Por: Óscar Armando Valladares
Si hay en la historia del país un documento digno de ser leído y estudiado a fondo, como modelo de lucha en pro de una causa justa -patrióticamente emprendida-, ese es el que recoge las memorias de Francisco Morazán, escritas por él en 1841. Narra y esclarece su rol de soldado unionista, arroja luz sobre acontecimientos importantes, como la elección del Presidente de la República centroamericana, “hecha por el Congreso en Manuel José Arce, contrariando el voto de los pueblos que dieron sus sufragios al ciudadano José del Valle” y el cual fue “el origen de las desgracias de aquella época”, además de referirse a la actuación -abusiva y escandalosa de Arce- en Guatemala, El Salvador y Honduras, y su propio y honesto proceder gubernativo asediado e injuriado siempre.
En lo que hace a Honduras, da cuenta de las amenazas del gobierno federal -en manos de Arce- en disfavor de Dionisio de Herrera, jefe de Estado establecido en Comayagua, amenazas que asumieron la forma de un criminal atentando. “Pero por una feliz casualidad -evocó Morazán-, las balas se introdujeron en el colchón de la cama en que se hallaba la señora de Herrera, y otras rompieron una columna del catre en que dormía este, sin haberles causado daño alguno”.
A los días, llegó un batallón federal al mando del coronel José Justo Milla. Arce – señaló el autor de las memorias- “fue el primer agresor en la guerra de Honduras, sin ninguna provocación por parte de sus autoridades”, lo que quedó demostrado con la “nota reservada que dirigía al coronel Milla, fechada el 7 de marzo (de 1827) en el Cuartel General de Apopa, y firmada por su jefe de Estado Mayor, el coronel Manuel Montufar, en que le previene sustancialmente que ponga término a los males que causa el jefe Herrera, haciendo uso de las armas, y que proteja a los que este persiga”…, justificando “la resistencia que los hondureños hicimos con las armas”.
Sin hallar en el camino ninguna resistencia, Milla llegó a Comayagua el 4 de abril, “y estableció su cuartel general en la iglesia de San Sebastián. Unas trincheras mal construidas y un jefe militar traidor (Antonio Fernández) eran dos obstáculos de fácil acceso para los sitiadores, si la vigilancia de los soldados patriotas no hubiera hecho impotente por largo tiempo las maquinaciones de la intriga, así como los diversos ataques que se dieran en la plaza. Estos no tuvieron otro resultado que el saqueo de toda la ciudad… y el incendio de sus mejores edificios… Los víveres faltaban y, muchas veces, era mayor la sangre que se derramaba, que el agua que se tomaba en el río, defendido por los contrarios”.
El 9 de mayo la plaza se rindió; Herrera fue llevado a Guatemala, “ciento sesenta leguas distantes de la ciudad de Comayagua”. Morazán pudo salir en busca de auxilios con qué revertir la acción de Milla. En Ojojona lo redujeron a prisión, pese a algunas garantías incumplidas, de las que Morazán hizo esta reflexión, valedera ayer y en el presente: “Víctima de mi credulidad, conocí, aunque tarde, lo poco que debe confiarse en los que defienden una mala causa”.
A los 21 días de estar en la sombra, burló la vigilancia. En Choluteca organizó una importante división, e hizo patente en el campo de La Trinidad “que era llegada la hora de romper cadenas”. Arce, también militar hondureño, fue completamente batido el histórico día 11 de noviembre de 1827, “dejando en nuestro poder los elementos de guerra que había acumulado”. Con su honradez proverbial reconoció Morazán que “la vanguardia sola consiguió este triunfo, en el que se distinguieron los coroneles Pacheco, Balladares y Díaz… Libres ya los pueblos de sus enemigos, me dediqué a la reorganización del Estado”.
Esa organización y los méritos que le habían sido reconocidos, determinaron ser investido como encargado del Ejecutivo y, lo que es más trascendente, constituyeron el arranque de su carrera política, de la revolución que dos años más tarde llevó a cabo en Guatemala y del ejercicio de la presidencia republicana que alcanzó terminar. De la conexión histórica que tuvo en Morazán su inductor por excelencia y la causa unionista su fundamento toral, se ocupará el encuentro expositivo a efectuarse el lunes 11 con alumnos y maestros de Sabanagrande, en el sitio consagrado de La Trinidad. Allí habrá de recordarse la jornada decisiva de 1827, lumínico antecedente de la revolución que Morazán lideró, en abril de 1829, al mando del Ejército aliado protector de la ley, un cuerpo de valientes y aguerridos salvadoreños y hondureños de legítima cepa campesina.