A lo largo de la entrevista, llora varias veces y se seca las lágrimas con unas servilletas que le tienden Ana y Deylin, compañeras de trabajo. Luego, se repone y con asombrosa valentía relata los momentos de la mala noticia, el doloroso tratamiento y el feliz desenlace de sobrevivencia. “A veces pensaba que perdería la batalla. Llegué a decirle a mi esposo que se marchara, que no estaba obligado a enfrentar esta situación difícil”, dice esta joven mujer de fácil sonrisa y madre de dos hijos. Con motivo del Día Mundial contra el Cáncer de Mama, Ermila Baca comparte su testimonio de fe, coraje y solidaridad, pero aclara que sólo Dios tiene la última palabra porque existe un 50 por ciento de probabilidades que el agresivo tumor regrese.
–¿Cuál fue su reacción cuando recibió la mala noticia?
Sentí que moría, mi mundo se paralizó. Nadie está preparado para recibir una noticia como esta. Yo siempre cuidé mi salud y por eso fue más impactante el diagnóstico.
–¿Qué la hizo ir al médico?
De repente encontré una bolita en mi mama, no me preocupé, pero cuando fui al médico me dijo que miraba algo raro y me sugirió que lo revisara mejor con un mastólogo, quien recomendó una biopsia y ahí recibimos el resultado.
–¿Cuándo ocurrió?
El 7 de abril del 2017 (tenía 30 años) Jamás voy olvidar esa fecha porque mi vida y la de mi familia cambió; esta es una enfermedad que la padece una persona, pero la sufre toda la familia.
–¿En qué pensó?
Pensé mil cosas, vi el rostro de mis hijas, creciendo, graduándose, casándose, pero al mismo tiempo reaccioné y me dije: ¿por qué el cáncer debe ser sinónimo de muerte?, yo voy a luchar y voy a salir delante, de la mano de Dios, y le dije a Dios, si permitiste que esta enfermedad llegara a mi vida, es porque me vas a dar las armas para luchar y vencerla”.
–¿Fue normal su niñez y adolescencia?
Muy normal, en mi familia no hay antecedentes y por eso creía que era inmune al cáncer.
–¿Cómo fue el tratamiento?
Después de la noticia comencé a llorar con mi esposo y mi mamá, luego, el médico me dio la segunda mala noticia: su cáncer –me dijo- es agresivo porque es más joven, es triplemente negativo, así que debemos darle un tratamiento agresivo, vamos hacerle una mastectomía, el corte de las mamas ¡ya!
–¿Decidió en el acto?
Que te digan que debes cortarte las dos mamas es impactante, porque para nosotras las mujeres es parte de la vanidad. En ese momento quedé viendo a mi esposo, me puso la mano en el hombro y me dijo, hazlo, si eso va a salvar tu vida.
–¿Estaba en períodolactante?
No, para ese entonces mi hija tenía tres años y la mayor seis.
—¿Tuvo períodos lactantes normales?
Sí, a mi primera hija le di leche materna seis meses y a la segunda tres.
–¿Cómo les contó a sus niñas?
Fue complicado porque no sabía cómo contárselo a mi hija de seis años, porque si le decía que tenía cáncer, ella lo contaría en la escuela y los niños le dirían que yo moriría y eso era lo que quería evitar.
—¿Les mintió?
No diría que mentí. Fue una forma diferente de contarle la historia para que no sufriera: le dije que mamá necesitaba limpiar sus mamas, porque luego de amamantarla, la leche pasa por unos conductos que parecen pajillas y ahora están sucios y hay que limpiarlos.
–¿Lo descubrieron o les contó la verdad finalmente?
Se fueron acostumbrando, cuando vino la caída del pelo, les dije que el tratamiento implicaba eso, que tenían acostumbrarse a una mamá sin pelo, sin pechos, acostada mucho tiempo en la cama; así que mi hija mayor fue descubriendo y escuchando de los adultos que yo tenía cáncer.
–¿Y lo contó en la escuela?
Bueno, vino lo que tanto temía: le contó a sus compañeros de escuela y le dijeron que yo moría. Regresó a la casa llorando (hace una pausa para secarse las lágrimas), pero la tranquilicé diciéndole que ya estaba en tratamiento adecuado, en el lugar adecuado. El niño no tuvo culpa, ni la escuela, tenía que pasar.
–¿En algún momento, pensó perder la batalla?
En un principio, sí… pensé que el cáncer me iba a matar, que no habían esperanzas y por eso decidí vivir cada día como el último, porque no sabía en qué momento perdería la batalla, pero, luego, comprendí que no estaba en mis manos, ni en las de los médicos, sino que en las manos de Dios y eso es lo lindo de la historia: La fe que tuve para enfrentar la enfermedad, en vez de ponerme triste y con pensamientos negativos.
–¿Cómo fue el tratamiento quirúrgico en sí?
Muy difícil, doloroso, seis horas, cuando reaccioné, obviamente, lloré, porque como mujer me había transformado, además, la incertidumbre de sobrevivir (vuelve a tomar unas servilletas para limpiarse las lágrimas) si todo lo que estaba haciendo valía las pena.
–¿Cómo eran las mañanas que se levantaba?
La verdad que no me levantaba porque después de las quimioterapias pasaba acostada todo el tiempo. Me daba el miedo natural de perder la batalla y decía “hoy puede ser el último día”, pero nunca me sentí deprimida, siempre confié en Dios, mi mayor fortaleza.
