De corrupción y corruptores

Por Denis Castro Bobadilla

Doctor y abogado
II Vicepresidente del Congreso Nacional

Quo, quo scelesti ruitis?, o, lo que es lo mismo: ¿A dónde, a dónde vais, desventurados? Un verso de Horacio Flaco, poeta romano del siglo I antes de Cristo, que no ha perdido su vigencia a través del tiempo.

Yo me pregunto, ¿hacia dónde vamos los hondureños, que cada cuatro años nos acercamos a las urnas con la speratum de que el nuevo gobierno nos dé realmente una vida mejor?

Y, la respuesta no es necesaria. Es más clara que el agua. Los males del país nos llevan a la desesperanza, nos quitan la fe en la democracia, y los liderazgos dejan de ser confiables. Entonces, cada vez menos hondureños participan en las elecciones, lo que hace que los gobiernos sean elegidos por minorías.

Ahora, ¿qué es lo que nos roba la fe?

Para empezar, los nuevos ricos. Familiares, amigos y funcionarios que aprovechan el gobierno para hacer millones, mientras los más necesitados viven de promesas. Una manifestación horrible de la Corrupción, así, con mayúscula, que es como una enfermedad terminal, y que les quita a las mayorías oportunidades de desarrollo que profundizan más la pobreza, y hasta la miseria extrema.

Los corruptores son muchos, y por eso es imposible olvidarlos. Además, son despiadados, y por eso es imposible perdonarlos. Sin embargo, algo hay que hacer para que la decencia y la honradez tomen el control de los gobiernos. Para que la administración del Estado sea transparente, y que los recursos del pueblo sean invertidos en el pueblo.

No basta con crear leyes. Hay que aplicarlas. No basta con señalar a los corruptos. Hay que llevarlos a la cárcel. No basta con encarcelarlos. Hay que quitarles todo lo mal habido, y que le pertenece al pueblo.

América Latina tiene un largo historial de corrupción. Desde el río Bravo hasta Tierra de Fuego, los corruptos y corruptores han hecho de las suyas sin que nadie haga nada por detenerlos y castigarlos. Y, algunos que saquearon sus países y son derrocados por otros igual a ellos, mueren en un exilio dorado, disfrutando del dinero que le quitaron a los más pobres de su patria.

Por supuesto, la honestidad es una virtud que se aprende en casa. Los padres que saben educar a sus hijos, jamás se avergonzarán de ellos. Contrario a muchos que, hoy por hoy, si no están muriendo de vergüenza en algún sitio, están revolcándose en sus tumbas gracias a las gracias delictivas de sus retoños. Otros, por desgracia, aplauden las mañas de sus hijos, y los defienden con uñas y dientes, sabiendo lo que son.

Pero, ¿a dónde, a dónde van desventurados, cada vez que se acercan a una urna en las elecciones? Yo me atrevo a decir que a ninguna parte. Elegimos a los mismos, que van a lo mismo, y que hacen lo mismo. Las promesas se quedan en las campañas, y el pueblo padece cada vez más. Entonces, ¿qué hacer?

Tal vez, votar por el que sepamos que no va a robar, o que va a robar menos. Por el que creamos que no va a enraizar a sus familiares y amigos en el gobierno, o por el que se vea más decente, y digo esto, porque caras vemos, corazones no sabemos, y los liderazgos de los últimos tiempos son tan falsos como un billete de a tres.

Por eso, me pregunto: Cada cuatro años, ¿a dónde, a dónde vais, desventurados?