Qué quiero para Honduras

Por Juan Ramón Martínez

Como todos, tengo objetivos, planes y afanes. Además, defectos que van desde la altura, el color de la piel, la forma de hablar, el talante y, la actitud crítica y provocadora. Estoy convencido que a muchos no les gusto. Cosa que no me importa porque no busco popularidad, no quiero ser elegido el mejor pensador e intelectual del país. Apenas, quiero mantenerme dentro del desfile, preservar la unidad de Honduras, mantener el respeto por la ley y la institucionalidad. Y por estos factores, lograr la paz interna, el diálogo edificante y el desarrollo, con justicia y libertad. Nunca he pensado que soy el único que quiero esas cosas. No sufro mucho porque no me quieran; o no me hagan caso a lo que digo. Tengo muchos defectos. El primero de ellos es que me incomodan los falsos humildes, los patriotas mentirosos, los sacrificados de mentiras y los honrados engaña bobos. Y, lo peor, los neutrales, que no se inclinan en una dirección determinada, para quedar bien con todos. Desde mi vida en Olanchito, hice de Honduras mi única nación; de Morazán el más grande del continente –más valiente que Bolívar que murió de calenturas, delirando– y que los hondureños merecemos lo mejor, aunque no siempre, hacemos lo que corresponde. En momentos, me parece que somos en conjunto, una manada desbocada que, pone en peligro la existencia del país; grupos malvados que solo piensan en lo suyo, porque carecen de una visión común, en que el bienestar de todos, es un beneficio para todos.

Quiero desahogarme. Estoy al final de mi vida útil; consciente de mi caducidad. Soy un simple mortal que, no quiere terminar su existencia con deudas morales y nacionales que avergüencen a mis sucesores, a mis amigos de verdad –que nunca me envidiaron y que jamás se aprovecharon de mí, para lograr ocupaciones inmerecidas– a los pocos coterráneos que me quedan vivos en Olanchito y por supuesto al resto de los hondureños. Consecuente con ello, estoy convencido que Honduras me ha dado todo y que en consecuencia, nadie me debe nada. Los amigos que generosamente han estado a mi lado, en los buenos y en los malos tiempos –que celebran mis errores, se burlan de mis debilidades y hacen mofa de las virtudes que algunos momentos les hago creer que tengo– es lo mejor que me ha dado la vida. Dios, decimos los católicos. Una familia que me honra, incluso con defectos humanos, como es natural. Y un país que aun con sus debilidades, es el único que tengo y que aunque otros lo quieren disminuir, exhibiendo sus vergüenzas, tengo siempre la esperanza que un día saldremos de la locura en la que nos movemos, como ratas asustadas, mordiéndonos los unos a los otros.

Y quiero cosas puntuales que quiero compartir. El primer deseo es salir de la crisis actual, preservando en forma sacrificada –si ello fuese necesario–, el período presidencial que estableciera el Tribunal Supremo Electoral. Si hay que seguir un juicio político a alguien, hay que hacerlo responsablemente, juzgándolo por lo que ha hecho y dentro de la ley. Evitando que lo que ocurre en otros países, se imponga como la regla soberana de conducirnos. Porque el día que perdamos la soberanía, no nos quedará patria que llevarnos a la boca.

Quiero partidos políticos ordenados, en vez de pandillas, asaltantes del presupuesto. Líderes inteligentes con propuestas concretas que defiendan el honor nacional, permitiendo el desarrollo de las fuerzas económicas y colocando al gobierno como gerente del bien común. Deseo que nos respeten en el exterior; que no se burlen de nosotros y que no vengan los extranjeros a decirnos qué tenemos que hacer, sin que les hayamos indicado lo que necesitamos. En fin, quiero una sociedad igualitaria, en donde la distancia entre los pobres no escandalice a nadie. Ni avergüence a Dios. En la que el hondureño, levante la cabeza, le dé la mano a todo el mundo y no tema que lo rechacen y que además, sea inmune a la amargura que ahora, se condensa en el corazón de la mayoría. Para así, si no nos queremos, por lo menos nos respetemos mutuamente, diciéndonos las verdades a la cara, sin alterarnos, en un clima de tolerancia mutua. Sabiendo que siendo diferentes, somos mejores, más fuertes.