LOS españoles acuden a votar el domingo a las cuartas elecciones generales en cuatro años. ¿Será tanto el gusto a la democracia que a la gente le encanta estar sufragando, como religioso ejercicio que se repite y se repite, a un promedio de una elección por año? No pareciera. Según la prensa española “los electores no ocultan su enfado con los políticos a los que ven incapaces de ofrecer soluciones a problemas acuciantes”. Aparte de lo anterior, la coyuntura que favorecía al presidente en funciones, a quien las encuestas daban como seguro ganador con mayores volúmenes de votación, en nuevas elecciones, a los obtenidos en la última consulta, cambia de repente, arrastrada por el remolino catalán. Bajo ese cálculo original, la Moncloa casi que forzó ir a comicios. El líder del PSOE quitó de la mesa la oferta inicial a Iglesias, de una coalición progresista –con sillones en el gobierno– justificando que ello equivaldría a un gobierno dentro de otro gobierno. Cuando Unidos Podemos no quiso respaldar a Sánchez, a cambio de nada, solo al fulgor de un programa progresista, sin derecho a integrar el Ejecutivo, fracasó la investidura.
Volando con viento de cola y confiando que nuevas elecciones le permitirían gobernar solo, a la portuguesa, la táctica se enfiló a comprometer a las formaciones de izquierda apoyo al candidato de la lista más votada. Calculando que, al salir del nuevo ensayo electoral con una diferencia más holgada, aseguraba la investidura. Pero la condena del alto tribunal a los sediciosos separatistas, enciende Cataluña. El manejo de la crisis le ha cobrado la factura al presidente en funciones. Pareciera entonces, a juzgar por los números de las encuestas, que las elecciones no van a dar claros ganadores. Todo apunta a una situación parecida a la actual. Un Parlamento dividido, sin claro desbloqueo al impasse. ¿A qué obedece el estancamiento? La proliferación de partidos con posibilidades de capitalizar en el ánimo dividido de los votantes y obtener legisladores. Ninguno suma los 175 diputados requeridos, lo que obliga a la negociación de varias formaciones. Los gustos se reparten entre los partidos de izquierda y los de derecha. Unos más otros menos, inclinados de un lado o del otro, en el amplio mosaico ideológico. Lo que está claro es que nada se entrega a cambio de nada. Los incidentes violentos en Cataluña favorecieron las derechas –el Partido Popular, y el surgimiento inesperado de VOX– radicales contra el separatismo, y afectan las formaciones de izquierda –el PSOE y Unidos Podemos– con posiciones más flojas o complacientes. Sufre el centro y la derecha no tan fanática, como el caso de Ciudadanos, ya que los extremos capitalizan en el sentimiento, cada vez más agudo, de la polarización.
Los pedazos sobrantes, divididos entre separatistas, nacionalistas y regionales, acaban teniendo un efecto bisagra en las negociaciones. Un cable internacional de la agencia española de noticias lee que “la mayoría de las encuestas apuntan a nueva victoria de los socialistas, otra vez por mayoría simple, y un Parlamento dividido en más grupos políticos”. “Los conservadores y la extrema derecha subirían, y los nacionalistas vascos e independentistas catalanes mantendrían su influencia”. “El problema de España –apunta un analista– no es la polarización ideológica entre PSOE y PP, sino su incapacidad para llegar a pactos que faciliten un gobierno por parte del más votado, evitando así que tengan que pactar con partidos de ideologías más extremas o con los nacionalistas independentistas”. Tanto va el cántaro al agua que al fin se quiebra. Ya es notorio el hastío ciudadano por tanto acarreo, para quedar en lo mismo. Crece la abstención. El rechazo a la repetición electoral como a la inestabilidad política. Muchos no piensan votar “porque no les convence ningún partido o líder”. Un 40% de los consultados responde que “no le interesa la política”. Mientras la administración pública se estanca –aunque el país no esté en recesión– se ralentiza la economía. Mayor razón para el descontento en la sociedad. Golpeada por la incertidumbre del entorno europeo, entre otros factores el Brexit, y la debilidad que acusan varias de las economías más fuertes. Los factores que influyen en el ánimo de los electores en esta ocasión han sido los eventos violentos en Cataluña y la exhumación del cadáver de Franco. ¿Algún parecido con lo que sucede acá?