BIOGRAFÍAS DE LAS NORMALISTAS FALLECIDAS EL 14 DE JULIO DE 1929, EN ACCIDENTE OCURRIDO EN LA CARRETERA DEL SUR, CERCA DE LA ALDEA EL SAUCE

Ceferina Artica

Nació en la laboriosa y pacífica aldea de San Juan del Rancho, departamento de Tegucigalpa, el 10 de febrero de 1910. Sus padres, Ramón Artica y Julia Fiallos de Artica, pobres y humildes, no pudieron proporcionarle educación desde sus primeros años; permaneciendo, de tal suerte, absorbida en pequeños quehaceres domésticos hasta la edad de ocho años, tiempo en que doña Isabel de Mendoza, apreciable dama de esta capital y tía de la niña, reconociendo su modestia y comedimiento y, adivinando su privilegiada inteligencia, pidió que se la trajeran para proporcionarle educación.

Aprendió las primeras letras en casa de su tía; pasó en seguida a la Escuela <<José Trinidad Reyes>> dirigida entonces por la distinguida Maestra Señorita Victoria Zúniga L., y allí con la instrucción que recibió de la competente Profesora Zoila Hidalgo, ganó sin pérdida de tiempo los cinco grados de la Enseñanza Primaria, obteniendo durante el desarrollo de cada uno, y al final de los años, excelentes notas en todas las asignaturas y con especialidad en gran en Gramática Castellana, materia a que tenía particular afinación.

Durante sus estudios primarios, jamás se le vió emplear el tiempo en entretenimientos o juegos que, según su propio decir y por su apego al estudio, consideraba inútiles.

Ganando sus estudios elementales, complaciendo sus deseos y favoreciendo su vocación, su madre adoptiva, en el año de 1927, la matriculó en la Escuela Victoria Zúniga L., en donde desde los primeros meses se captó el aprecio y la simpatía de maestros y compañeras, por su clara inteligencia, envidiable dedicación al estudio y modales ingénitos excelentes.

Termino el año; y la práctica de los exámenes marcó en sus estudios segundarios su primera victoria.

Su segundo año de asistencia al mismo plantel, ya interna, fue un segundo y merecido triunfo.

En el año corriente, año que debía ser fatal para su vida, ingresó al tercer curso y, con el estímulo de sus dos anteriores triunfos, con la mayor facilidad que le proporcionaba su creciente adquisición de conocimientos científicos, y con el entusiasmo con que lucha el que ve a un paso la victoria final, ganaba el penúltimo año de su carrera.

Siempre se le vió en clase concentrado por entero su atención a la palabra del profesor y asimilando vertiginosamente las ideas de éste, y así era, la primera en comprender, la primera en contestar.

Así luchaba, en tales circunstancias y con su natural avidez de ciencia, a un paso de la meta, y siendo ya una verdadera promesa para su patria, familia y protectores, quienes entreveían la cristalización de sus fervientes y legítimos anhelos, cuando la eterna sagrada de vidas, en accidente automovilístico acontecido en carretera del Sur, en las proximidades de la aldea del Sauce y en el trágico y dolorosamente recordado 14 de julio, cortó, a la par que a seis de nuestras compañeras de escuela, su existencia prometedora y floreciente.

La República entera se conmovió ante las dimensiones del suceso; se ha mandado a colocar una conmemorativa cruz de hierro de 10 metros de altura, en el lugar de la catástrofe y actualmente se trata de erigir un monumento en la tumba en donde duermen tranquilas el sueño eterno, la biografiada y 5 más de sus compañeras; sus maestros y condiscípulas guardaremos perpetuamente el recuerdo de su dolorosa partida; y su madres, familiares y protectores lloran inconsolables el eterno desaparecimiento de su hija modelo.

A los 19 años de edad, y de tal manera, bajo el peso de lo ineludible, se perdió aquella vida, y con ella, sin ser aventurado decirlo, una competentísima maestra cuyo nombre hubiera figurado, dignamente, en las páginas rutilantes de la Historia del Magisterio Hondureño.

