Murallas, muros y países retenes

Por Óscar Armando Valladares

¿Cuántos factores y propósitos se han ensamblado en el correr de los tiempos, para el surgimiento de espacios de humana creación: unos de universal prevalencia, ¿otros de abreviada esfera y algunos de dimensiones colosales? En este saco se incluyen fronteras, muros, murallas, fortalezas y, de invención recentísima, “países retenes”.

Viene a cuenta cronológica la construcción -en la China Imperial- de la remota muralla, iniciada discontinuamente en el siglo IV anterior a Jesucristo y concluida en 214 por el emperador Shi Huangdi, al conectar los tramos y completar la obra de 6,400 kilómetros longitudinales, en cálculo aproximado.

En uno de sus relatos, Franz Kafka confiere protagonismo a la pétrea maravilla. La anónima voz narrativa expone: “Tuve la suerte de que a los 20 años, justamente al aprobar el examen final de la escuela primaria, comenzara la construcción de la muralla… ¿De quiénes debía protegernos? De los pueblos del norte. Soy de China sudoriental.

Ningún pueblo del norte puede amenazarnos aquí. Leemos acerca de ellos en los libros antiguos; y bajo nuestras plácidas glorietas los horrores que cometían nos hacen gemir. En los cuadros de los artistas, fieles a la realidad, vemos esos rostros de maldición, desmesuradamente abiertos a las fauces, los dientes prontos a desgarrar y triturar; los ojos ya bizqueando hacia el botín. Si los niños se portan mal, les mostramos estas figuras; llorosos se nos arrojan al cuello. Pero eso es todo cuanto sabemos de los nórdicos”.

El texto bíblico, por su lado, abona en sus registros que los “cananeos poseían ciudades amuralladas hasta el cielo” (Dt. 1:28); que la muralla de Jericó cayó a expensas de Josué (Jos. 6:20; que Salomón terminó la primera muralla de Jerusalén (I.R. 3:1); que el ejército caldeo “destruyó todos los muros en derredor de Jerusalén” (Jer.52:14); que “Jehová determinó destruir el muro de la hija de Sión” (L.M. 2:25); que “el muro de Jerusalén derribado” era parte de las malas nuevas que conmovieron a Nehemías (Neh. 1:13), aunque él haría la obra de reconstrucción; en fin, que la nueva Jerusalén es presentada “con un muro grande y alto con doce puertas” (Ap.
21:12). Lo cierto es que dos construcciones judías trasudan notoriedad: el Muro de los Lamentos, en el que se vio orando hace poco a Juan Orlando, y el que desde 2005 se ha ido erigiendo frente a los territorios palestinos.
El descalabro de Hitler y el creciente antagonismo derivado del conflicto ideológico de Estados Unidos y la Unión Soviética, produjeron en 1949 la división del territorio alemán en dos repúblicas cerradas: la Federal y la Democrática. Un muro levantado en Berlín, materializó dramáticamente la acción separativa. El muro -que tanto se propagó como ominoso y cruel- fue destruido y, el 3 de octubre de 1990, se tomó como la fecha tanto de la reunificación berlinesa cuanto del Estado alemán en conjunto.

Treinta años después, el mundo contempla la erección de otro muro -más bien muralla- cuya dimensión entrevista solo la aventaja el portento chino, devenido ahora corredor turístico. Donald Trump, su impulsor visible, aduce que el paredón limítrofe busca refrenar las oleadas de personas ilegales que procuran a diario echar siquiera un “pestañazo” en el seno del sueño americano, que la fama acumulada acredita encontrarse en la meca del dólar. Cabe reparar que la cortina de hierro y hormigón, que se edifica a partes, cruzará o cruza puntos históricamente conflictivos, como Texas, California y Utha -pertenecientes a México-, apropiados por EE UU en 1948, luego de imponer el tratado Guadalupe Hidalgo.

Como si no bastara el polémico gran baluarte y aún así se creyere expugnable su altura por el arrojo humano, a tenor de presiones y expresiones tajantes los gobiernos de México, Guatemala, El Salvador y Honduras han corrido a suscribir sendos convenios con el del señor Trump para acantonar los flujos migratorios, en tanto la administración allende el río Bravo autoriza o no -tras rígido papeleo- el ingreso al país que, diferentemente, recibió de ultramar -en 1886- la madona estatuaria de La Libertad.

De acuerdo con el convenio (provisto de apartados sinuosos) que nos asigna la plaza de país retén, los gastos y necesidades, por ejemplo de trabajo, salud, manutención, que se irroguen serán de incumbencia nacional, con lo que el estado de pobreza, violencia e inseguridad no tiene otro augurio que el desespero radical de la gente y de sus problematizadas comunidades en las cuales, en diez años de sufrir el embate de aguas negras, colapsó el frágil puente de la armonía.