Berlín conmemora 30 años de la caída de su muro; para muchos aún sigue ahí

«¡Y de repente abrieron la barrera! Todo el mundo empezó a correr. Y yo también». La noche del 9 de noviembre de 1989, Andreas Falge fue uno de los primeros berlineses del Este en cruzar al Oeste.

Testigo atónito, arrastrado por el torbellino de la Historia, Falge cuenta con una desfachatez muy berlinesa la apertura del primer puesto fronterizo por parte de soldados de Alemania Oriental desbordados por la multitud, que rugía: «¡Abran la puerta!».

«Había una marea humana» que avanzaba hacia el puesto fronterizo de Bornholmer Strasse y que gritaba: «¿Oíste la noticia?».

«La noticia» es un anuncio realizado al caer la noche por un miembro de la jerarquía del régimen comunista que agoniza. Los alemanes del Este están autorizados a partir de ahora a viajar a Alemania Occidental.

Falge, por entonces un técnico que trabajaba en un cine, mira como muchos de sus compatriotas del Este la televisión pública del Oeste, que difundía un partido de fútbol de la Copa de Alemania.

¿Cómo era el muro?

Un muro invisible pero aún firme: 

El muro cayó. Pero 30 años después, y pese a los grandes esfuerzos de cohesión, persisten las diferencias económicas, sociales, políticas y culturales entre el este y el oeste, algunas de las cuales alimentan en la antigua Alemania oriental el ascenso de la ultraderecha.

Las diferencias entre  ciudades como Kronach y Saalefeld-Rudolstadt trascienden lo socioeconómico e impregnan también lo político. Se evidencian nítidamente en las urnas, a pesar de que ambos distritos comparten ciertos problemas como regiones eminentemente rurales y despobladas, parte de lo que se ha dado en llamar la «Alemania descolgada».

El filósofo Michael Bittner, columnista de principal diario sajón, el «Sächsische Zeitung», asegura que muchos alemanes del este “se sienten aún ciudadanos de segunda clase» porque consideran que Berlín desatiende sus problemas. El informe sobre el Estado de la Unión Alemana pone cifras a ese sentimiento: el 57 % de los habitantes de los nuevos estados federados se considera «alemán de segunda» y sólo el 38 % cree que la reunificación fue exitosa.

Reiner Klingholz, director del Instituto de Berlín para la Población y el Desarrollo, matiza por su parte que la «frustración» que sienten muchos ciudadanos del este no proviene de compararse con cómo estaban hace tres décadas, porque objetivamente su situación ha mejorado de forma significativa, sino con cómo viven o creen que viven sus conciudadanos del oeste. Ése es el espejo en el que se miran. Y no les gusta lo que ven.

 

La frontera puede verse en otros indicadores socioeconómicos. La tasa de desempleo en Turingia el pasado agosto era del 5,3 % (y en los cinco «Länder» de la Alemania del este menos Berlín, del 6,4 %), cuando en Baviera era del 2,9 % (y la media del oeste estaba en el 4,8 %). También es evidente en la demografía. La edad media entre los bávaros es de 43,6 (con datos de Destatis de 2016), por ser uno de los estados más dinámicos y ricos; mientras que la de Turingia era 47,0 años, la segunda más elevada tras Sajonia-Anhalt, otra antigua región de la RDA.

Ésta es la regla, no la excepción. El último informe anual sobre el Estado de la Unión Alemana, presentado a finales de septiembre, reconoce que en la actualidad el poder adquisitivo del este supone un 75 % del de la Alemania occidental y que los salarios brutos y la renta disponible equivalen al 85 % del de la otra mitad del país. Pero el documento prefiere poner el acento en la significativa mejora que ha experimentado el cuadro macroeconómico de toda la región en las últimas tres décadas. En 1990 el poder adquisitivo en la RDA era un 43 % del de la RFA. (AFP y EFE)