Por: Ángela Marieta Sosa
Especialista en derechos humanos
Una joven señora cuando le preguntaron, ¿cuántos hijos tenía?, dijo: eran tres, pero solo me quedaron dos, porque uno, “me lo mató un furgón”, y es que en Honduras actualmente hemos llegado a una tasa de mortalidad por accidentes de tránsito alarmantes, lo cual es una evidencia de un tipo de violencia que amerita identificación y análisis de sus causas, reflexión e intervención integral inmediata por parte del gobierno y de la sociedad civil.
Salimos de nuestros espacios seguros, “nuestras casas”, y nos incorporamos a una jungla vehicular, conducida por personas en su mayoría, llenas de agresividad, producto de muchas situaciones estructurales que les condicionan, un nivel de estrés alto y de indolencia ante cualquier situación que pueda suceder.
La cantidad de hondureños (as), que han muerto producto de accidentes de tránsito, es alarmante, y se deben tomar medidas inminentes ante las hipótesis sobre las causas de esos accidentes, por ejemplo, ¿quién debe controlar y dar seguimiento al mantenimiento de vehículos pesados nacionales y/o extranjeros?, ¿qué tipo de programa psico/social de convivencia se debe implementar para lograr bajar los índices de agresividad social existentes?, ¿sería estratégico prohibir la portación legal de armas de fuego a una sociedad enferma de ira como la nuestra?
Cuando la ciudadanía sale y retorna a sus hogares, no imagina que podría morir por un accidente vial, sin embargo la realidad es diferente, apunta a nuevos desafíos tanto para las autoridades como para la ciudadanía, y es que para abordar este tema se deben tomar en cuenta varios factores, como ser, primero la infraestructura vial, en cuanto al acondicionamiento de la misma para disminuir el nivel de riesgo, sobre todo en los lugares en donde se han dado varias veces accidentes letales, la actitud agresiva, irresponsable e indolente de los conductores de vehículos, pues al parecer, aunque ocurran tragedias, parece que no hay aprendizaje del dolor causado, repitiéndose los mismos sucesos en iguales o diferentes lugares, y por último, la falta de control y seguimiento sobre el mantenimiento de los modelos de vehículos.
Deberían aprovecharse los momentos en los que se tramitan cambios de registros vehiculares a través de designación de nuevas placas, para estructurar y sistematizar un control sobre el estado de los mismos y así garantizar el mínimo de posibilidades a sufrir accidentes, igualmente debería de haber un control trimestral en la población que conduce sobre el consumo de drogas y alcohol, además deben implementarse campañas de concientización que promuevan la responsabilidad al conducir en cuanto a las vidas que se tienen a cargo, por supuesto que esto implica una designación presupuestaria para un plan de atención sobre las concurrentes muertes por accidentes de tránsito.
Nuestro nivel de desarrollo se pone en evidencia con el tipo de infraestructura vial que poseemos, y no se puede desconocer que hemos avanzado a pasos gigantes, con todas las nuevas vías de descongestionamiento y fluidez vial que existen, sin embargo la mayoría de los conductores, sobre todo los de transporte público, no respetan las normas y es común ver taxistas recogiendo pasajeros en cualquier parte, obstruyendo indolentemente la circulación de quienes están atrás, y el pasajero plácidamente se sube validando la acción irresponsable de quien lo recoge.
Es importante señalar que hace falta ubicar estratégicamente bahías para recoger peatones, además de aumentar temporalmente presencia policial en los lugares que todos y todas sabemos son los preferidos para irrespetar las normas de tránsito, además sería oportuno colocar reductores de velocidad en todas las salidas de la ciudad, más específicamente en la salida del sur, que es donde más han ocurrido tragedias que lamentar.
Vivir sin miedo, es uno de los fundamentos del enfoque de seguridad humana, y realmente, sumando a los miedos ya generalizados de una sociedad por sí bastante dañada, deberíamos al menos vivir sin miedo a morir en un accidente vial, ninguna frustración por muy fuerte que sea debe producir estados mentales de indolencia ante la posibilidad de morir o matar a otro ser humano, por irresponsabilidades al conducir.
Finalmente, es urgente reflexionar y actuar sobre esta epidemia que nos está matando, y de la cual todos y todas sin distinción alguna, podemos ser víctima, salvémonos de morir de esa forma, actuemos. “No más muertes por accidentes letales”.