Nuestros hijos llegarán a ser inevitablemente; lo que nosotros modelemos en ellos

Óscar Cárcamo Vindel
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Justifico el poder aventurarme, en aseverar con rigurosa certeza, que el viejo adagio que invoca; ¨que toda regla tiene su excepción¨; en esta singular materia de la crianza y formación de los hijos, no valora en lo absoluto aplicación. Por lo tanto, estimo poder elevar al estatus de proverbial axioma, el hecho que el resultado final de lo que llegarán a ser en la vida nuestros hijos, será la consecuencia y conclusión de lo que nosotros, los padres y madres, hallamos forjado con diligente abnegación a lo largo de su crianza, en su favor, o por el contrario lo que hallamos dejado de hacer en menoscabo de su bienestar.

A manera de instrucción, es imperativo señalar, que esas pequeñas y frágiles criaturas, que el señor Dios, delegó a nuestra fiel custodia, y qué, para nuestro conveniente auxilio, consignó en sus inocentes facultades mentales y emocionales, con el apasionado anhelo, de aspirar en ser nuestros más fervientes e incondicionales admiradores, procurando con obsesiva compulsión, imitar los pasos de nuestro comportamiento y costumbres, como queriendo emular a sus más admirables héroes de carne y hueso, sus progenitores; resultando este hecho, en una fantástica e indiscutible facultad, con la que nuestros hijos nos premian en sus primeros años de vida; en donde nos privilegian con la prerrogativa, de poder marcarlos significativamente en el ser interior de su intelecto y voluntad, con nuestros valores y principios de vida. En definitiva, esta singular facultad, es en conclusión el fabuloso secreto del éxito o del fracaso en su correcta formación.

Por tanto, una saludable y muy cercana relación en los primeros años de vida, entre padres e hijos, que pueda ser potenciada en el contexto de la aplicación de un genuino amor; que se exprese por medio de palabras significativas, delicado contacto físico y afectivo, tiempo de calidad, con la interacción de juegos y bromas con incasables risas; sazonadas con acciones que reflejen un meticuloso y abnegado compromiso de una sincera disposición de un cuidado y atención incondicional para con ellos; se complementarán, paradójicamente con el rigor de la disciplina, de la observancia de valores predeterminados no quebrantables, y enseñados por medio del ejemplo; originando, de esta manera, el ambiente propicio para llenar efectivamente el insaciable tanque de amor de nuestros hijos y al mismo tiempo, a que ellos, nos faciliten el autentico derecho y la capacidad de poder corregir con éxito su naturaleza pecaminosa tendiente a la desobediencia y rebeldía

Esta bendita fórmula; amor/rigor, nacida del corazón de Dios, llegará a ser una infalible herramienta en la formación de los hijos. Cundo logras alcanzar el valioso beneficio de la compleja habilidad de haber conquistado el corazón de tus hijos, obtienes que resueltamente no solamente te amen con honda emoción, sino que también, te admiren con profundo apego; y este es el punto de partida, para que permanezcan positivistamente inspirados por tus valores, y que seducidos por el vigoroso ejemplo que se exhibe en la cotidianidad de tu cercana relación con ellos: tus pequeños, tomarán la firme decisión de querer ser como tú y abrazan como norma de vida tus valores y creencias.

Pareciera contradictorio, promover la aplicación de la fórmula del amor/rigor, en una sociedad permeada por el relativismo contemporáneo o por la teoría del dejar hacer, dejar pasar, y que enseña, en permitirse la liberalidad, que nuestros niños aprendan de sus equivocaciones, en donde en ocasiones, esas prematuras equivocaciones pueden ser demoledoras, en vista que la vida es cruel y no perdona, si te concedes la ligereza de dejar que tus pequeños jueguen peligrosamente con fuego, porque finalmente se quemarán.

Sin embargo, al momento que tus hijos, estimulados por tu genuino ejemplo y tu sacrificado espíritu de servicio, arribarán en su subconsciente a la conclusión que tú les inspiras de suficiente manera, a través de un liderazgo eficaz y autentico; entonces y solo entonces; te consagran con el maravilloso privilegió de llegar a ser su estereotipo de vida, y te admitirán como su seguro consejero y mentor, blindando de esta manera, sus vidas a las influencias externas. Con este particular modelo, al momento que nuestros hijos arriben a la adolescencia, llegarán formados e influenciados con previa antelación a las aulas de clases y podrán filtrar o tamizar en su razonamiento, la influencia de amistades y de entes exógenos, a los valores inculcados en su originario núcleo familiar.

Admito, que puedo dilucidar con certidumbre acerca de esta temática, en vista que yo mimo, soy el producto eficaz de esta infalible fórmula de crianza familiar, que en la práctica representa una tercera generación, de cómo la positiva influencia y formación de mi madre, se ha transmitido eficientemente a mis hijos en la actualidad. Empero que no es fácil, dado que requiere de una importante cuota de renuncia a nuestra comodidad, y la plena disposición de anteponer nuestro individualismo y el preciado tiempo de descanso o esparcimiento, para atesorarlo como instrumento para la encomiable misión en la interacción y formación de nuestros hijos.

Sin embargo, los resultados son en suma prometedores, y te aseguran el poder gozar de relaciones familiares altamente fructíficas, estables y satisfactorias, que, a fin de cuentas, viene a ser la conclusión de lo que todos los seres humanos anhelamos en la vida: La felicidad, originada de un bienestar en paz, pleno y placentero.