HA dejado al mundo de boca abiertas desconcertados. ¿Por qué Chile? Estremecida por la marejada de 1.2 millones de almas. La protesta más grande que ha registrado el país en los últimos 30 años, desde la restauración democrática. ¿Cómo desmontar eso y por dónde empezar a lidiar siquiera con lo más sensitivo del descontento? Si el modelo chileno se ofrecía como referencia de ruta a los latinoamericanos para romper con el círculo vicioso del atraso. El detonante fue un alza del pasaje del metro. De 800 a 830 pesos (1.13 a 1.17 dólares). Ni por cerca parecido al impacto, digamos, de las medidas de ajuste tomadas por el gobierno ecuatoriano eliminando el subsidio a los combustibles que duplicaron el precio del galón de las gasolinas en las bombas. Lenín reversó las medidas y los grupos indígenas promotores del sitio a la capital, celebraron en las calles y regresaron a sus casas. En Chile, en cambio, Piñera suspendió el aumento de la tarifa en el metro, pidió perdón y anunció medidas de compensación social, sin que ello consiguiera complacer al mar de gente que, solo en Santiago, congregó más del millón de personas. ¿Culpa de qué? ¿De la amenaza lanzada en el foro de Sao Paulo que se cuiden de “la brisa bolivariana que se convertirá en huracán”?
Pues bien, el Secretario General de la OEA –en un comunicado oficial– acusa que “las actuales corrientes de desestabilización de los sistemas políticos del continente tienen su origen en la estrategia de las dictaduras bolivariana y cubana, que buscan nuevamente reposicionarse, no a través de un proceso de reinstitucionalización y redemocratización, sino a través de su vieja metodología de exportar polarización y malas prácticas, pero esencialmente financiar, apoyar y promover conflicto político y social”. “Las “brisas bolivarianas”, han traído desestabilización, violencia, narcotráfico, muerte y corrupción. El costo mayor lo ha pagado el propio pueblo venezolano, pero los países del continente hoy también están pagando un alto precio por la crisis provocada por la dictadura venezolana”. Lo anterior podría ser un ingrediente, pero no es toda la ensalada. La “desigualdad” que se traduce en descontento social, es la razón que ofrecen los expertos. Hay algo de eso. Pero luce como una explicación simplista. Si los niveles de inequidad no son, pese a cualquier tropiezo que haya tenido el sistema, mayores que Brasil, Colombia y mucho menos Paraguay. El per cápita chileno es mayor que el argentino o el uruguayo. Su economía crece moderadamente contrastada con las tendencias recesivas y el letargo en la vecindad. Aunque sigue siendo el país más competitivo de América Latina, por primera vez Chile tuvo una caída estrepitosa en el ranking. “Un descenso en el desempeño económico, en la eficiencia gubernamental y en la infraestructura del país, en la eficiencia de los negocios y la falta de más herramientas tecnológicas en todos los niveles”.
(Ni lo quiera la virgen lo que podría ocurrir aquí cuando Honduras cayó 12 escalas en la edición 2020 de la Revista Doing Business del Banco Mundial (BM), al pasar de 121 a la posición 133. Mientras en el Reporte Global de Competitividad 2019 del Foro Económico Mundial (WEF) Honduras aparece abajo, en la posición 101). Andrés Oppenheimer sugiere que se trata de una “revuelta del Primer Mundo”, producto de una creciente clase media que exige beneficiarse más del éxito económico de su país”. “Chile ha sido el único país de la región que ha reducido la pobreza del 40 por ciento de la población hace 30 años a menos del 10 por ciento en la actualidad. El salario mínimo de Chile es de 408 dólares mensuales, comparados con los 7 dólares mensuales de Venezuela”. “Es el país número 1 en América Latina en crecimiento económico estable, y en estándares de educación e innovación”. Concluye que “las protestas de Chile son más parecidas a las de los “indignados” en España o las de los “chalecos amarillos” en Francia. Reflejan una crisis de expectativas incumplidas en países desarrollados”. Porque no ha de ser tampoco como diría Calderón de la Barca: “Que tanto gusto había en quejarse, un filósofo decía, que, a trueco de quejarse, habían las desdichas de buscarse”. Solo queda agregar una cosa adicional a la lista de culpables. Las burbujas del Facebook, “las chatarras de los chats” de la sociedad líquida, y las redes sociales. Como la facilidad tecnológica para ágilmente convocar marchas de descontento. ¿Ya se olvidaron cómo comenzó y en qué acabó la Primavera Árabe?