Septiembre 2 de 1929.

Altagracia Tercero Palma, Alumna del curso Normal.

Felicitas Pastrana

Cabe al municipio de Morolica (Choluteca), la honra de ser la cuna de esta virtuosa señorita.

Nació el 18 de mayo de 1905, fueron sus padres don Leoncio Pastrana y doña Rosa Luisa Sánchez de Pastrana, quienes lucharon tenazmente por darle una educación esmerada.

A la edad de 8 años entró a la Escuela Primaria de Morolica, donde estudió hasta el 3er. Grado y después fué a la ciudad de Choluteca, donde logró pasar el 4° y 5° grados, con calificaciones muy lucidas, principalmente por su conducta.

En 1923, después de vencer varios obstáculos, vino a esta ciudad y, siempre con el gran ideal de aprender, entró al primer curso de la Escuela Normal, siendo directora en este tiempo la señorita María Orfilia Lagunas Vargas; pasó este curso con muy buenas calificaciones y no continuó al año siguiente porque desgraciadamente la paz se alteró en nuestra querida República. Hasta en 1927 que se reanudaron las clases, entró a segundo curso y pasó hasta tercero, estando dicho establecimiento bajo la Dirección de la señorita Victoria Zúniga L., y en 1929, satisfecha y llena de aspiraciones, por obtener el título de Maestra de Instrucción Primaria, entró al Cuarto Curso, estando la Dirección a cargo de la señorita Antonia Jerez D. debido a su conducta intachable y a su carácter apacible, se captó las simpatías de todas sus profesoras.

Era de altura regular, cuerpo delgado, cara redonda, trigueña, nariz pequeña, ojos grandes, cabello liso y largo.
Sus compañeras vivían felices al lado de ella por ingeniosa y buena, pero llegó un día fatal; el 14 de julio de 1929, al regresar de una excursión escolar a. El Sauce, cuando más feliz se encontraba, el destino inclemente le arrebató la vida, dejando en el corazón de sus compañeras un hondo vacío…………………

Tal fué la vida de esta perfumada rosa, de esta alma pura, corazón noble, modesta, benevolente, un modelo de hija, hermana, alumna y compañera, que supo ganarse el cariño de cuantos la conocimos.

Ángela Valle Z., Alumna del 4° curso Normal.

Clementina Cardona

Su cuna se meció en la hidalga ciudad de Comayagua, el 10 de agosto de 1911, siendo hija de padres laboriosos y honrados llamados Enrique Cardona y María G. de Cardona. Desde niña concurrió a la escuela <<Rosa Valenzuela>>, obteniendo en todos los años muy buenas calificaciones, tanto en conducta y aplicación como en aprovechamiento. Una vez libre de los estudios primarios ingresó a la Sección Normal anexa al Colegio <<León Alvarado>> en donde ganó con excelentes notas el primer y segundo curso de magisterio.

En febrero del presente año, vino a continuar sus estudios en esta Escuela Normal de Señoritas, en donde observó una conducta magnífica y se conquistó muy buenas amistades por su bondad de corazón.

En el mes de junio, y por motivos de enfermedad, tuvo que regresar a su ciudad natal. Allí estaba cuando recibió un mensaje del señor Ministro de I.P. en donde la llamaba, ya que ese mismo día se le otorgaba una beca para estudios de Magisterio.

Ella, como presintiendo en su alma el horroroso porvenir que le aguardaba, vaciló mucho en regresar y, según una carta que, recibido de una amiga, su despedida fue triste, lacrimosa, y aquellas lágrimas con que dijo adiós a sus padres y amigos fueron precursoras de un adiós para siempre………………………………………………….

