LAS PROTESTAS Y LA VIOLENCIA

A medida que continúan los quejosos manifestándose en las calles de Chile, la narrativa cambia de estupor que fue en los primeros días a uno de fatalidad, que tarde o temprano, lo que ocurre, tenía que pasar. De sorpresa por algo inexplicable a encontrar razones para justificar la naturaleza de las protestas. Más reciente el enfoque se centra en el presidente. Es quien tiene toda la culpa de lo que pasa. “Las protestas continúan en Chile –lee el titular de una noticia– contra el billonario presidente Sebastián Piñera. Quien, dicho sea de paso, apenas cuenta con 12% de popularidad”. ¿Deduce el amable lector cómo ha evolucionado el asunto? De algo que ocurre porque la inconformidad se ha venido fraguando durante todo ese tiempo en la medida que se ha profundizado la “desigualdad social”, a lo que debe tener otra explicación. Enfilado, de repente, específicamente a la diferencia social entre el “billonario presidente” y la clase media cada vez más desprotegida. Desamparada, obviamente, a consecuencia del deslizamiento de sus ingresos, de sus pensiones, como de sus expectativas.

No hay que olvidar que el modelo económico chileno se ofrece a los demás países latinoamericanos como ejemplo a seguir. “Chile –apuntaba un acucioso analista– ha sido el único país de la región que ha reducido la pobreza del 40 por ciento de la población hace 30 años a menos del 10 por ciento en la actualidad. El salario mínimo de Chile es de 408 dólares mensuales, comparados con los 7 dólares mensuales de Venezuela”. “Es el país número uno en América Latina en crecimiento económico estable, y en estándares de educación e innovación”. Chile ha gozado de una prosperidad económica envidiable, contrastada con el entorno. Un crecimiento de 4.8%, el mejor de los alrededores. Se estima que para el 2022 será el primer país de la región en alcanzar un PIB per cápita de US$30,000, similar al de algunas naciones europeas como Hungría o Portugal. Solo el 8.6% de la población en situación de pobreza. Bajísima inflación de 3.1%, y una mínima tasa de desempleo del 7%. Es el lugar de preferencia de muchísimos extranjeros que en el cono sur huyen de las crisis económicas en sus países de origen. Lo otro inconcebible –para un país tan civilizado– es la violencia que se ha desatado. En solo unas horas, las multitudinarias manifestaciones pacíficas entran en fase de descomposición. “De las 136 estaciones del subterráneo, 118 fueron dañadas incluyendo los trenes y, de ellas, 25 incendiadas y 7 completamente quemadas”. El saqueo y el vandalismo a bienes privados como a las instalaciones públicas es alarmante. Más de 1,000 supermercados, inmuebles, locales, edificios, bodegas, oficinas, farmacias fueron saqueadas, quemadas y destruidas.

¿A qué atribuir esa piromanía, esa furia demoledora que a cualquiera eriza los pelos? ¿Al estado de sitio, los toques de queda o a la salida de los carabineros queriendo tomar control de las ciudades? ¿El efecto de esas prácticas, para muchos, sería como revivir la pesadilla de la era de Pinochet? ¿La respuesta del ejército a las provocaciones cuando unos 1,000 uniformados han sufrido lesiones, incluso varias de gravedad? Pero también las organizaciones de derechos humanos reportan “120 denuncias por torturas –incluidas dos violaciones– y más de 1,300 civiles heridos”. ¿O será lo que observan ciertos sociólogos?: “Jóvenes que no creen en la democracia ni en la convivencia pacífica, porque no ven en ellas nada de valor”. Hay quienes creen que la violencia “está naturalizada, en el país”. “Pasa en el estadio de fútbol, por ejemplo, incluso entre hinchas que no son violentos hay violencia. Pasa en las calles, en cómo se conduce. La violencia es parte de la vida diaria”.

Aunque también hay opiniones que la violencia en las revueltas no hubiese sido posible sin la amenaza del Foro de Sao Paulo: cuídense de “la brisa bolivariana que se convertirá en un huracán”. Una más –que nadie menciona en otro lado– para consideración del amable público. Las burbujas del Facebook, “las chatarras de los chats” de la sociedad líquida, y las redes sociales. Como la facilidad tecnológica para ágilmente convocar marchas de descontento. No se olviden cómo comenzó y en qué acabó la Primavera Árabe. Como bien dice la sabiduría popular: “Unos a la bulla y otros a la cabuya”.