–¿Qué sintió al verse en el espejo sin mamas?
Fue impactante. Estaba acostumbrada a mi cuerpo, siempre admiraba mis pechos, pero cuando me miré al espejo vi dos cicatrices. A medida que pasó al tiempo, me fui acostumbrando y poco a poco, en la medida que me miraba en el espejo fui amando esas cicatrices.
–¿Alguna vez se preguntó: por qué yo?
No, jamás me hice esa pregunta. Quien lo hizo fue mi esposo, me preguntaba por qué a ti, si vas a la iglesia, servis en la iglesia, eres buena hija, madre, esposa. Yo siempre le decía que no le preguntara a Dios el porqué, sino para qué y esa era mi pregunta y con el tiempo fui descubriendo para qué.
–¿Para qué?
Primero, enseñarle a la gente que el cáncer no mata, si se trata a tiempo y, segundo, que la gente debe aprender y comprender a las personas con cáncer, que una mujer sin mamas o pelo, no deja de ser mujer.
–¿Está a salvo?
Después de cirugía, nueve meses de quimioterapias y 30 radiaciones, todo un año, puedo decir: “soy una mujer libre de cáncer”. Estoy todavía en observación y así estaré por cinco años, porque las probabilidades que regrese es de un 50 por ciento, lo que me pone en riesgo.
–Socialmente, ¿cómo ha vivido la enfermedad?
Socialmente, impacta, porque, a pesar que hay muchos casos, la gente nos queda viendo, como bichos raros; no estamos acostumbrados a ver personas con cáncer, sin cabello.
–¿Ese es su cabello?
Sí. Se me cayó todo, la quimio bota todo los pelos del cuerpo.
–¿Cuánto anduvo sin cabello?
Entre 10 y 11 meses.
–¿Usó algo para que le creciera?
No, todo fue perfecto, gracias a Dios.
–¿Usa prótesis como mamas?
No, pero lo puedo usar, incluso, me puedo hacer una reconstrucción, la ciencia ha avanzado en este campo.
–¿Lo ha pensado?
Sí, pero de momento, me siento feliz como estoy. Me amo como soy.
–¿Tiene síntomas el cáncer?
Nunca sentí síntomas, el cáncer es una enfermedad silenciosa, en la mayoría de los casos; el paciente muere porque se descubre demasiado tarde. Por eso es importante hacerse el autoexamen una vez al mes, una semana después de la menstruación.
–¿En qué etapa se lo descubrió?
Son cuatro etapas. Yo estaba en etapa dos y no tenía ningún síntoma más que esa bolita. Después, al sacar la bolita, el médico me dijo que tenía cinco años de estar en mi cuerpo y yo no sentía nada.Tenía 24 años.
–¿Hay muchos casos a esa edad?
Lo normal es a los 40 años en los Estados Unidos. Sin embargo, un estudio de la doctora Flora Duarte (directora del Centro Romero “Enma Romero de Callejas”, de Tegucigalpa) descubrió que es mejor hacerla a los 35 años porque en América Latina el cáncer aparece en mujeres jóvenes. Incluso, hay casos en jovencitas de 15 años.
–¿Ha pensado en rebrote del tumor?
Trato de no hacerlo, pero la probabilidad está, cada vez que hago mis controles, vuelve ese miedo, pero sigo con fe en Dios.
–¿Qué le recomienda a quien le acaban de detectar cáncer?
En primer lugar, a todas las mujeres les aconsejo prevenir para poder vivir, pero que si ya fueron diagnosticadas, les digo que el cáncer no es una sentencia de muerte, es una oportunidad para que nos tomemos de la mano de Dios para que miremos cosas, que estando sano no la miramos y es una oportunidad para unir a la familia. Esta es una enfermedad que no se les da a los soldados más débiles, pienso, que se les da a los soldados fuertes y hay que darle batalla, hasta el final. No hay que rendirse.
–¿Usted volvió a su rutina normal?
Fíjese que sí cambia un poco, porque las quimioterapias bajan las defensas, matan todas las células malas, pero también las buenas y por eso uno queda más vulnerable a los virus. Es comenzar la vida, como un bebé. Yo me enfermaba al primer contacto con el ambiente y la gente.
–¿Afectó su vida marital?
Normalmente, los esposos se van en estos casos. Él me dijo que se quedaba, a pesar que yo le dije que se podía marchar, que no estaba obligado a quedarse.
–¿Tanto así?
Sí, le dije que no se sintiera obligado a pasar todo esto, que se podía ir y no me iba a enojar, ni lo iba a publicar en las redes sociales.
–¿Afecta la vida sexual?
Afecta, porque nadie está pensando en sexo cuando está en juego su vida. Le agradezco a mi esposo por la comprensión.
–¿Es caro el tratamiento de cáncer?
Muy caro. Y lo peor es que, después, nadie quiere contratar a un sobreviviente con cáncer. Afortunadamente, en el trabajo me dieron toda la comprensión.
–¿Cuánto cuesta un tratamiento?
Es sumamente caro, más de un millón de lempiras en mi caso.
–¿Cómo lo pagó?
Bueno, fui a los hospitales públicos y me dijeron que esperara, pero el cáncer no espera y los privados, son sumamente caros. Al final, apliqué en el Centro de Cáncer “Enma Romero Callejas” y después de un estudio socioeconómico, pagué una cantidad conforme a mi capacidad. La verdad, es una bendición tener el Centro de Cáncer “Enma Romero de Callejas” y para el cual pido todo el apoyo.