En la segunda quincena del mismo mes de junio, volvió a seguir sus tareas empezadas en la normal, en donde, privándose por algún tiempo de a sublime libertad, conquistaría los conocimientos necesarios para ser feliz en el futuro. Pero la torva suerte había trazado ya su ruta y en un día gozoso, en que se celebraba la caída del absolutismo de Francia, se dispuso en esta Normal un paseo de campo, por lo cual, entre risas, aplausos, y cantos y gritos y todas las manifestaciones de alegría, salimos para el lugar llamado <<El Sauce, >> excepto Clementina, que con tristeza infinita se negaba a tomar parte de las delicias del paseo. Al regresar a esta capital y en el sitio llamado <<La Herradura, >> la muerte traidora acechaba a mis compañeras que venían en el carro N° 170. Así, pues, fué como la Parca trazó su plan de ataque, el carro se volcó y aquellas demostraciones de alegría que traían en sus fases, pronto se tornaron en gestos de espanto y de terror, de duelo y desesperación. En un abismo como de cuatrocientos metros de profundidad yacía Clementina, en un charco de su propia sangre, con seis compañeras más.

Esto sucedió en la tarde del 14 de julio de 1929.

Comayagüela, 7 de septiembre de 1929.

Margarita Boquín, Alumna del 3° curso Normal.

Ramona Zúniga

Monchita, como cariñosamente la llamábamos, nació en la ciudad San Marcos de Colón, departamento de Choluteca, el 31 de agosto de 1908. Era hija legítima de don Gabino Zúniga y de doña Leonor Vásquez de Zúniga, de Comayagüela el primero y de San Marcos de Colón la segunda. Su niñez se deslizó al rumor de los pinares de aquella pintoresca ciudad.

A la edad de 7 años principió sus estudios primarios, pero las guerras que han azotado a nuestro país, especialmente en aquellas ciudades del Sur, la obligaron a interrumpirlos, reanudándolos hasta el año de 1927, en que, por un esfuerzo suyo, logró ganar en silo año 4° y 5° grados. Sus anhelos eran seguir estudiando, y al saber que en Choluteca se organizaría un Curso de Normal, deseó ir allá, pero sus padres se opusieron por temor al mal clima de aquel lugar, y lograron conseguirle una beca para que estudiara en la Normal Central de Señoritas.

Vino a esta capital al principiar el año escolar de 1928 con la creencia de que sus aspiraciones se realizarían, pues no creía que hubiese nada que le pudiera impedir el llegar a coronar, y así habría sido porque Monchita era una alumna distinguida y aunque su modestia era mucha, siempre sobresalía. Pasados los exámenes del primer curso, en los que obtuvo muy buen éxito, fué a pasar las vacaciones al lado de sus padres, quienes cifraban en ella sus esperanzas, y, al reanudarse en la Normal las tareas escolares, regresó a internarse, con el mismo entusiasmo del año anterior.

Cuando se organizó el paseo que tan funestas consecuencias iba a tener, ella, a pesar de su carácter silencioso y apartado, era una de las más entusiastas, sin imaginar siguiera, que la muerte, como una ave negra, se cernía pavorosa sobre su cabeza.

Y así fué que el 14 de julio, día nefasto, ella fue una de las mártires que devorara en sus profundas fauces el horroroso abismo de <<La Estrechura>>.

Amalia Padilla Coello, Alumna del 2° curso Normal

Manuela Gómez

Fué en San Marcos de Colón, el 17 de julio de 1911, cuando vino al mundo una niña dulce y pura a quien Dios colmó de todas las virtudes nobles que siempre la hicieron tan querida y apreciada por todos los que la trataban; ésta fué Manuela Gómez, hija de sus estimables padres don Francisco Gómez y doña Antonia Triminio de Gómez. Creció siempre dirigida por los concejos de sus padres, hasta llegar a la edad en que, reconociendo en ella vocación a la humilde, pero noble tarea de Magisterio, la pusieron en una escuela de su ciudad natal, donde hizo sus primeros estudios con tan buen éxito, que sus padres, con el deseo de que su hija coronara su carrera, la enviaron a la Normal Central de Señoritas, en Comayagüela, donde ingresó al primer curso el 29 de enero de 1929, distinguiéndose desde el primer día por sus buenas maneras, humildad y dedicación al estudio y conquistándose así, el sincero aprecio de todos sus profesores y compañeras.

