Por: Dagoberto Espinoza Murra
Nunca nuestro país había pasado por momentos tan difíciles. Una obra concebida por el doctor Ramón Villeda Morales y sus cercanos colaboradores, en el gobierno liberal de la Segunda República para bien de la clase trabajadora y sus dependientes –nos referimos al Instituto Hondureño de Seguridad Social– fue saqueada, dejándola incapacitada, como institución, para el pago de personal médico altamente especializado y la compra de equipo necesario para el desempeño de sus funciones. La corrupción ha alcanzado niveles desesperantes y, como si esto fuera poco, altos funcionarios del gobierno o sus familiares, han sido señalados como partícipes en actos que tienen que ver con el crimen organizado. La represión a la justa protesta pública nos hace recordar la breve, pero despótica dictadura de don Julio Lozano Díaz. Sin embargo, el asalto al Cuartel San Francisco (1 de agosto de 1956) evidenció la vulnerabilidad de la dictadura.
En la casa, mi madre, muy católica, le encendía velas la los santos de su devoción y les pedía operaran un milagroso final de la dictadura. Mi padre, que sea autodefinía como libre pensador, sostenía que la historia está sujeta a leyes del desarrollo social y no a la mirada benévola de imágenes. Ese mismo año, meses después, (21 de octubre de 1856), las Fuerzas Armadas deponían al dictador, (milagro o temor a un proceso revolucionario?). Mi madre, alborozada, apagó las velas y guardó los santos en los depósitos que tenía para ellos. En mi mente quedó vivo ese recuerdo y lo reviví hace unas semanas cuando, en compañía de dos nietecitos, asistí a misa al templo Don Bosco del Colegio San Miguel. Un joven sacerdote en la homilía se refirió a la FE como un don que hay que cultivar y fortalecer todos los días. Puso un ejemplo que los nietos se lo aprendieron de memoria y lo repiten con sus propias palabras, causándome gran deleite. El sacerdote relató: “Cierto día caminaban por el bosque un anciano en compañía de uno de sus nietos. Observaban los milagros de la naturaleza. A pocos pasos, en un descampado, una liebre saltaba velozmente al escuchar la voz de los caminantes; una fuente de aguas cristalinas serpenteaba por la verde grama. En otro descampado más amplio vieron que en la rama seca de un árbol muy alto posaba una hermosa ave. El niño, que cursa el cuarto grado de primaria, tomando de la mano al abuelo, le comentó “que no le parecía inteligente esa ave, pues si la rama se quebraba ella se vendría al suelo”. “No hagas juicios tan a la carrera”, le dijo el abuelo, pasando suavemente una de sus manos por la cabeza del niño. “Lo que sucede, continuó el anciano, es que esa ave tiene fe en sus alas, así como tú y tu hermana tienen fe en el trabajo que hacen en la escuela”, continuó el abuelo, “como yo –prosiguió– tengo fe en la inteligencia de ustedes para mantener el buen comportamiento que hasta ahora han demostrado,” –y a solas–, recordando a mi madre y a mi nieto, pienso y deseo, con absoluta fe, que volveremos a la institucionalidad del país, con auténtica independencia de los poderes del Estado. Para ello tengo fe en las alas del pensamiento y del sano juicio de los buenos hondureños, sin distingos de ninguna naturaleza.