OTRA misión del FMI vino a revisar el comportamiento macroeconómico de este pintoresco paisaje acabado. Tuvimos la amable presencia de un par de los economistas que estuvieron en Tegucigalpa, aunque esta vez no nos convidaron a almorzar, como la vez pasada que anduvieron por estos confines, sino prefirieron llegar a la oficina. Quisimos, de entrada, conocer novedades de la vida y milagros de “las tías las zanatas” –ausentes en esta ocasión– pero solo sonrieron; sin dar referencias sobre su salud o su paradero. Ya, pasando de lo pedestre a lo formal, dispusimos tomar el rábano por las hojas. Quisimos saber su impresión sobre el caso ecuatoriano y, por supuesto, ¿cómo habían ayudado a la estabilidad política, las recetas de ajuste estructural que pusieron en vigencia para alcanzar el acuerdo con ellos? No soltaron prenda sobre qué piensa hacer ahora Lenín para corregir los desequilibrios del mercado después que los bochinches –tres semanas de estado de sitio y toques de queda– lo obligaron a recular las medidas; más aún, si a eso se le agrega el enorme daño y las pérdidas que sufrió aquel país, consecuencia de los violentos molotes.
Tampoco el economista de nacionalidad argentina que nos visitó, quiso profundizar sobre el fiasco de los programas de ajuste de Macri –que le costaron la reelección– o cómo resolver la crisis económica argentina ahora que el kirchnerismo, causante de la crisis que le heredaron al que se va –pero con alergias crónicas al FMI– regresa al poder. Tocamos el caso chileno, que asombró a los boca abiertas, aunque no hay experto que, en retrospectiva, no diga que no se veía venir, dadas las “inequidades sociales” del sistema. Solo que, antes del bochinche, lo ofrecían como modelo ejemplar para América Latina. Lamentamos el desastre nicaragüense, la economía arruinada, sin remedio y sin que el comandante se vaya. Pasamos a lo que venían. A conocer nuestro criterio sobre el caso de Honduras. Como si al darlo, vaya a cambiar absolutamente nada de lo que ya acordaron. Así que les ofrecimos un repaso: Lo que sostiene el sistema económico, vaya ironía, son logros obtenidos por la gestión que lidió con aquel devastador huracán. El TPS y la moratoria a las deportaciones que subieron el flujo de las remesas familiares de unos pocos millones a los $5 mil millones de ahora. Los beneficios ampliados de la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, que abrió las puertas a las exportaciones hondureñas al gran mercado norteamericano y a generar el negocio como el empleo masivo en el sector maquilador.
Y la condonación de la deuda. Que –aunque administraciones subsiguientes malgastaron lo que debió servir a la inversión social– el borrón y cuenta nueva abrió a todos los gobiernos que sucedieron la oportunidad de volver a endeudarse en términos concesionales. Ese montón de recursos frescos es el otro chorro que alimenta las finanzas. Junto a las remesas, sostienen la economía a flote y consiguen que el valor de la moneda no se desplome. Los males son estructurales. No se corrigen ahogando una demanda de hambre en el filo abismal de la subsistencia. Sino que, aumentando la oferta, estimulando la producción. La inversión requiere de confianza. Ahogan los trámites burocráticos. Precios del café por los suelos, sequías horribles que arruinan las cosechas. Cuando –en el TLC– venzan las cláusulas de salvaguarda a las actividades agropecuarias, el campo, aparte del bosque por los incendios forestales, va a arder. Con los convenios de “cooperación de asilo”, cerraron la válvula de escape a la desocupación. Las fronteras blindadas y los muros virtuales en todos estos países, al frenar los flujos migratorios, hacen explosiva la necesidad de crear masivas fuentes de trabajo. Si la calle se calienta por reclamos del estómago, la precaria estabilidad política va a sufrir. Bendición del cielo sería acabar con la polarización. El país urge de unidad. Es imperativo un plan integral –si no pueden empujado por todos los hondureños como sucedió cuando azotó el huracán, siquiera por empresarios y gobierno– para hacer frente a la inmensidad de la crisis. De la plática los del FMI salieron pensativos. Computando cifras sobre el panorama descrito, y nosotros esperanzados que todo lo anterior pueda solucionarse. A ver si el tiempo ajusta, antes que acontecimientos telúricos embistan las estrechas salidas democráticas que le quedan al país, de producir, en relativa armonía, el anhelado cambio.