Esperanza

Por: Carolina Alduvín

El panorama de la vida nacional tiene poco espacio para la esperanza; suele decirse, es lo último que se pierde, fue el único de los regalos de los dioses a la naturaleza humana que permaneció dentro de la caja de Pandora, luego de desobedecer el mandato de no abrirla, simplemente por curiosidad. Entre los dones liberados, la ambición, que en justa medida incita a los humanos a levantarse de la adversidad para buscar mediante voluntad, esfuerzo y mucho trabajo, la superación personal, acceso a educación, ingreso y una recta forma de vida. Pero que, en forma desmedida y con poco sustento moral, igual puede empujar a las personas a las conductas más bajas con tal de conseguir y acumular bienes y privilegios, más que todo con el despropósito de impresionar, acaparar, someter y adquirir más y más para seguir en el vicioso círculo que corrompe y engulle todo en su entorno.

Esperanza en que las cosas cambien, por ejemplo, en el gobierno. El descontento es general y cada día hay nuevos motivos para el mismo aumente; que la delincuencia desatada, que la constante e irreversible alza de los precios de todo, que la devaluación de la moneda, que la privatización de las empresas públicas y ahora hasta que los militares serán los beneficiarios de un fondo para desarrollo agrícola; el ciudadano promedio piensa y expresa, a veces por mero reflejo, que la solución es expulsar al actual gobernante. Se ilusionan con que un gobierno extranjero lo va a venir a apresar por estar vinculado a actividades ilegales. ¿Y entonces, qué?
Pues la Constitución tiene disposiciones al respecto, pero prefieren ignorarlas y construir castillos en el aire. Los mismos partidarios de los que se dicen opositores, han terminado por admitir que no hay condiciones de liderazgo en partido alguno, entre los que se han “aliado”, se descalifican mutuamente; a uno no lo bajan de advenedizo a la política e incapaz de unificar a su diviso y reducido partido. Otro se autodenomina salvador del país, se siente rey sin corona y no desaprovecha oportunidad para figurar expresando su rencor al gobernante por medio de cuanta sandez pasa de su imaginación a su desmedida boca. Y el otro, bueno, si medio se ha hecho a un lado y se resigna a manipular tras bambalinas, es porque algo le entiende al trámite y sabe que estando al frente no habrá apoyo de aquellos a quienes dicen detestar, pero no paran de pedirle los ponga donde deliran por estar. Ese que quiere cambiar la Constitución por otra nueva y antojadiza, tal cual se ha hecho en cada dictadura de izquierda en este continente.

La esperanza no son ellos, ni la advenediza que los ha acompañado, esa que cree haberse ganado el cielo como salvadora de la salud pública -¿cuál?- de este país. Ni el sistema electoral basado en partidos que ya agotaron su ciclo, uno cambiando de giro, otro al borde la aniquilación, otro como hacienda familiar; otro, intervenido, disuelto y repartido como reacción a las posiciones de diva de su dirigente y creador; los que hace mucho se quedaron enanos y se rifan ajustando mayoría a cambio de lo que se ofrezca. Solo están para perpetuar el catastrófico estado de cosas. El tan mentado pueblo, solo cree tener poder de votar en contra de lo que no le gusta, cuando no importando a quien se declare vencedor, igual seguirá siendo despojado hasta el límite que le permita conservar ilusión y esperanza.

Conciliar podría darnos esperanza, cambiar puede darnos esperanza y confiar también. Las preguntas que surgen: ¿Alguien va a conciliar si sus demandas siguen insatisfechas? Independientemente de cuales sean. ¿Qué estamos dispuestos a cambiar? La línea divisoria entre los sueños que queremos alcanzar y la tentación de hacerlo a cualquier precio es muy borrosa, la única forma de definirla es una inquebrantable fuerza moral que no a todos asiste. En cuanto a la confianza, es más escasa que cualquier otro bien precioso, comenzando con la que deberíamos poner en nuestras propias capacidades, si la anterior no existe, mucho menos hay para depositarla en el prójimo. Es asombroso el número de grupos, sectas, iglesias y asociaciones que predican confianza en un poder superior, lástima que no salga de los recintos.

La esperanza no es poca, pero está dispersa, poco desarrollada, en muchos casos no se pierde en los individuos, estos consiguen unirse con otros afines, no muchos; todos desconfían de quienes no conciben las cosas con otra forma; así, la esperanza seguirá encerrada en cada ego.