Manuela siempre fué un verdadero ejemplo en nuestra clase, nunca de sus labios se escapó una mala expresión y siempre estaba lista para ayudar en todo a sus compañeras, en fin, existía en ella algo como un misterio que nosotras no podemos comprender; sin embargo, llegó para ella, como llegará para todos nosotros, el final de su jornada. Nuestra querida Directora, Srta. Antonia Jerez, dispuso hacer una excursión con las niñas internas, el domingo 14 de julio, escogiendo para ello la aldea de El Sauce; todas muy contentas y con el deseo de olvidar por un momento las tareas escolares se prepararon y el domingo muy temprano salieron en unas camionetas acompañadas de la Srta. Directora, la Inspectora 1a, Srta. Juana Burgos; la Inspectora 2 a , Srta. Leonila Landa y otras estimables personas; llegaron a <<El Sauce >> perfectamente y después de algunas horas pasaron al pueblo de San Buena Ventura donde celebraban una fiesta patronal; tanto en El Sauce como en éste. Pasaron muy contentas, y por fin, después de haber pasado un día tan feliz, como hasta entonces había sido, emprendieron su regreso como a las 4 p.m. en las mismas camionetas y acompañadas de otras honorables personas que habían ido a la fiesta de San Buena Ventura; todas regresaban contentísimas, sin tener ni la menor idea de que la muerte las rodeaba desde ese momento, cuando al pasar por el lugar llamado <<La Estrechura>> la primera camioneta que llevaba veintidós alumnas a cargo de la distinguida Srta. Juana Burgos y en la que iba también nuestra inolvidable Manuela, se precipitó, cayendo en el fondo del abismo y presentando un cuadro tan aterrador, que jamás se borrará de nuestras mentes! Siete de ellas encontraron allí su dolorosa muerte, entre ellas Manuela que expiró al momento de sacarla del abismo, dejando entre sus compañeras el más triste recuerdo y un vacío irreparable; las heridas fueron conducidas al Hospital General donde fueron inmediatamente asistidas por varios distinguidos facultativos de esta ciudad y las muertas a la Normal para recibir el postrer adiós de sus compañeras. Al siguiente día se efectuaron los funerales, habiendo sido inmensamente concurridos y en los que fueron pronunciadas varias oraciones fúnebres que reflejaba el sentimiento general y dejando en el alma de la Escuela Normal un sentido recuerdo.

¡Manuela querida, en un momento inesperado nos dejaste y te remontaste al infinito, pero tu recuerdo perdurará para siempre en el alma de tus compañeras!…

Albertina Lara, Alumna del 1er. Curso Normal.

María Inés Zepeda

La cuna de la señorita María Inés Zepeda se meció en la ciudad de Comayagüela el 16 de septiembre del año de 1913. Era de estatura mediana, de color trigueño, ojos negros y vivos y un corazón noble y generoso. Son sus padres don Emilio Velásquez y la apreciable señora María de los Ángeles Zepeda. Apenas contaba cuatro años cuando sus padres la pusieron a la Escuela de Párvulos, para ingresar, poco después, a la escuela “República Argentina,” en donde hizo los grados de primero a cuarto y principiando el quinto en el año de 1926, dicha escuela se cerró, por lo que tuvo que trasladarse a una escuela de Tegucigalpa que lleva el nombre de uno de nuestros grandes hombres de aquel tiempo como fué Dionisio de Herrera. Aquí terminó el quinto grado con la distinguida e inteligente Profesora Juana Luisa Jirón, de quien pudo captarse las simpatías por su inteligencia y buen comportamiento. Al siguiente año o sea el de 1927, pasó a la Escuela Normal, pues sus deseos fueron obtener una carrera noble y humilde, como es la del Magisterio; pero su mal estado de salud hizo que abandonara los estudios para emprender de nuevo las tareas escolares. En este año como de costumbre, salió con notas sobresalientes y queriendo aprovechar un poco más, sus padres la pusieron interna, aunque con muchas dificultades.

