Discursos pronunciados con ocasión del sepelio de las señoritas normalistas

Discurso del profesor Miguel Morazán a nombre del Poder Ejecutivo, en el Cementerio General
Señores:

Con profunda pena, con hondo e imborrable pesar, por el doloroso acontecimiento que culmina con el acto del sepelio de las «siete señoritas: Manuela Gómez, Ceferina Artica, Francisca Velásquez, Felícitas Pastrana, Ramona Zúniga, María Inés Zepeda y Clementina Cardona, víctimas del horroroso accidente ocurrido ayer, vengo en nombre del Gobierno de la República a decir la frase postrera, el adiós último a las que ayer no más eran una esperanza para su familia y una promesa para la Patria.

Vidas en flor, abrían sus pétalos y exhalaban su aroma perfumado, saturando el ambiente con toda su pureza virginal, encerrando en su corazón los más generosos sentimientos e incubando en sus cerebros los más elevados ideales.

Ellas en sí nada han perdido: llegaron al término de la jornada de la vida con todo su candor, su belleza y su virtud. Llamadas al sacrificio prematuro aportaron con el influjo del dolor, una experiencia de tremendas consecuencias, horrible, sin precedentes en los anales de la vida escolar nacional. Pero no se explica cómo la fatalidad hubo de cernirse inexorable sobre seres impecables todavía, sino porque cuanto más escogidas son las almas, más cruenta y penosa, a la vez que más noble y levantada, es la misión que la Providencia les impone.

Dicen profundas verdades científicas, no reveladas todavía a la generalidad de los investigadores, y filosofías misteriosas, que la vida es una escuela y la muerte un ascenso en la marcha interminable hacia la perfección suprema; que la longevidad implica una expiación dilatada y que la muerte violenta y prematura, acusa un avance rápido en la perfectibilidad. Solo así se explica cómo pueblos de los cuales irradia la sabiduría universal, vean la muerte con serenidad y hasta con alegría, estimándola como una verdadera liberación, como un signo de aprobación del Creador, como un avance cuanto más rápido, más meritorio.

En este concepto ellas, las víctimas, serían las escogidas, las predilectas de Dios, por haber merecido, en los albores de su existencia, el favor de pasar inesperadamente a otra superior, más pura, más humana, más divina.

Pero sus padres que habían hecho de ellas una sublime concreción de intereses y motivos, que les consagraban sus esfuerzos, cariños y desvelos, que habían construido a su alrededor castillos de promesas y esperanzas, al verse violentamente defraudados, heridos por el golpe certero, rudo y traidor del destino, llorarán sin consuelo su eterna desventura y quizá, elevando su protesta a Dios, hasta se arrepientan de haberlas enviado al centro educativo, infortunado ante los ojos del vulgo, que solo contempla de la vida el aspecto temporal, sin buscar en el sacrificio la expresión de un mandato supremo, con una finalidad más grande, más noble y elevada; sin considerar por el contrario que la Escuela Normal, teatro de este acto inesperado de consternación, conquista en la sublimidad del dolor, una altura espiritual que hará en el futuro de ella, orando con profunda devoción cinco minutos diariamente al levantarse y al acostarse, evocando el recuerdo de las víctimas y llamándolas diariamente en la lista general, para tenerlas como presentes, como se hace en el Colegio Militar de San Jacinto, en México, con los Niños Héroes de Chapultepec, un poderoso estímulo, santificado por el dolor, para pensar constantemente en lo efímero de la vida y en la necesidad de consagrarla, en todos los momentos y con todas las fuerzas del alma, al bien, a la bondad, a la belleza y a la virtud. El accidente en sí no debiera extrañarnos, entra en el común de los siniestros y sus efectos horrorosos, produciendo tremendas conmociones espirituales, han de servir para que la experiencia produzca una mayor exigencia en la autorización para manejar vehículos y un mayor cuidado cuando en vez de personas responsables, sean inexpertos los que viajan.

Frecuentemente suceden desgracias de menores proporciones: hace poco pereció Alberto Rodríguez, menos hace que otro vehículo mató a una niña de dos años y a cada momento y en cada viaje los pasajeros escapan milagrosamente de las garras de la muerte, porque el oficio de chauffer requiere más cultura, más experiencia, más prudencia y más previsión.

Pero era necesario una tremenda catástrofe para aleccionarnos y tocó al primer Centro Normal del país y a las tiernas e inocentes niñas, ser las escogidas para educar, con el más grande de los sacrificios, en la escuela fecunda del dolor.

Felices las niñas que se ahorraron todas las amarguras de este «Valle de Lágrimas,» felices ellas que volvieron al centro de la vida universal, con todas sus virtudes enaltecidas por una, designación suprema, para producir con una conmoción violenta, horrible, extraordinaria, un acervo de previsión que garantice más y mejor la existencia de los que quedamos aún en esta vida expuestos a iguales pruebas y a mayores peligros.

Que la Patria, al perder sus esfuerzos malogrados por formar de las que hoy devuelven a la tierra el tributo de su vida, las educadoras que el país con urgencia demanda, se conmueva profundamente, en esta hora de dolor; que los maestros, en actitud reverente y con profunda devoción, inclinemos un momento la frente, rindiendo tributo a las desaparecidas, haciendo de ellas un motivo de consternación; que los niños, al conjuro de la palabra mágica de sus educadores, se penetren de la fugacidad de la existencia y se preparen para la adversidad, y que todos nuestros compatriotas, como lo desea el Gobierno y lo expresan por mi medio los ciudadanos, Presidente de la República y Secretario del Ramo, haciéndonos cargo de la desgracia inmensa que este acontecimiento encierra, elevemos en nuestros corazones un altar a la memoria de estas niñas y llevemos por todos los medios un lenitivo al justo dolor que embarga a sus hogares angustiados.

Fuente:
Morazán, M (1929). Discursos pronunciados con ocasión del sepelio de las señoritas normalistas, en Corona Fúnebre consagrada a la memoria de las alumnas normalistas que fallecieron el 14 de julio del año 1929. Tipografía Nacional. Tegucigalpa, Honduras.