SEDIMENTO DEL HONDUREÑO

DECIA un gran investigador etnolingüístico que lo mejor de la cultura hondureña genuina “se encuentra tierra adentro”. Así que debemos viajar a los pueblos del interior del país para identificar, reconocer, salvaguardar y promover las expresiones más positivas del lenguaje oral, de las tradiciones religiosas, de la gastronomía, de los remanentes de la arquitectura colonial y prehispánica. E inclusive de las artesanías variadas más o menos autóctonas. El problema es que el mismo hondureño de las ciudades más importantes sólo desea viajar hacia las playas a quemarse hasta el tuétano en cualquier época del año, desconociendo, con ingratitud, sus propias raíces mestizas y rurales.

Las migraciones masivas hacia los cinturones de pobreza de las ciudades han generado, ostensiblemente, la pérdida de buenos valores tradicionales. Hay que subrayar lo de “buenos valores” porque también se atraviesan, a la par, retrancas tradicionalistas que obstaculizan el desarrollo integral de las comunidades, sea en la ciudad o en el campo. En los últimos tiempos, por ejemplo, nuestros campesinos y viajeros han sido contaminados con rancheras y narco-corridos de baja estofa, que contribuyen a inyectar resentimiento, odio infame y un bajísimo nivel de respeto hacia la vida y las autoridades. Los ciudadanos indefensos son aquellos que más sufren las consecuencias de esta nueva barbarie.

Uno de los grandes valores aludidos, por el etnolingüista, que se derivaría de un posible estudio, es el de “la palabra empeñada”. Hace algunas décadas en el interior de Honduras nadie, o casi nadie, firmaba documentos para honrar compromisos posteriores relacionados con deudas o con jornales de “mano-vuelta”. Sin embargo, los pactos se cumplían a cabalidad, incluso antes de las fechas estipuladas. Lloviera, relampagueara y tronara, “la palabra empeñada” se cumplía. Nuestros hombres y mujeres de tierra adentro, hablando un castellano arcaico, se homenajeaban unos a otros con actos sencillos de fraternidad comunitaria. Las vendettas familiares por venganzas eran esporádicas; o se escenificaban muy a las cansadas. Pero eran la excepción de la regla. Nuestras gentes vivían pacíficamente sorteando las cosechas, las navidades, las semanas mayores, las pobrezas, los momentos de abundancia y las ferias patronales de cada año. Lo único que a veces ensombrecía el horizonte de la nación hondureña eran las “montoneras” fratricidas y algunas guerras civiles injustificadas, que enemistaban a unos hermanos contra otros.

Otro hermoso valor de tierra adentro, que se ha venido perdiendo, es el respeto a los ancianos y una cierta prudencia en el trato con los niños. Además de lo anterior los famosos profesores “empíricos” eran, por regla general, mucho mejores que algunos egresados de escuelas normales y de instituciones superiores, en tanto que estaban enraizados en el cariño de las comunidades en donde ofrecían sus clases, y además adoptaban su profesión de educadores “empíricos” con una especie de vocación apostolar que se les inculcó durante una buena parte de la primera mitad del siglo veinte.

Por alguna extraña razón histórico-cultural varias personas de tierra adentro conversaban utilizando el refranero del “Quijote de la Mancha” sin jamás haber leído a Miguel de Cervantes. Todo este panorama positivo ha cambiado. Sin embargo hay un sedimento que subyace entre la pedrería preciosa de las buenas costumbres que se pueden rescatar a la orilla de las quebradas; o al conversar sin agendas cada domingo, alrededor de una taza de buen café con rosquillas compradas en cualquier pueblito a la orilla del camino. O cerca de la artesa de cada corredor semi rural en donde se sirven los tradicionales frijoles “espolvoreados con queso”, y unas cucharadas de mantequilla.