Habían transcurrido seis meses de lucha por adquirir nuevos conocimientos, cuando la señorita Directora de dicho plantel, queriendo que sus alumnas pasaran un rato de esparcimiento dispuso llevar a las internas a un paseo, designado para tal acto el día domingo 14 de julio de 1929.

Así fué, pues, como emprendieron el viaje, saliendo de la capital a las 9 a.m., haciéndose acompañar del personal administrativo y otras honorables personas.

Seis carros las condujeron al lugar denominado El Sauce, llegando a las 10 a.m., en donde pasaron muy alegres. Poco más tarde se hicieron conducir hacia el pueblo de San Buenaventura, en donde se celebraba la fiesta patronal. A las 4 p.m., que ya más o menos habían gozado un poco, hicieron su regreso, pero la desgracia las rodeó, porque uno de los carros que conducían a un sinnúmero de niñas rodó en el lugar llamado <<La Estrechura>>, a un gran abismo en donde cayeron como bandada de garzas pereciendo siete, entre ellas nuestra querida e inolvidable compañera María Inés Zepeda.

Carmen Ochoa Velásquez, Alumna del 2° Curso Normal.

Francisca Velásquez

La señorita Francisca Velásquez nació en San José del Potrero el 10 de mayo de 1915; en muy temprana edad sus padres la trasladaron a san Marcos de Colón, donde estudió las primeras letras en uno de los colegios de aquella ciudad, pasando sus grados con feliz éxito. Después sus padres queriendo que su hija coronara sus estudios con alguna profesión, la enviaron a Tegucigalpa, aquí ingresó a la Escuela Normal de Señoritas, matriculándose en el primer curso, sección A, para estudiar magisterio desde a principios del año la señorita Velásquez mostró su inteligencia en sus clases, siendo también humilde; mostrando buena cultura en todos sus actos, que llego hacer querida por sus profesores y sus condiscípulas que ahora la recuerdan con mucho cariño. Pero muy pronto la señorita Velásquez acompañada del internado de la Escuela Normal, donde ella estaba también interna, hicieron un paseo de campo por orden de la Directora de este establecimiento, designando El Sauce para dicho paseo. La señorita salieron de la Escuela el 14 de julio, llegando a El Sauce alegres y felices; algunas de estas niñas fueron al pueblo de san Buenaventura. Este día lo pasaron tan alegres y llenas de felicidad, que no presentían el horroroso destino que les esperaba; a las 4 p.m. hicieron su regreso; al llegar al lugar llamado La Estrechura, una camioneta que conducía 22 señoritas, a cargo de la Inspectora Juana Burgos, rodó por un inmenso abismo cayendo las señoritas a su sima como hojas secas en donde 7 de ellas enviaron sus almas a la eternidad y las demás quedaron heridas. Entre las muertas se encontró a la señorita Francisca Velásquez, quien expiró en la Escuela, a donde fueron conducidas; terminando así la vida preciosa de la señorita Velásquez para entregar a Dios.

Mercedes Medina, Alumna del 1er. Curso Normal

En el accidente, ocurrido en el lugar conocido como La Estrechura, a escasa distancia de la aldea El Sauce, además, resultaron heridas las alumnas: Elia Elias, Natalia Salgado, Isabel Barahona, Eva Flores, Elia Carias, Ernestina G. Rodríguez, Carmen Matamoros, Emilia Calderón y Genara Chavarría. Además, resulto muy golpeada la Profesora Juanita Burgos, Primera Inspectora de la Escuela Normal de Señoritas. Se conducían en el camioncito 24 personas. El conductor del “camioncito número 270” era Luis Medina.7 alumnas no sufrieron más que pequeños rasguños. ( El Coordinador). Fuente: “Corona Fúnebre, consagrada a la Memoria de las Alumnas Normalistas que fallecieron el 14 de julio de 1929”, Tipografía Nacional, Tegucigalpa, 1929. Colaboración documental de Mario Hernán Ramírez.