadas, carros y escudos defensivos.

Con la llamada “Edad del Bronce” comienzan, pues, las primeras guerras en gran escala, sobre todo en la parte geográfica relacionada con el Mar Mediterráneo Oriental y otros mares circunvecinos. Aparecen las primeras ciudades imperiales y las disputas casi permanentes por controlar algunos pasos fronterizos. Tal es el caso de la cantada guerra entre griegos y troyanos, en los linderos noroccidentales del Asia menor. A la par se alzan en el horizonte los fenicios y los imperios formidables como el del Antiguo Egipto, el cual ha sido el más duradero de toda la historia de la humanidad.

A pesar de las guerras repetidas, o con largas pausas, los habitantes de cada nación ansiaban adquirir, pacíficamente, por la vía de la compra comercial, los productos de otras naciones. Sobre todo en el renglón alimentario por aquello de las sequías y hambrunas que parecían ser cíclicas y asoladoras en la antigüedad. Los pastores de cabras, camellos y ovejas se desplazaban enormes distancias hacia los centros metropolitanos para vender sus hilados y tejidos manuales, a fin de poder comprar, a su vez, los granos indispensables para la sobrevivencia de sus propias comunidades ambulantes. Los jefes comerciales de los centros metropolitanos, ansiosos de captar productos exóticos, se avenían a trabar relaciones con pueblos lejanísimos. Todo redundaba en beneficio de unos y de otros, siempre y cuando la cosa fuera pacífica, sin alteraciones, en tanto que las guerras venían a socavar el orden establecido tanto en contra de los vencidos como también de los mismos vencedores.

Equivocadamente podría suponerse que durante toda la “Edad Media” desapareció el comercio. Sin embargo, hay evidencias documentales y arqueológicas contundentes que avalan las fuertes relaciones comerciales en los feudos y en los alrededores de las abadías y los burgos; o primeras ciudades rudimentarias de la Civilización Occidental. Las ferias patronales aglutinaban grandes contingentes de productores y comerciantes que establecían intensas relaciones de cambio simple, cuando menos una o dos veces al año.

Toda esta información es importante habida cuenta que los conceptos del comercio internacional que ahora, desde hace más de seis siglos, se manejan en el horizonte capitalista y en el actual mundo contemporáneo, cambiaron sustantivamente de modalidad. El propósito central pareciera la ganancia desmedida basada en un modelo de “producción de bienes de capital”. Una ganancia atizada con juegos de geopolítica internacional, en donde naturalmente resultan ganadores y perdedores desequilibrados.